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El Peso del Castigo (Continuación)

Elena apretó el celular entre sus manos temblorosas. Los ojos acero de Varkas no se apartaban de ella, como un depredador que disfruta viendo a su presa entender que no hay salida.

Ella marcó el número de su hermano, con el corazón martilleando contra sus costillas. Una vez, dos veces, tres... el buzón de voz fue la única respuesta. La traición caló más hondo que el miedo. Estaba sola.

Varkas caminó hacia ella, su sombra proyectándose sobre la pared, haciéndolo ver aún más gigantesco de lo que ya era. Se detuvo justo frente a ella y, con una lentitud tortuosa, le arrebató el teléfono de las manos.

—Se acabó el tiempo —dijo él.

Sin apartar la mirada de los ojos de Elena, Varkas cerró el puño sobre el dispositivo. El crujido del cristal y el metal rompiéndose llenó el despacho. Lo soltó como si fuera basura, dejando que los restos cayeran al suelo de mármol.

—Ahora, tu mundo empieza y termina en mis manos —sentenció él, su voz bajando a un tono peligroso y posesivo—. No busques piedad, Elena. En este lugar, la piedad murió hace mucho tiempo. Solo queda la obediencia.

Él la tomó del brazo con una firmeza que no admitía réplica y la guió hacia la salida privada. Elena sintió el frío del pasillo, pero fue el calor de la mano de Varkas en su piel lo que la hizo estremecerse. Era una marca silenciosa: ahora le pertenecía.

••La Jaula de Cristal••

El trayecto hacia la fortaleza de Varkas fue un borrón de luces y sombras. Al llegar, Elena fue conducida a través de pasillos minimalistas y fríos hasta una habitación que gritaba lujo y aislamiento.

A la mañana siguiente, el sonido de una cerradura electrónica despertó a Elena. Ella se incorporó bruscamente en la cama, cubriéndose con las sábanas de seda. Varkas entró, pero ya no vestía el traje impecable de la noche anterior. Llevaba una camisa negra de seda con los primeros botones desabrochados, dejando ver parte del tatuaje que subía por su cuello.

—Levántate —ordenó él, dejando una caja negra sobre la mesa—. Mi paciencia es limitada y hoy tienes tu primera lección.

Elena lo miró con desafío, aunque sus manos aún temblaban bajo las mantas.

—¿Qué lección? ¿Cómo ser tu esclava?

Varkas se acercó a la cama con pasos lentos y pesados. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola. La cicatriz en su labio superior se tensó.

—Cómo ser útil —corrigió él, su rostro a centímetros del de ella—. Abre la caja. Esta noche habrá una cena con mis socios más peligrosos. Vas a estar a mi lado, sonreirás y serás el trofeo que demuestre que lo que Varkas quiere, Varkas lo toma. Si fallas... el castigo no será para ti, sino para lo único que aún te importa en este mundo.

Él se alejó, dejándola con el peso de una amenaza que sabía que cumpliría.

Elena abrió la caja con dedos temblorosos. Dentro, un vestido de seda negra, tan oscuro como el alma del hombre que la retenía, yacía junto a un juego de joyas que brillaban con una frialdad cruel. Era el uniforme de su nueva realidad.

>>La Marca del Dueño<<

Mientras Elena se vestía, cada roce de la seda contra su piel le recordaba las manos de Varkas. La prenda se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, dejándola sintiéndose expuesta a pesar de estar cubierta. Se miró al espejo y apenas se reconoció; ya no era la mujer que buscaba desesperadamente a su hermano, sino una pieza en el tablero de un gigante.

La puerta se abrió sin previo aviso. Varkas entró y se detuvo, observándola desde el umbral con una intensidad que hizo que el aire se volviera denso.

—Impecable —dijo él, su voz vibrando en la habitación.

Caminó hacia ella y sacó un collar de diamantes de la caja. Se colocó detrás de ella, obligándola a mirar el reflejo de ambos en el espejo. Elena sintió el contraste del metal frío en su cuello y el aliento cálido de Varkas en su nuca.

—Esta noche —susurró él, cerrando el broche del collar con una precisión letal—, no eres Elena. Eres el recordatorio de que mi poder no tiene límites. No hables a menos que te lo ordene. No mires a nadie más que a mí.

Él bajó sus manos a los hombros de ella, apretando lo suficiente para que ella sintiera su fuerza.

—Si algún hombre se te acerca demasiado, recuerda que soy yo quien decide hquién vive y quién muere en esa mesa.

Varkas la giró bruscamente para que lo mirara de frente. Sus ojos acero bajaron a los labios de Elena, y por un instante, la violencia del ambiente se transformó en una tensión sexual tan cruda que ella olvidó cómo respirar.

—¿Entendido? —exigió él.

Elena asintió, incapaz de articular palabra. Varkas sonrió de esa forma depredadora que ya empezaba a conocer y le ofreció su brazo.

Al bajar las escaleras de la mansión, el sonido de voces graves y risas secas llenaba el gran salón. Los socios de Varkas, hombres de rostros duros y ojos cansados de ver sangre, guardaron silencio cuando la pareja entró. Varkas no caminaba, dominaba el espacio.

Se sentaron a la cabecera de una mesa de caoba maciza. A la mitad de la cena, uno de los hombres, un tipo de aspecto grasiento llamado Ivanov, fijó su mirada en Elena de una forma que la hizo querer desaparecer.

—Varkas, siempre has tenido buen gusto para los negocios... y para los trofeos —dijo Ivanov, extendiendo una mano hacia el brazo de Elena sobre la mesa—, pero ¿estás seguro de que puedes manejar algo tan delicado?

El silencio que siguió fue absoluto. Elena sintió cómo la mano de Varkas, que estaba sobre su muslo por debajo de la mesa, se tensaba hasta doler.

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