Mundo ficciónIniciar sesiónAna, una joven mexicana con un futuro trazado por la tradición familiar, llega a Valencia con una misión: adquirir un hotel para la cadena de sus padres. Pero un error burocrático la obliga a extender su estancia, y en la vibrante ciudad española, el destino le tiene preparada una sorpresa. En una librería, un encuentro fortuito con Auritz, un enigmático español con una pasión por la filosofía y la literatura, enciende una chispa. Entre conversaciones profundas y miradas cómplices, la conexión entre Ana y Auritz se intensifica. La timidez se mezcla con la atracción y la promesa de un amor que desafía las expectativas. Sin embargo, el regreso a México y las presiones familiares se ciernen sobre Ana, quien se debate entre la vida que siempre ha conocido y la libertad que comienza a vislumbrar. Cuando el pasado y el presente colisionan, ¿podrá Ana romper las cadenas que la atan y elegir su propio camino? ¿O el destino, caprichoso y cruel, frustrará la posibilidad de un amor que podría cambiarlo todo? Esta historia es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares y eventos, son producto de la imaginación y son usados de manera ficticia. Cualquier semejanza con eventos actuales, locales, personas (vivas o muertas) es coincidencia.
Leer másAna estaba sentada en un banco de mármol en la plaza de la Virgen, tenía la mirada fija en las altas torres de la catedral de Valencia, aunque realmente no estaba prestándole atención. La brisa marina, que debería ser refrescante, sólo le erizaba la piel en señal de frustración.
—¡¿Qué?! ¡¿Tres días?! —el eco metálico de la voz de su padre resonó en el auricular, amplificando su malestar.
Ana apretó el celular contra su oreja, sintiendo la piel enrojecer, incluso lo hizo vibrar por el enojo. ―Así es, tres días más, papá. Teníamos todo planeado para dos, ¿y ahora qué voy a hacer?
La notaría, por medio de una mujer con el cabello completamente recogido y con una sonrisa apretada que evidenciaba la vergüenza, había sido el detonante de su molestia. Un error en las fechas y un malentendido con los pagos era la serie de inconvenientes que se resumían en una sola palabra: retraso.
—¡¿Cómo es posible? ¡¿Qué clase de notaría es esa?! ―las preguntas sonaron como un trueno en el pequeño altavoz.
Ana apretó los dientes, intentando mantener la calma. Ya había transcurrido una hora desde que se había enterado y sentía que la sangre continuaba hirviéndole.
—Ya lo sé, papá. Una señora García me atendió, dice que necesitan tres días más para completar el proceso y, ¡yo tengo un vuelo de regreso mañana por la tarde! ―explotó frotándose las sienes
—¡Esto es un desastre! —rugió su padre desde el otro lado del Atlántico.
Ana no tenía la menor idea de qué debía hacer. Había trazado un plan cuidadosamente: llegar, firmar los papeles y regresar a casa; no obstante, el itinerario se había desmoronado como un castillo de arena en la playa.
—Voy a hablar con la notaría otra vez, a ver si pueden agilizar el proceso; pero no prometo nada ―un profundo suspiro se escuchó del otro lado del auricular.
―Bueno, tranquilicémonos. Ya sabemos cómo son estas cosas, a veces se escapan de las manos ―el tono en la voz de su padre cambió drásticamente, como si en el anterior suspiro hubiera exhalado toda la frustración y el enojo.
Aunque intentaba sonar tranquilizador, Ana podía intuir la mueca de fastidio en su rostro, porque conocía a su padre, la paciencia no era precisamente su virtud.
―¿Tranquila? Papá, tengo un montón de cosas que hacer en México. Tengo que revisar los presupuestos, coordinar la capacitación del personal, ¡y ahora esto! ―enumeró sus responsabilidades con angustia, elevando su voz en cada palabra.
―Ya, ya, lo entiendo; pero no te preocupes, todo se solucionará. Aprovecha para descansar, conocer la ciudad. Valencia es preciosa ―su padre trató desesperadamente de cambiar el rumbo de la conversación.
Estaba acostumbrada a la sobreprotección familiar, y la actitud de su padre lo único que causó fue un nudo en su garganta. ―¿Descansar con todo esto en la cabeza? No, papá, no puedo. Necesito que esto se resuelva rápido ―suspiró frotándose la frente con la mano libre.
―Lo sé, María; pero no puedes hacer nada ahora. La notaría ya te explicó, ¿no? Hasta el viernes no se puede firmar, así que no te desesperes ―insistió. ―Intenta relajarte. Después de todo, esto es por el bien de la empresa ―Ana sintió un escalofrío.
"El bien de la empresa". Esa frase la había escuchado toda su vida. La familia de su padre era dueña de una exitosa cadena hotelera en México, y específicamente sus padres habían volcado todas sus expectativas en ella, su única hija. Estudiar hotelería y turismo, viajar por el mundo y cerrar negocios, todo era por el bien de la empresa; y aunque amaba su trabajo, a veces sentía que su vida era un guión escrito por otros.
—Sí, papá, ya lo sé. Haré lo que pueda.
En ese momento, una suave, pero firme voz, interrumpió la conversación. Era su madre, Elsa, que había estado escuchando todo al lado de su padre.
―Fernando, deja de presionar a la niña. María, cariño, ya verás que todo se soluciona; y no te preocupes por Félix, ya le dirás. Él entenderá ―Ana cerró los ojos, especialmente porque sabía que sus padres no podían verla.
―¿Félix? ―la pregunta se escapó de sus labios, y enseguida se arrepintió.
Félix era su novio, un joven ingeniero con el que llevaba dos años. Un buen chico, educado, con un futuro prometedor y, sobre todo, aprobado por sus padres.
―Claro que sí, hija, él es tu novio, se preocupará por ti, querrá saber qué pasa. Además, ya sabes que le gusta mucho Valencia, seguro le encantará saber que estás allí ―respondió su madre con un tono que dejaba claro que no había lugar para la discusión, y eso sólo aumentó la sensación de resignación de Ana.
―Mamá, por favor ―suplicó, con la esperanza de que su madre cediera.
―Ya es muy tarde en México, son casi las once de la noche, así que, déjalo para mañana, eso también te servirá para tranquilizarte; pero no olvides llamarlo, ¿eh? ―Ana puso los ojos en blanco, sabía que era inútil discutir con su madre, ella siempre tenía la última palabra, sobretodo cuando se trataba de Félix.
―Está bien, mamá. Lo llamaré mañana ―respondió resignada.
―¡Perfecto! Ahora, relájate y disfruta un poco de Valencia. Ya verás que todo sale bien ―la voz de su madre se suavizó por completo.
—Bueno, cuídate mucho, hija; y no te metas en problemas ―intervino su padre.
—Adiós, papá ―y colgó el teléfono con un suspiro.
Miró el reloj: tres de la tarde en Valencia, y con eso confirmó que eran las once de la noche en México.
Sintió una mezcla de irritación y cansancio. La conversación con sus padres había sido un torbellino de emociones, pero el problema principal seguía sin resolverse: tres días más en Valencia, sin nada que hacer y con un montón de trabajo pendiente.
―¿Y ahora qué? ―murmuró para sí misma mirando el teléfono con desgana.
Un leve sonido la sacó de sus pensamientos. Era su móvil que acababa de vibrar con unos mensajes de su madre:
“No olvides llamar a Félix mañana.
Y avísale que te quedas más tiempo.
Él estará encantado.
Besos.”
Ana exhaló el aire con fuerza, sintiendo la presión de las expectativas familiares sobre sus hombros. Félix era estable, era apropiado y eso, al parecer, era lo más importante. Sacudió la cabeza tratando de despejarla. Se prometió a sí misma que, al menos, intentaría disfrutar de esos días extra para desahogarse.
Permaneció unos instantes contemplando la plaza, aunque realmente continuaba sumida en sus pensamientos, los cuales prolongaron el sentimiento de frustración.
Tres días más en Valencia.
Tres días de trabajo remoto.
Tres días sin su vida normal.
Caminó de regreso al hotel viendo al sol despidiéndose del Mediterráneo con un beso anaranjado y que, no lograba calentarle el corazón. Al llegar al vestíbulo, una recepción moderna, pulcra y vacía la recibió.
—¿Buenas tardes? —se asomó con la esperanza de que alguien la atendiera rápidamente.
De repente, una joven mujer, con una sonrisa radiante, apareció tras la puerta de servicio. —¡Buenas tardes! ¿En qué puedo ayudarla?
Ana se acercó al mostrador.
—Buenas tardes. Estoy hospedada en la habitación 307, son Ana María Valle y me gustaría saber si puedo extender mi estadía en el hotel ―la recepcionista le sonrió, e inmediatamente comenzó a teclear algo en el ordenador.
—Un momento, por favor —dijo después de algunos segundos, con una sonrisa que ya no parecía sincera. Luego, su expresión cambió a vergüenza. —Lo siento mucho, señorita Valle, parece que tenemos un problema.
Ana frunció el ceño. ¿Otro problema? ¿Qué más podía salir mal?
—¿Qué sucede? ―se apresuró a cuestionarla.
La recepcionista suspiró. —Desafortunadamente estamos completamente llenos. Es la semana de San Juan y tenemos una reserva tras otra.
Ana sintió el pánico apoderarse de ella. ¿Estaría en la calle? ¿Sola?
—¿Por qué preguntas eso? —cuestionó de nuevo y la soltó para ponerse de pie, buscando evitar su mirada.—Sólo… quiero saber ―un nudo se formó en la garganta de Ana.Las palabras, las preguntas, la realidad; todo se acumuló en su interior, formando una presión insoportable.Félix caminó un par de pasos, alejándose de ella visiblemente molesto.—¿Qué es esto, María? ¿Una prueba? ―regresó su vista a ella, pero sus ojos tenía una chispa diferente; una chispa del enojo que se estaba manifestando.—No, Félix. Es una simple pregunta. ¿Eres feliz conmigo? ―repitió con suavidad.Las palabras quedaron suspendidas en el aire.La furia contenida se manifestó totalmente en la expresión de Félix. —¡Por supuesto que soy feliz contigo!Pero Ana, lo único que veía era la una superficialidad que la asfixiaba.—Entonces, ¿por qué me siento tan vacía? —susurró con las lágrimas formándose en los ojos.Félix terminó de explotar. —¡No entiendo qué te pasa! ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué más quieres que te dé?
—Valeria, ya te dije...—Ya lo sé —lo interrumpió ella. —Pero no me importa. Quiero estar contigo.Y sin decir más, se inclinó y lo besó.Auritz, aturdido, intentó apartarla, pero sus fuerzas eran escasas. La necesidad de sentir algo, de olvidar, lo dominó. Cerró los ojos y se dejó llevar, dejando a la obscuridad apoderarse de él.Sin saber lo que en realidad había ocurrido aquella noche en México…El salón de la casa de los padres de Ana era un hervidero de emoción y expectación. Las luces, cuidadosamente dispuestas, brillaban sobre los invitados que habían acudido emocionados a la fiesta de compromiso organizada por Félix.La música, suave y elegante, flotaba en el aire, creando la atmósfera perfecta para una noche especial. Y lo era, aunque alguien en específico no lo supiera del todo.Félix, con una sonrisa radiante y una rodilla en el suelo, había culminado su discurso. La cajita con el anillo reluciendo bajo la luz, era el centro de todas las miradas. Ana, de pie frente a él, pa
Auritz besó su frente, luego su nariz, con una lentitud deliberada que a ella le resultaba tortuosa. La acarició deshaciendo lentamente los botones de su blusa, con una delicadeza que le exasperaba; y es que ella quería sentirlo, sin rodeos, sin preámbulos. La necesidad, como una marea creciente, amenazaba con ahogarla.Valeria, incapaz de contenerse más, se lanzó hacia él. Sus manos, desesperadas, encontraron su espalda, aferrándose a la tela de su camisa. Sus labios, hambrientos, buscaron los suyos con una urgencia que lo tomó por sorpresa. El beso, al principio torpe, se transformó rápidamente en una danza salvaje, una lucha por la posesión.―Valeria... ―murmuró sorprendido, intentando recuperar el control; pero la pasión de ella era un torbellino, una fuerza que lo arrastraba sin remedio.Ella lo empujó hacia la cama, donde se desplomaron juntos. Sin esperar, desabrochó su cinturón, desnudando su cuerpo con un apuro febril. Sus dedos, ávidos, rasgaron la tela de su camisa, revelan
Visitó a Jaxon para ver cómo estaba su padre, y como buen amigo, se ofreció a cuidar la librería mientras Jaxon estaba en el rancho. Sabía que no podía ser una carga más para su amigo, él estaba viviendo algo que desde su perspectiva, era aún peor; así que lo mejor sería mantenerse alejado de Jaxon y ayudar en lo que fuera necesario.Finalmente, llegó al viñedo, el aire fresco de la propiedad le dio una bocanada de alivio; pero la imagen de Ana, su voz, su risa, seguían persiguiéndolo.La semana transcurrió a un ritmo frenético.Se sumergió en la rutina del viñedo: supervisar la poda, revisar las barricas, atender los pedidos y organizar las catas; para después supervisar la vendimia, catar los vinos y recibir a los clientes en la tienda de vinos exclusivos.Intentó mantener la mente ocupada, evitando cualquier momento de silencio que le permitiera caer en la melancolía; pero las tareas eran mecánicas, la repetición una forma de anestesia, y cada día, se sentía más vacío.El viñedo er
Último capítulo