Mundo ficciónIniciar sesiónLas palabras de Félix resonaron en su cabeza: «No te preocupes... El sábado está bien.»
¿Era esa realmente la respuesta que esperaba? ¿No le importaba que tuviera que quedarse más tiempo? ¿O simplemente estaba fingiendo por cortesía, por costumbre?
Recordó las palabras de Malena, la insistente advertencia sobre la frialdad y el egoísmo de Félix: «No te das cuenta, Ana. Él te quiere, sí, pero a su manera, la manera que le conviene. Él te controla, te limita sin que te des cuenta.»
Ana se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad iluminada. El eco de las palabras de su prima resonaba en su mente, cuestionando cada gesto, cada palabra, cada silencio de Félix.
¿Siempre se había mostrado tan poco interesado en sus sentimientos? ¿O era ella, con su deseo de complacer, con su necesidad de encajar, la que había creado esa imagen idealizada de un amor perfecto que en ese instante empezaba a resquebrajarse?
Y es que, aunque no quisiera, recordó la noche anterior con Auritz. La conversación fluida, las risas espontáneas, la forma en que él la miraba, como si fuera la persona más interesante del mundo. La manera en que sus ojos brillaban cuando hablaba de libros, de literatura, de la vida.
Ana cerró los ojos.
¿Era posible que, en tan sólo un día, hubiera empezado a cuestionarse todo lo que creía saber? ¿Era posible que, en un lugar tan lejano, con un hombre tan diferente a Félix, estuviera empezando a descubrirse a sí misma?
La duda, como una semilla obscura, comenzaba a germinar en su corazón; y Ana, con la mirada fija en la mañana valenciana, se preguntó si tal vez, Malena tenía razón.
El teléfono volvió a vibrar interrumpiendo sus pensamientos. Era un mensaje de su prima.
“¿Y qué, prima? ¿Te lo vas a comer con patatas? ¿Ya le diste el besito de buenos días?”
Ana puso los ojos en blanco, imaginando la sonrisa traviesa de su prima al otro lado del Atlántico. No le respondió, decidió dejar a Malena con la expectativa y ella, se quedó con una pizca de alivio y un cosquilleo en el estómago.
Decidida a dejar de pensar en eso, se dirigió al baño. Abrió el grifo de agua para llenar la tina, luego echó la espuma y se desvistió, para sumergirse en el agua tibia que acariciaba su piel, envolviéndola en una sensación de calma que contrastaba con el torbellino de pensamientos que nunca la abandonaron, al contrario, la atormentaban.
―¿De verdad me quiere? ―se preguntó, intentando desenredar la madeja emocional que era su relación con Félix.
La voz de Malena resonaba en su mente, un eco persistente de sus constantes conversaciones: «¿Félix te ama de verdad, Ana? ¿Te hace sentir libre, feliz, completa?»
Y en esa ocasión, Ana había asentido a sus preguntas, por supuesto. ¿Qué más iba a hacer? ¿Contradecir a su prima, la personificación de la espontaneidad y la libertad?
Además, ¿aceptaría las pruebas? ¿Estaba preparada para las evidencias?
Sumergida en el silencio del agua, la pregunta se hacía más presente: ¿realmente se sentía libre con Félix? ¿Feliz? ¿Completa? Esa última palabra le causaba una punzada incómoda en el estómago.
Ana cerró los ojos, intentando hacer un recorrido en su relación de dos años.
Una cena romántica. Si la conversación no giraba en torno a los logros profesionales de Félix, él estaba más pendiente de su teléfono que de ella.
Un viaje. Él elegía las salidas basándose en sus propios intereses. Un simple abrazo lo convertía en un recordatorio de la importancia de mantener la compostura en público.
Algún regalo. Un collar, pero, ¿había recordado su cumpleaños o lo había comprado por obligación?
¿Cuándo había sido la última vez que Félix le había preguntado por sus sueños, sus miedos o sus ambiciones? No recordaba un momento en que la hubiera animado a perseguir sus propios sueños sin ponerle trabas. ¿En qué momento se había sentido tan invisible?
Félix era un buen hombre, eso era innegable. Atento, considerado en su propia manera; pero, ¿eso era suficiente?
Un bostezo inesperado la interrumpió. El cansancio se impuso. La combinación del viaje, la tensión acumulada y la tibia envoltura del agua la adormecieron. La última imagen que tuvo fue el reflejo borroso de su rostro en el espejo empañado, antes de que la obscuridad la engullera.
Un sacudida involuntaria la despertó. Se incorporó de golpe con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho, y la espuma de la bañera salpicando el suelo. El sol filtrándose a través de la ventana le indicaba que la habitación estaba inundada de luz.
¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Habría perdido la posibilidad de extender su estadía?
―¡No puede ser! ―exclamó mientras se apresuraba a salir de la bañera, con la sensación de haber perdido una batalla contra el tiempo.
Se envolvió en la bata y salió corriendo del baño, con la esperanza de que el reloj no la hubiera traicionado. El reloj de la mesita de noche marcaba las once y media.
¡Alivio! Aún tenía tiempo.
Se secó apresurada el agua que escurría por su piel, se vistió con la ropa que había dejado cuidadosamente doblada, peinó su cabello y corrió a la puerta. Tenía que bajar a recepción y en el camino, rezar porque alguien hubiera cancelado su reservación y ella pudiera quedarse, al menos, una noche más.
Con la respiración irregular, tomó su bolso y salió de la habitación para dirigirse a la recepción. El ascensor tardó una eternidad en llegar. La ansiedad le mordisqueaba las entrañas. ¿Qué haría si no podía quedarse? ¿A dónde iría? ¿Cómo explicaría que no había logrado extender su estadía?
Llegó a la recepción con el aliento entrecortado. La recepcionista, una mujer de mediana edad con una sonrisa amable, la miró con una expresión que delataba el cansancio.
―Buenos días ―saludó Ana con una sonrisa nerviosa.
―Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?
―Quería saber si ha habido alguna cancelación en alguna habitación. Necesito extender mi estadía hasta el sábado ―informó, intentando calmar su temor.
La recepcionista tecleó en el ordenador. Después de unos segundos, su sonrisa se desvaneció.
―Lo siento mucho, señorita. Desafortunadamente, no ha habido ninguna cancelación. Con las fiestas de San Juan, el hotel está completamente lleno. No hay ninguna habitación disponible, todas están reservadas ―la noticia cayó sobre Ana como un balde de agua fría. Se sintió derrotada, desamparada.
¿Cómo iba a encontrar otro hotel?







