3. Aroma del café

Ana caminó hacia la salida de la librería, y el desconocido le abrió la puerta con caballerosidad.

Salió de "La musa errante" con el corazón latiéndole a un ritmo frenético ante la inesperada atención. El aire fresco de la tarde le acarició la cara y respiró hondo, tratando de calmar los nervios. La acalorada discusión con el español, la adrenalina, la chispa, la forma en que ambos habían desmenuzado las palabras de Nietzsche; todo la había dejado exhausta y, a la vez, extrañamente revitalizada.

Un ligero calor subió por sus mejillas, era una sensación extraña, la excitación y el nerviosismo mezclándose a partes iguales.

La luz de la luna bañaba la calle con una luz plateada, y el bullicio de la ciudad se mezclaba con el aroma de libros viejos que aún impregnaba su ropa.

—Entonces, ¿aceptas el café? —la voz grave del hombre la sacó de sus pensamientos. Estaba parado a su lado, con una amplia sonrisa amable que le hacía brillar los ojos.

Ana se aclaró la garganta, tratando de recuperar la compostura. —Creo que… no, gracias. Tengo cosas que hacer ―la verdad era que no tenía nada que hacer, salvo volver al hotel.

Sabía que no debía aceptar la invitación, tenía novio, después de todo; y la idea de salir con un completo desconocido, por muy brillante que fuera, no encajaba en sus costumbres y valores.

El español, sin embargo, no se rindió. —Un café no es una cita, señorita ―dijo como si le hubiera leído los pensamientos. ―Es simplemente una oportunidad para seguir conversando. Y usted, con su conocimiento de Nietzsche, es una compañía muy agradable ―la estructura de su frase, la sutileza con la que la invitaba era casi hipnótica y, la verdad, la curiosidad la carcomía.

Sintió una punzada de culpa, pero es que, además, era la primera vez que alguien valoraba su pasión por la filosofía, una pasión que había mantenido en secreto por años, reprimida por la falta de interés de sus padres.

—No lo sé… —titubeó sintiendo la curiosidad y la emoción nublar su juicio.

—¿Qué le parece si lo dejamos al destino? —propuso él con una sonrisa. —Justo enfrente está la cafetería ―el hombre apuntó el lugar, provocando que Ana girará su rostro para verlo con fugacidad, pero notando el anuncio luminoso de la taza de café humeante y un número 24. ―Si le gusta, nos quedamos a tomar solamente un café. Si no, me despido y cada uno por su lado.

Ana dudó por un instante.

La promesa de algo ligero, la seguridad de un buen café, la insinuación de una conversación interesante, porque, ¿qué más sabía ese hombre? ¿Qué más podía aprender de él? Además, ¿quién era ella para rechazar una simple taza de café?

—Está bien; pero, sólo un café ―cedió a la tentación, sorprendiéndose a sí misma.

Un brillo de triunfo iluminó los ojos del hombre. —Permíteme ―con una suavidad inesperada tomó su mano, y con una sonrisa la guió hacia la calle.

Ana, sin saber por qué, se sintió segura. La forma en que la tomaba de la mano, con tanta naturalidad y respeto, la desconcertó, pero eso no la hizo apartarse.

Cruzar la calle con él fue un instante, un instante en el que sintió que el mundo se detuvo. El tráfico, el ruido, todo parecía desvanecerse mientras él la guiaba, con una firmeza cálida y gentil.

El hombre, que aún no le había revelado su nombre, con una cortesía que parecía anticuada y, al mismo tiempo encantadora, le abrió la puerta del local.

—Después de usted, señorita —dijo con una sonrisa.

La cafetería, "El rincón del filósofo", era un pequeño paraíso, un oasis de tranquilidad.

Ana, que había estudiado hotelería y turismo, se sintió inmediatamente atraída por el diseño. La decoración era exquisita: paredes de ladrillo visto, repisas llenas de libros, mesas de madera obscura y sillones de cuero desgastado. Sumándose la iluminación tenue y cálida, el aroma a café recién hecho y a pan recién horneado inundaba el ambiente. Sintió que respiraba con más facilidad, como si el lugar la invitara a dejar atrás el mundo exterior, porque era como un santuario para los amantes de la lectura y la buena conversación.

Ya dentro, el hombre continúo comportándose como todo un caballero: le cedió el paso, la espero mientras ella detallaba el lugar, y la acompañó hasta la barra, donde una chica de cabello rubio y ojos almendrados los recibió con una resplandeciente sonrisa.

—¡Auritz! ¡Qué gusto verte! ¿Lo mismo de siempre? —exclamó la chica con una familiaridad que a Ana le pareció excesiva, y es que la chica parecía radiante al hablar con él. Eran de esas situaciones que la hacía sentir una punzada de incomodidad.

Auritz, por su parte, pareció también lucir incómodo. —Un café, Valeria ―respondió con una frialdad inesperada. ―Y para la señorita… ―se giró para brindarle toda su atención a Ana.

—Un capuchino, por favor —habló con confianza, sintiendo una extraña satisfacción al notar la forma en que Auritz la miraba, como si buscara su aprobación.

Valeria, con una sonrisa forzada, se giró hacia Ana mirándola inquisitivamente por unos breves segundos, para después asentir y marcharse a preparar los cafés.

Para esperar el café, Auritz se encargó de buscar una mesa. Eligió una en un rincón tranquilo, cerca de una estantería exclusiva de libros de filosofía. Ana se sentó observando cada detalle del lugar. La cafetería era un reflejo de sus propios gustos: un lugar donde la mente podía vagar libremente, alimentada por el conocimiento y el buen café.

El español comenzó una conversación ligera y amena, provocando que Ana se sintiera sorprendentemente cómoda en su compañía.

―Soy Auritz Lacon ―le extendió su mano para presentarse de manera formal.

―Mucho gusto, mi nombre es Ana Valle ―estrechó su mano.

―¡Un verdadero placer, Ana! ¿Eres de por aquí? —preguntó tratando de romper el hielo, porque era más que notorio que ella no era española.

—No, estoy de paso. Vengo de México ―reveló con profunda alegría.

Auritz intentó mostrarse sorprendido. —¿Y qué te trae por Valencia?

—Trabajo, principalmente.

En ese momento, Valera se acercó a ellos con las tazas, y aprovechó para dejar un plato de galletas.

—¿Necesitan algo más? ―se dirigió a Auritz, con su voz llena de coqueteo.

—No, gracias —respondió él sin siquiera mirarla, tenía toda su atención en Ana.

Valeria, visiblemente dolida y con los hombros caídos, se alejó, dejando tras de sí una estela de decepción.

Ana, que había prestado excesiva atención a la escena, sintió compasión y confusión a la vez. ¿Quién era Valeria? ¿Qué relación tenía con Auritz?

—¿Cómo está? —cuestionó él con una sonrisa, señalando con su vista a la cafetería.

Ana, que ya había detallado el lugar, se sentía complacida. —Maravilloso. Este lugar es… perfecto.

Auritz asintió satisfecho. —Es el lugar ideal para discutir sobre Nietzsche.

Valeria, que observaba la escena desde la barra, frunció el ceño. Intentó llamar la atención de Auritz varias veces, ofreciendo rellenar sus tazas de café y sugiriendo postres, pero él parecía no escucharla.

Ana, por otro lado, se sentía cada vez más fascinada por la conversación.

—¿Qué es lo que más te atrae de Nietzsche? —Auritz tenía una chispa en los ojos.

Ana se sintió en su elemento. —Su crítica a la moral, su concepto del superhombre. Es una visión provocadora, pero al mismo tiempo liberadora.

Auritz asintió. —Exacto. Y su rechazo a la hipocresía, a la falsedad. Es un filósofo que te obliga a cuestionar todo lo que creías saber.

Y así, con el aroma del café inundando el aire y la luz tenue creando un ambiente íntimo, la conversación fluyó con facilidad, como un río que encuentra su cauce.

Hablaron de filosofía, de literatura, de sus libros favoritos, de ideas, de la vida. Ana, sumergida en la discusión, se olvidó por completo del mundo exterior, de la extensión de su estadía, de sus padres, de su novio. Sentía que había encontrado a alguien que la entendía, que compartía su pasión por el conocimiento.

Las horas pasaron volando, después de rellenar varias veces sus tazas de café, el último se enfrió; pero ninguno de los dos pareció notarlo. La luz plateada de la luna entraba por la ventana de la cafetería, palideciéndose de apoco hasta tornarse azulada, anunciando la llegada de un nuevo día.

Cuando Ana miró el reloj, se sorprendió al descubrir que eran casi las seis de la mañana.

—¡Dios mío! —exclamó con los ojos sumamente abiertos por la incredulidad. —¡Tengo que irme!

Auritz, con una sonrisa cansada pero feliz, asintió. —Parece que nos hemos dejado llevar.

—Sí… —respondió Ana, sintiendo una mezcla de emoción y culpa.

Se pusieron de pie y Auritz, con la misma cortesía de siempre, le ofreció el brazo para caminar hacia la salida. Le abrió la puerta, siendo recibidos en la acera por la brisa matutina y disfrutando de la luz dorada de la mañana.

—Fue una velada fascinante, Ana ―comentó con una voz suave.

—Lo mismo digo, Auritz —respondió ella sintiendo un calor en el pecho.

El español, que la miraba con una intensidad que la puso nerviosa, dibujó una sonrisa genuina. —Y, ¿cuántos días te vas a quedar en Valencia?

La pregunta, aparentemente simple, contenía una carga emocional que la tomó por sorpresa, una extraña mezcla de alegría y aprensión.

Era como si Auritz estuviera interesado en saber si tendrían la oportunidad de volver a encontrarse, y eso la hacía sentir una oleada de calidez, halago y emoción recorrer su cuerpo.

Sabía que lo que había comenzado la noche anterior, con el debate en la librería y el café, era sólo el principio de algo. Aunque no sabía si era bueno o malo.

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