El día de la entrega llegó con un cielo plomizo. Varkas vestía un traje negro hecho a medida que ocultaba las armas y los tatuajes, pero no su aura de peligro. Elena lo acompañaba, vestida con la elegancia sobria que él le exigía, pero con el corazón martilleando contra sus costillas.
Llegaron a un muelle abandonado. El olor a salitre y metal oxidado lo inundaba todo. Frente a ellos, un grupo de hombres armados custodiaba un cargamento de obras de arte robadas.
—Mantente cerca de mí —ordenó Var