7. Mejor opción

―¿A qué hora debo dejar la habitación? ―preguntó tratando de mantener la compostura.

―A más tardar, a las dos de la tarde ―la recepcionista le dijo con una mirada de lástima.

Ana asintió, agradeció la información y regresó a su habitación arrastrando los pies, sintiendo el peso de la decepción en cada paso. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama, derrotada, con la maleta observándola silenciosamente.

Se obligó a levantarse, así que se sentó con las lágrimas amenazando con desbordarse, incapaz de procesar la situación.

Tenía que hacer la maleta, encontrar un lugar donde alojarse, y todo eso con la presión del tiempo encima, porque era oficial: estaba sola, sin un lugar a donde ir, y con la certeza de que no llamaría a nadie.

Con resignación se puso manos a la obra. Con movimientos mecánicos dobló la ropa y guardó sus pertenencias. Cada objeto, cada prenda le recordaba su fracaso. Todo parecía burlarse de ella.

Terminó de cerrar la maleta, la dejó en el suelo y respiró hondo.

Se sentó en el borde de la cama, sin saber con exactitud qué hacer, a dónde ir; entonces, el teléfono sonó. Su corazón se aceleró, ¿sería Félix?

Contestó apresurada, sólo para descubrir que era su madre.

La conversación fue breve, superficial. Ana se limitó a responder con monosílabos, evitando mencionar su situación, porque no quería preocuparlos, pero lo único que provocó, fue que se sintiera aún más sola.

Decidió que necesitaba despejarse. Necesitaba pensar. Tal vez un cambio de escenario, una taza de café la ayudarían a aclarar sus ideas.

Se puso los zapatos, con nerviosismo tomó su bolso, así como su maleta y salió de la habitación. En el ascensor, tragó saliva. ¿Qué iba a ser de ella?

El sol valenciano la recibió en la calle, implacable y brillante. Caminó con paso firme hasta el café, el mismo de la noche anterior, donde la luz del exterior se filtraba a través de las ventanas, iluminando el lugar con una calidez y confortabilidad.

Ana respiró hondo, agradecida porque ese lugar estuviera abierto las 24 horas del día, y además, porque el aroma a café recién hecho y a pan recién horneado le otorgaban una inexplicable paz.

Se alegró de no ver a Valeria, al menos, no tendría que lidiar con miradas inquisitivas, ni con la incomodidad de una posible rivalidad ante su evidente interés en Auritz. Se acercó a la barra y pidió un café con leche, luego pagó y se dirigió a una mesa junto a la ventana, desde donde podía observar la calle y la plaza para perderse en el ajetreo de la ciudad.

Mientras el aroma del café inundaba sus sentidos, Ana abrió el libro. Las palabras fluyeron ante sus ojos transportándola a otro mundo, perdiéndose en las reflexiones de Nietzsche, sobre la moral, la voluntad y el eterno retorno. Un mundo donde la búsqueda de la verdad era un viaje y no una obligación.

Con el café humeante en la mano, Ana sonrió por primera vez en todo el día. Al menos, por un rato, pudo olvidarse de la notaría, del hotel, de Félix, del futuro incierto. Al menos, por un rato, pudo ser ella misma.

Una sombra se proyectó sobre su mesa. Ana levantó la vista y se encontró con la mirada intensa de Auritz.

―Buenos tardes, señorita ―la saludó con esa sonrisa amplia que ya estaba comenzando a conocer.

—Auritz —ella respondió intentando sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza ante la sorpresa.

―¿Puedo? ―preguntó señalando la silla vacía frente a ella, con su voz suave, casi un susurro.

Ana asintió y observó a Auritz sentarse con una elegancia natural, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio. ―¿Cómo supiste que estaba aquí? ―cuestionó ella sin poder evitar una sonrisa.

Auritz se encogió de hombros, con un gesto de inocencia. ―Te vi desde la calle. La ventana es tentadora ―dijo con una mirada que denotaba complicidad. ―Además, no pude resistirme a la idea de ver a una mujer leyendo como si el tiempo no importara ―el cumplido fue sencillo, pero sincero.

―Ya veo ―Ana intentó no ruborizarse. ―Supongo que te gusta este café ―cambió con rapidez el tema.

―Es un buen rincón secreto ―admitió Auritz mientras se acomodaba en la silla. ―¿Y a ti, te gusta?

―Mucho ―aceptó con rapidez, dándole una rápida vista a su libro. ―Es perfecto para huir del mundo ―añadió con sinceridad.

Auritz la observó un momento en silencio, con una expresión que Ana no pudo descifrar.

―¿Y cómo te fue con la búsqueda de hotel? ¿Encontraste algo? ―preguntó con una curiosidad genuina.

Ana soltó una risita amarga. ―No ―intentó escucharse ligera. ―De hecho, creo que voy a dormir en la plaza. Bajo las estrellas ―trató de bromear.

Auritz no pareció tomarlo a broma. Frunció el ceño ligeramente, con una expresión de preocupación. ―¿En serio? ¿No encontraste nada? ―ladeó la cabeza con incredulidad.

―Bueno, en realidad no he buscado nada aún ―se sintió un poco avergonzada al confesarlo.

―Entiendo ―dijo finalmente. ―Entonces, ¿qué te parece si vienes a cenar a mi casa? Podemos buscar un hotel después, y si no lo encuentras, siempre puedes quedarte a dormir ―le propuso sin dudarlo.

Ana se quedó sin habla. De nuevo la había tomado por sorpresa. No era algo que ella esperara, ni algo que estuviera en su zona de confort. Debía negarse, por supuesto. Era lo correcto.

–¿Qué…? –murmuró sintiendo un nudo en la garganta.

―No tienes una mejor opción, y no quisiera que pases la noche en la calle. No te preocupes, no intentaré hacer nada extraño ―insistió con una mirada comprensiva y una sonrisa tranquilizadora.

Ana respiró hondo.

La idea de pasar la noche sola en la calle, o incluso en un hotel desconocido, le parecía peor que la idea de aceptar la invitación de Auritz. Además, la fatiga, la desesperación, la abrumadora soledad, la empujaban en otra dirección. Una que le diera un respiro, un poco de ayuda y, la amabilidad y la sinceridad de Auritz, por alguna razón, le infundieron confianza.

―Está bien ―dijo con la voz temblorosa. ―Acepto.

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