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La Marca del Dueño (Continuación)

El aire en el salón se congeló cuando la mano de Ivanov rozó el antebrazo de Elena. Antes de que el hombre pudiera cerrar sus dedos, un destello metálico cruzó el aire.

Con una velocidad inhumana, Varkas clavó el cuchillo de carne en la mesa de caoba, justo entre el dedo índice y el medio de Ivanov. La madera crujió y la vibración del impacto hizo que las copas de cristal tintinearan.

—Vuelve a estirar la mano —dijo Varkas, su voz ahora era un susurro gélido que silenciaba los latidos de todos los presentes— y te aseguro que no necesitarás guantes nunca más.

Ivanov retiró la mano como si se hubiera quemado, su rostro palideciendo bajo la luz de las lámparas. Varkas no apartó la mirada del hombre; la mantuvo fija, gélida y letal, hasta que Ivanov bajó la cabeza en señal de sumisión.

Sin soltar el mango del cuchillo, Varkas usó su otra mano para tomar la copa de vino tinto frente a él. La acercó a los labios de Elena, quien temblaba de forma imperceptible.

—Bebe —le ordenó. No era una invitación, era un mandato ante testigos.

Elena lo miró, encontrando en esos ojos acero una tormenta de posesión que la dejó sin aliento. Obedeció, permitiendo que el líquido amargo pasara por su garganta mientras Varkas la sostenía con la mirada. Al terminar, él pasó el pulgar por el labio inferior de ella, limpiando una gota de vino con una caricia que era, al mismo tiempo, una amenaza y una promesa.

—Ella no es un trofeo, Ivanov —concluyó Varkas, volviendo a sentarse con una elegancia brutal—. Ella es mi límite. Y nadie cruza mis límites y vive para contarlo.

••La Entrega••

Cuando la cena terminó y los socios se retiraron, el silencio de la mansión volvió a ser absoluto, pero esta vez estaba cargado de una urgencia peligrosa. Varkas no dijo una palabra mientras guiaba a Elena de regreso a su habitación, pero su agarre en su brazo era más firme, casi desesperado.

Al cerrar la puerta de la habitación, él la empujó suavemente contra la madera, atrapándola entre su cuerpo imponente y la salida.

—Me desafiaste con la mirada frente a ellos —dijo él, su aliento rozando su frente—. Pensaste que podrías hacerme flaquear.

—Solo quería que vieran quién eres realmente —respondió Elena, aunque su corazón gritaba lo contrario ante la cercanía de aquel gigante.

Varkas soltó una risa ronca y bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron la oreja de ella.

—Lo que vieron es que me perteneces. Y ahora, Elena, vamos a dejar claro cuánto.

Varkas la observó en silencio, su respiración marcando un ritmo pesado en la habitación cerrada. Finalmente, se alejó lo suficiente para que ella pudiera respirar, pero su mirada seguía anclada a la de ella.

••El Umbral de la Oscuridad••

—No dormirás más en esta habitación —sentenció Varkas, su voz recuperando esa frialdad de acero que la hacía estremecerse—. A partir de ahora, tu lugar es el ala principal. Mi ala.

Elena sintió un frío repentino. Si esa habitación era una jaula de cristal, el ala de Varkas sería el corazón de la fortaleza.

—¿Por qué? —logró articular ella—. Ya tienes lo que querías. Me humillaste frente a tus socios.

Varkas se detuvo en la puerta y se giró, su imponente figura de casi dos metros bloqueando cualquier rayo de luz del pasillo.

—No te humillé, Elena. Te marqué como territorio prohibido. Y en mi mundo, lo que es mío se queda donde puedo verlo, tocarlo y, si es necesario, destruirlo antes de que alguien más ponga un dedo encima.

Él le hizo una señal imperativa para que lo siguiera. Cruzaron pasillos que Elena no había visto antes, decorados con una opulencia sombría que reflejaba la personalidad de su captor. Llegaron a una suite doble, donde el olor a tabaco caro y madera de sándalo —el aroma personal de Varkas— lo inundaba todo.

—Esa es tu cama —dijo él, señalando un diván de terciopelo a los pies de su propia cama monumental—. Mañana empezarás a trabajar en mi despacho. Si vas a ser mi sombra, aprenderás cómo se maneja este imperio.

Varkas se quitó la camisa de seda, revelando la extensión total de los tatuajes que se entrelazaban en sus hombros y espalda, cicatrices de batallas que ella aún no comprendía. Elena se sentó en el diván, sintiéndose más pequeña que nunca frente a aquel monstruo que, por un segundo, parecía cargar con el peso de todo su mundo de sombras.

>>El Dilema de la Madrugada<<

Horas más tarde, mientras la mansión dormía, Elena notó que Varkas se removía inquieto en su cama. Susurros ininteligibles y una respiración entrecortada rompían el silencio absoluto. El hombre que aterrorizaba a la ciudad parecía estar librando una guerra interna contra sus propios demonios.

Elena se quedó paralizada en el diván, observando cómo la figura imponente de Varkas se sacudía bajo las sábanas. La curiosidad, mezclada con un miedo que ya empezaba a transformarse en algo más profundo, la impulsó a levantarse. Caminó descalza, hundiendo los pies en la alfombra, hasta quedar al borde de la cama monumental.

••La Grieta en la Armadura••

A la luz de la luna que se filtraba por el ventanal, Varkas no parecía el gigante despiadado de la cena. Su rostro, habitualmente una máscara de piedra, estaba contraído por el dolor. Murmuraba nombres en un idioma que Elena no reconoció, y el sudor brillaba en su pecho tatuado.

Elena extendió la mano, dudando si tocarlo. Sabía que despertar a un depredador en medio de una pesadilla era un suicidio, pero algo en su vulnerabilidad la desarmó. Justo cuando sus dedos rozaron el hombro frío de Varkas, él reaccionó.

En un parpadeo, Elena fue derribada sobre el colchón. Varkas estaba sobre ella, sujetando sus muñecas contra las almohadas con una fuerza que le quitó el aliento. Sus ojos acero estaban inyectados en sangre, perdidos en algún campo de batalla de su pasado antes de enfocarse en ella.

—¿Qué estás haciendo? —gruñó él, su voz era un rugido bajo, cargado de una violencia que aún no se disipaba.

—Estabas... estabas gritando —susurró Elena, temblando bajo su peso.

Varkas recuperó la consciencia de dónde estaba, pero no la soltó. Al contrario, hundió su rostro en el hueco del cuello de Elena, respirando agitadamente. Ella pudo sentir el latido errático de su corazón contra su propio pecho. Por un segundo, el monstruo buscaba refugio en su presa.

—Nunca —dijo él, su voz ahora era un susurro peligroso cerca de su oído— vuelvas a acercarte a mí cuando estoy durmiendo. Hay fantasmas en esta habitación que no quieres conocer, Elena.

Él levantó la cabeza y la miró fijamente. La tensión sexual que había nacido en la cena regresó con una fuerza devastadora. Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. Varkas soltó sus muñecas solo para acunar su rostro con una mano, su pulgar acariciando la misma cicatriz de su propio labio antes de bajar al de ella.

—Duerme —ordenó, aunque sus ojos decían otra cosa—. Mañana el mundo vuelve a ser nuestro, y necesito que seas de hierro.

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