La Deuda de la Pasión

Varkas cerró la puerta del despacho con llave. Se acercó a Elena, atrapándola entre el escritorio y su cuerpo imponente.

—Me has ahorrado millones, y de paso, me has demostrado que eres más útil de lo que imaginaba —dijo él, apoyando sus manos a los lados de ella—. Has ganado algo de tiempo para tu tienda.

—No lo hice por ti —respondió ella, con la respiración entrecortada por la cercanía de aquel gigante—. Lo hice porque odio las mentiras.

Varkas soltó una risa ronca. Bajó la cabeza, inhalando el perfume de ella en su cuello.

—Entonces no me mientas ahora —susurró él—. Dime que no sientes este fuego cada vez que te toco. Dime que no quieres que esta deuda se pague con algo más que obediencia.

Él no esperó respuesta. Sus labios reclamaron los de ella con una ferocidad que no conocía la piedad, marcando el inicio de un nuevo tipo de cautiverio donde el deseo era la única ley.

El beso fue un choque de poder, una marea de posesión que dejó a Elena sin aliento. Por un instante, el odio y el deseo se fundieron en algo indistinguible. Pero tan pronto como la intensidad alcanzó su punto máximo, Varkas se apartó con una brusquedad que la hizo tambalear contra el escritorio.

>>La Deuda de la Pasión (Continuación)<<

Varkas respiraba con dificultad, sus ojos acero oscurecidos por una tormenta que ni él mismo parecía poder controlar. La miró no como a una prisionera, sino como a una amenaza para su propia disciplina.

—Fuera —ordenó, su voz recuperando esa frialdad cortante, aunque un rastro de ronquera delataba su agitación—. Vuelve a tu habitación. Ahora.

Elena, con los labios aún ardiendo y el corazón desbocado, no necesitó que se lo dijera dos veces. Salió del despacho sintiendo que el aire del pasillo era puro hielo comparado con el calor que acababa de dejar atrás.

••Sombras del Pasado••

Esa noche, Elena no pudo dormir. El silencio del ala principal de la mansión se sentía pesado, como si las paredes guardaran secretos que no estaban listos para ser revelados. Decidida a no dejarse vencer por la ansiedad, se levantó para buscar agua. Al pasar frente a la puerta del estudio privado de Varkas, la vio entreabierta.

Una luz tenue escapaba del interior. Elena se asomó con cautela. Varkas estaba de espaldas, frente al ventanal, con una botella de whisky a medio terminar. No llevaba camisa, y bajo la luz de la luna, las cicatrices de su espalda contaban una historia de violencia que iba más allá de la mafia.

Pero lo que detuvo el corazón de Elena fue un tatuaje antiguo en su omóplato izquierdo, desgastado y casi cubierto por otros más nuevos: un emblema pequeño, una flor de lis entrelazada con una daga.

Elena ahogó un grito. Era el mismo símbolo que su padre guardaba en un medallón bajo llave en la tienda de antigüedades. Un símbolo que, según él, pertenecía a una "hermandad de sangre" que los protegería siempre.

—¿Qué haces aquí? —La voz de Varkas la sacó de sus pensamientos. Él no se había movido, pero sabía que ella estaba allí.

Elena entró en la habitación, impulsada por una valentía desesperada.

—Ese tatuaje... —señaló con el dedo tembloroso—. ¿De dónde lo sacaste? Mi padre tenía ese mismo emblema.

Varkas se giró lentamente. Su rostro estaba marcado por una fatiga profunda. Se acercó a ella hasta que sus sombras se mezclaron en el suelo.

—Tu padre no te contó todo sobre su pasado, Elena —dijo él, su voz cargada de una amargura antigua—. Él no era solo un anticuario. Él era el hombre que me sacó de las calles y me enseñó a sobrevivir. Y este tatuaje... es la marca de una promesa que él rompió.

—¿Qué promesa? —preguntó ella, sintiendo que el mundo que conocía se desmoronaba.

Varkas dio un paso más, acorralándola contra la pared de libros.

—La promesa de que nunca dejaría que la oscuridad me alcanzara. Él huyó para darte una vida limpia a ti, Elena. Y me dejó a mí para que me convirtiera en el monstruo que ves hoy.

Varkas la tomó del mentón, obligándola a mirarlo.

—Tú no eres solo el pago de una deuda de tu hermano. Eres el cobro de una traición que ha tardado veinte años en madurar.

La revelación cayó sobre Elena como un balde de agua fría, transformando el miedo en una rabia sorda y punzante. Todo lo que creía saber sobre su padre, el hombre amable que restauraba relojes y libros antiguos, era una fachada.

Sombras del Pasado (Continuación)

—¿Así que todo esto es por una venganza de hace veinte años? —Elena se zafó del agarre de Varkas, sus ojos brillando con lágrimas de furia—. Me usaste. Usaste la debilidad de mi hermano para arrastrarme aquí y castigar a un hombre que ya ni siquiera puede defenderse.

Varkas no se inmutó. Se sirvió el resto del whisky y lo bebió de un solo trago, observándola con una frialdad que ocultaba la tormenta que Elena había visto en sus pesadillas.

—Tu padre me moldeó para ser su espada, y luego me desechó cuando quiso una vida con olor a flores y paz —dijo él, su voz vibrando con un rencor antiguo—. Él sabía que tarde o temprano, la oscuridad vendría a reclamar lo suyo.

Elena sintió que el aire en el estudio se volvía irrespirable. Miró a ese gigante, a ese hombre de mirada gélida y corazón de hierro, y por primera vez no vio solo a un captor, sino a un niño herido convertido en un depredador implacable.

—Si quieres cobrarte la traición, cóbratela conmigo —desafió ella, dando un paso hacia él—. Pero deja de jugar con los recuerdos de mi familia. Si soy tu deuda, entonces deja de usar a mi hermano y a la tienda como excusas.

Varkas dejó el vaso de cristal sobre la mesa y se acercó a ella. Su presencia era tan abrumadora que Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—¿Quieres ser la única dueña de tu destino, Elena? —Él bajó la voz a un susurro que le erizó la piel—. Entonces demuéstrame que puedes soportar el peso de mi mundo sin quebrarte. A partir de mañana, no serás solo mi sombra en el despacho. Serás mi mano derecha en la próxima entrega. Si sobrevives a eso, consideraré devolverte la tienda.

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