Varkas se giró hacia Elena. No había piedad en su rostro, solo una confirmación de lo que siempre había creído: que la lealtad es un mito y el traidor siempre está en casa.
—¿Lo sabías? —preguntó él, su voz era un susurro gélido que cortaba más que cualquier cuchillo.
—No... yo... él nunca haría algo así —balbuceó Elena, aunque las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Las llamadas perdidas, la desaparición repentina, la apuesta tan conveniente.
Varkas caminó hacia ella. Cada paso