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2. Inesperado Zaratustra

—¿No hay absolutamente nada? —preguntó con un hilo de voz, que delató su ingenua ilusión.

—Es un caos, para ser sinceros. No hay ni una habitación disponible; pero déjeme ver, porque a veces hay cancelaciones de última hora. Podría revisar más tarde, aunque no le prometo nada ―la recepcionista intentó brindarle un poco de esperanza.

—¿Y… si no encuentro habitación? —inquirió Ana sintiéndose cada vez más desesperada.

—Pues… ―la recepcionista hizo un breve silencio, e hizo una mueca de pesar ―tendría que buscar otro hotel.

El labio inferior de Ana tembló ligeramente. La idea de tener que buscar otro hotel, empacar y desempacar de nuevo, era abrumadora. Asintió y se despidió de la recepcionista para regresar a su habitación, sintiéndose un poco desorientada.

Necesitaba distraerse.

Necesitaba algo que la sacara de esa espiral de preocupación.

Necesitaba a su fiel compañero, su libro: “Así habló Zaratustra”. La filosofía siempre había sido su refugio, su puerto seguro.

Necesitaba sumergirse en las palabras de Nietzsche, olvidar por un rato los problemas del mundo real. Así que volvió a bajar a la recepción, decidida a encontrar una librería.

—Disculpe —dijo a la recepcionista que parecía estar atendiendo a otro cliente. —¿Sabe dónde puedo encontrar una librería por aquí cerca?

La recepcionista pareció alegrarse de poder ser útil al fin, así que le dedicó una sonrisa genuina. —Claro que sí. Salga del hotel, gire a la derecha y camine unas cinco cuadras. Luego, verá una plaza. La librería está justo enfrente, en la esquina. Se llama "La musa errante". Es muy buena y muy bonita.

—Muchas gracias —respondió Ana sintiéndose un poco más animada.

Siguiendo las indicaciones, encontró la librería con facilidad. La fachada era de piedra, con grandes ventanales que dejaban entrever estanterías repletas de libros, y la luz tenue creaba una atmósfera de paz y misterio que la atrajo de inmediato. Entró, y al instante el aroma inconfundible del papel y la tinta le llegó, lo que la hizo sumirse en una sensación de sosiego y familiaridad.

El lugar era un laberinto de pasillos y libreros, un paraíso para los amantes de la lectura. Con el corazón latiéndole fuerte, buscó la sección de filosofía, sin lograr ubicarla.

Se acercó a una joven de cabello corto y color extravagante que atendía tras el mostrador, que además, tenía unas gafas redondas enormes. 

—Buenos tardes ―la joven le dedicó una mirada curiosa, ―¿en qué puedo ayudarla? — le preguntó con una sonrisa.

―Buenos tardes. ¿Tiene sección de filosofía? ―le expuso su necesidad, intentando contener la emoción.

La chica asintió, manteniendo su sonrisa. ―Por supuesto. Sígame ―la condujo hasta llegar a un pasillo marcado con una etiqueta que rezaba, "FILOSOFÍA".

Tan pronto la leyó, Ana sintió un cosquilleo en el estómago.

―¿Busca algo en particular? ―cuestionó la chica, ávida por seguir ayudando.

Ana asintió con los ojos brillantes. ―Sí. Busco “Así habló Zaratustra”, de Nietzsche —respondió con una ligera timidez.

La joven asintió. —Claro. Sígame ―avanzó un par de estantes más. —Aquí están los libros de Nietzsche —le dijo señalando la sección y Ana se detuvo, con los ojos fijos en la estantería.

En ese momento, la campanilla de la recepción sonó y la chica, con una disculpa, se apresuró a atender al nuevo cliente. Ana, momentáneamente sola, recorrió con la mirada las diferentes obras del autor. De pronto, sus ojos se detuvieron en una edición especial. Una cubierta de cuero negro, con letras doradas y un diseño sobrio y elegante. Parecía una joya. Lo tomó entre sus manos, sintió la textura del cuero y después lo abrió aspirando el aroma del papel nuevo, descubriendo la suavidad de la hoja bajo sus dedos.

Era perfecto.

—Disculpe, señorita, ese libro no lo puede comprar. Ya está apartado —una voz grave la interrumpió.

Ana se sobresaltó y se giró sorprendida. Un hombre alto y delgado, de unos treinta años, con el cabello obscuro, bien peinado y una barba incipiente, la observaba con una mirada intensa. Sus ojos, de un café profundo, parecían escudriñar su alma. Llevaba un saco negro y una corbata de seda enrollada al cuello, a pesar del calor de la tarde. Su aura era de intelectualidad, de alguien que estaba acostumbrado a tener el control, y su postura denotaba una seguridad que a Ana, por un instante, intimidó.

—¿Perdón? —logró articular con la voz temblorosa, sintiéndose un poco cohibida

El hombre sonrió de lado con cierta condescendencia. —Esa edición la tengo separada. Usted puede encontrar otro libro que le gustará.

Ana, desconcertada, se quedó mirando al hombre.

¿Por qué parecía tan seguro de sí mismo?

―¿Separado? ―cuestionó confundida, quizá porque estaba acostumbrada a ceder ante la autoridad.

―Sí ―respondió el hombre con una leve inclinación de cabeza. ―Lo aparté hace un par de días. Lo siento, pero era para mí.

¿Cómo era posible? ¿Y por qué no lo había comprado ya? Además, ¿quién era él para hablarle así?

―Pero… ―balbuceó Ana sintiendo que el calor subía a sus mejillas. ―¿Tienes un recibo de compra? ―contestó con un tono que la sorprendió incluso a ella misma.

―No ―el español arqueó una ceja, impactado ante el repentino cuestionamiento.

―¿Tienes una nota que avale que el libro está separado para ti? ―interrogó de nuevo con mayor seguridad.

―No ―repitió el sujeto con su voz carente de cualquier emoción.

―Entonces no te pertenece. Está en mi mano y yo lo voy a comprar ―finalmente la confianza la embargó, ella no iba a dejarse intimidar.

―Posiblemente, sólo lo vas a comprar para molestarme por lo que acabo de decirte, pero en verdad he esperado por ese libro ―el hombre apuntó hacia el libro que estaba en las manos de Ana. ―Puedes comenzar con otro libro de Nietzsche ―ella, que en el ámbito personal era sumisa y evitaba conflictos, sintió una extraña molestia.

¿Quién se creía ese hombre? ¿Por qué tenía que ser tan imponente?

―¿Qué te hace pensar que quiero molestarte? Ni siquiera te conozco. «¿Crees que el valor de una acción reside en el valor de su intención?»  ―replicó citando al filósofo con seguridad, y apretó el libro contra su pecho con fuerza.

El español no esperaba esa respuesta, por lo que alzó su ceja derecha y dio media sonrisa.

―«Nadie miente tanto como el indignado» ―le respondió con otra cita, en un tono que denotaba cierto desprecio.

―¿Indignada? ―el hombre completó la sonrisa en su rostro como una clara muestra de burla, y aunque Ana no admitió que se sentía indignada, su expresión la delató. ―«De raíz, desde antiguo, estamos habituados a mentir» ―refutó estoica, no iba a permitir que la subestimara.

―«Sin duda mentimos con la boca; pero con el rostro que ponemos al mentir, continuamos diciendo la verdad»―él atacó con otra cita rápidamente, manteniendo su sonrisa.

Ana respiró hondo.  ―«La verdad, la búsqueda de la verdad, es una cosa difícil; y si el hombre se comporta aquí de un modo demasiado humano, es decir, que no busca la verdad más que para hacer el bien, ¡apuesto a que no encuentra nada! »―y esa réplica, provocó que él cambiara ligeramente su expresión.

―«Nos castigamos a nosotros mismos por desconfianza contra nuestro propio sentimiento; sometemos nuestro entusiasmo al tormento de la duda, incluso sentimos la buena conciencia como un peligro»―contestó él, con esa mirada penetrante que parecía ver a través de ella.

―«El problema de la veracidad. Todos ellos simulan haber descubierto y alcanzado sus opiniones propias mediante el autodesarrollo de una dialéctica fría, pura, divinamente despreocupada»―Ana sintió que la sangre le hervía.

―«Pero a mí continúa pareciéndome que, también en este caso, Schopenhauer no hizo más que lo que suelen hacer justo los filósofos: tomó un prejuicio popular y lo exageró.» Y con esta sentencia, Nietzsche debería mostrarle más respeto a Schopenhauer, después de todo en algún punto lo llegó a considerar su maestro ―el hombre soltó una risita.

―Entonces busca un libro de Schopenhauer ―respondió ella desafiándolo con la mirada.

―Tíos, la hora de cerrar el local ha llegado. ¿Quién va a comprar el libro? ―la chica interrumpió la batalla intelectual, ganándose la atención de Ana y el cliente desconocido.

―La señorita lo va a comprar, Laura; a menos que ella me permita regalarle el libro e invitarle un café ―dijo el hombre con un tono que dejaba entrever una ligera sonrisa natural.

Se hizo un breve silencio, mientras Ana, sorprendida ante el giro inesperado de la batalla intelectual, miraba desconcertada al sujeto; no obstante, él y Laura la observaban a ella, esperando su respuesta.

―Yo pagaré el libro, Laura ―Ana finalmente respondió y, utilizar el nombre de la chica le pareció menos impersonal.

El desconocido reaccionó al instante, dibujando media sonrisa derrotada; mientras Laura lo miró sonriéndole con malicia, aprovechando el momento en que Ana caminó hacia ella para entregarle el libro.

Pronto, Laura recibió el libro y giró con dirección a la caja, dejando a Ana y al hombre detrás de ella.

Ana avanzó unos cuantos pasos detrás de Laura en silencio; no obstante, la intriga ante el cambio de actitud del hombre, la hizo detenerse y girar para observar a su acérrimo rival contemporáneo con una extraña mezcla de nerviosismo, curiosidad y emoción.  ―¿Por qué habría de aceptar tomar un café contigo? ―le cuestionó después del breve silencio.

El español, que no había apartado su vista de ella y que se había mantenido callado, dibujó una sonrisa genuina ante la pregunta de Ana. ―«Toda compañía es mala, excepto la de nuestros iguales» ―la desconcertante respuesta provocó que Ana sintiera un ligero rubor en las mejillas, porque se sintió halagada.

Retomó el paso con rapidez para alcanzar a Laura en la caja, siendo testigo de cómo la empleada ya se encontraba pasando el código de barras por el lector óptico. El precio apareció enseguida y mientras la joven indicó la cantidad en la pantalla, también le dijo el costo en voz alta.

Ana sacó la cartera del bolso de inmediato, entregándole un billete que cubría prácticamente el total del libro. ―Llevaré también este separador ―tomó un hermosa rosa amarilla, de la que colgaba un listón del mismo color, pero con una tonalidad más suave, ―y quédate con el cambio ―terminó por sonreírle con amabilidad.

―¡Gracias! ―Laura correspondió a la sonrisa, a la vez que tomaba el billete para introducirlo en la caja registradora. Pronto metió la adquisición en una bolsa de papel, así como la rosa, que terminó deslizándose por la orilla de la bolsa. ―¡Gracias por su compra! ¡Deseamos que regrese pronto! ―dijo con cortesía, ofreciéndole la bolsa de papel.

―¡Gracias a ti por tu atención! ―Ana tomó su compra y se giró para salir de la librería.

Se llevó una sorpresa. El desconocido español seguía ahí, a un lado de la puerta y observándola con intensidad, como si estuviera evaluándola.

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