El muelle sur era un laberinto de contenedores oxidados y grúas que se alzaban como esqueletos contra el cielo negro. Elena caminaba sola por el centro del pasillo principal, con el auricular oculto y el corazón latiendo tan fuerte que temía que alguien más pudiera oírlo.
Varkas y sus hombres estaban apostados en las sombras, invisibles, pero ella sentía la presencia del gigante como una presión en su nuca. El rastreador en su cuello era el faro que guiaba la mira de Varkas.
—Ya estoy aquí, J