Mundo ficciónIniciar sesiónIntentó disimular. —Nada, sólo estoy un poco cansada. Y sí, sonreía porque me acordé de algo que me dijiste ―respondió con agilidad.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te dije? —insistió Malena con una curiosidad voraz.
—Me dijiste que la próxima vez que viniera a Valencia, tenías que venir tú para ver a los españoles —Ana soltó una risita.
La carcajada de Malena resonó en el teléfono. —¡Ay, sí, es verdad! ¡Me muero por conocerlos! ¡Son tan guapos! ¡Y con ese acento! ¡Uf! ¡Ya me imagino! Pero, a ver, prima, dime la verdad. ¿Conociste a alguien? ¿Un español? ¿Uno guapo? ―Malena no dejaría de interrogarla hasta conocer todos los detalles, Ana conocía muy bien su espíritu desenfrenado.
Superada por la insistencia de su prima, intentó cambiar el tema. —Malena, por favor, no empieces. Ya sabes que tengo novio.
—¡Ay, por favor, Ana! ¿En serio me vas a salir con eso? ¡¿Qué tiene que ver Félix?! —exclamó Malena con un tono de exasperación. —Sabes que no me gusta ese tipo. Egoísta, controlador… ¡te tiene amarrada! Y ahora, con esta oportunidad, ¿no vas a disfrutar? ¡Te mereces un poco de diversión!
Se sintió incómoda. Sabía que su prima nunca había aprobado su relación con Félix. —Malena, por favor, no digas eso. Sabes que lo quiero.
—¡Claro, como tú digas! Pero, a ver, dime, ¿quién es el afortunado español? ¡No me vas a negar que conociste a alguien! ¡Con esa sonrisa, con esa voz…!
Ana se resistió, sintiendo que Malena la estaba acorralando. —No te voy a decir nada. No pasó nada.
—¡Ay, Ana! ¡No seas aguafiestas! ¡Imagínate! ¡Una aventura en España! ¡Con un español guapo! ¡Sería fabuloso!
Escandalizada por la sugerencia, interrumpió a su prima. —¡Malena! ¡Estás loca! ¡Jamás le haría algo así a Félix!
Malena suspiró, resignada. —Está bien, está bien… Pero, por favor, piénsalo. Al menos, piénsalo. Y, por cierto, ¿ya sabes cuándo regresas?
Ana suspiró también, de preocupación. —El sábado, creo.
—¡Perfecto! Yo me encargo de cambiarlo. Ya sabes, con mis contactos… ¡Te lo programo para el domingo! Así te queda un día más para disfrutar, ¿eh? Y ya sabes, ¡me mantienes informada! ¡Quiero saberlo todo! ¡Cada detalle! ¡Y no te olvides de los españoles! ―Malena soltó otra carcajada.
Ana, entre risas y sorpresa, intentó protestar.
—¡Malena, no! ¡Cambia el vuelo para el sábado!
—¡Ya veremos! Ahora, ¡disfruta! ¡Y no te olvides de mí! ¡Y de los españoles! ¡Adiós, prima! ¡Te quiero!
Un pitido final resonó en el teléfono, culminando con el interrogatorio digno de un competente investigador.
Ana suspiró sintiendo el calor instalado en sus mejillas, por supuesto, no había revelado nada sustancial. Había logrado sortear el interrogatorio manteniendo la información en un territorio nebuloso, lleno de evasivas y lagunas, con la esperanza de que Malena se diera por vencida; pero su prima, con su risa contagiosa encubría su lengua viperina, una habilidad que resaltaba su astucia y espíritu implacable, haciéndola difícil de engañar.
La mezcla de sorpresa, incredulidad y una punzada de emoción la hicieron meditar. ¿Una aventura? ¿Con un español?
Ana se dejó caer en la cama de su habitación, mirando el teléfono con alivio, pero también estaba agotada y es que, la conversación con Malena había sido una descarga de energía, un torbellino de risas y sospechas. Sin embargo, el silencio repentino le permitía sentir el peso de la soledad, la necesidad de compartir y de ser escuchada.
Justo en ese momento, el teléfono volvió a sonar.
―¡Hola, amor! ―exclamó Ana con la voz llena de una alegría forzada que no lograba ocultar su verdadera emoción. Era Félix.
―Hola, cariño. ¿Cómo estás? ―la voz de su novio sonó suave y educada, como siempre correcta, como siempre amable, recibiéndola con familiaridad.
Sintió un nudo en la garganta.
Quería contarle sobre lo que había pasado con la notaría, sobre el hotel, sobre el libro y sobre el chico de la librería al que había enfrentado intelectualmente. Quería contarle sobre la nostalgia que sentía, sobre la necesidad de un abrazo, de una palabra de ánimo. Quería, sobre todo, desahogarse.
―Bien, todo bien. Un poco cansada, la verdad. El viaje ha sido pesado ―comentó Ana luchando por mantener el tono ligero.
―¿Ah, sí? ¿Todo bien por allá? ―cuestionó Félix sonando distraído.
―Pues... bien. Valencia es preciosa. Mucho sol, gente amable, la comida es deliciosa... ―comenzó Ana, intentando guiar la conversación hacia los temas que quería abordar.
―Ya veo… Oye, mi amor, ¿podemos hablar un poco más tarde? Solamente quería escuchar que estabas bien. Es que estoy a punto de entrar a una junta y no puedo concentrarme bien ―interrumpió Félix sin dejar de escucharse distraído.
Pero además, Ana percibió un ligero tono de indiferencia, y eso la hizo sentir una punzada de frustración. Félix estaba en México, en medio de su jornada laboral, era comprensible que estuviera ocupado; pero ella, con su corazón a punto de estallar, necesitaba algo más que un saludo superficial.
―Sí, claro. Te entiendo. Te voy a extrañar ―concedió Ana con un dejo de tristeza en la voz.
―Yo también, preciosa, ya tengo ganas de verte. Es que, ya sabes, el trabajo; pero en cuanto regreses, hacemos algo. ¿Te parece bien? Por cierto, ¿ya tienes todo listo para regresar? ―respondió él con un tono que sonaba más a compromiso que a sentimiento.
La notaría.
El retraso.
La verdad.
Ana respiró hondo, necesitaba mantener la calma en la conversación. ―Me encantaría, pero he tenido algunos problemas con la notaría. Parece que la documentación no está del todo completa, y tendré que quedarme unos días más ―le informó intentando sonar entusiasta.
Un silencio incómodo se instaló en la línea. Ana esperó con el corazón latiendo con fuerza a que Félix reaccionara.
―¿Ah, sí? ―dijo finalmente con un tono que no lograba ocultar cierta molestia. ―Y, ¿cuándo estarás de vuelta? ―le preguntó prestándole atención por fin.
―Pues... creo que el sábado ―respondió sintiendo la necesidad de justificarse. ―Lo siento, de verdad. No quería que esto pasara.
―No te preocupes, cariño ―dijo Félix con una voz que sonaba forzada. ―No importa. El sábado está bien, te recojo en el aeropuerto y nos vamos a comer o a cenar. Todo estará bien.
Ana suspiró. ―Sí, claro. Todo estará bien ―repitió, sintiendo que la conversación se desmoronaba a su alrededor. ―¿Me llamas más tarde?
―De acuerdo. Cuídate mucho. Te quiero ―sintió su tono fingido en la despedida.
―Yo también. Adiós, Félix.
El teléfono se apagó, dejándola con una extraña sensación de alivio y algo más: un vacío.
Se sentó en la cama mirando el teléfono. ¿Él siempre había sido así? ¿Siempre tan distante, tan egoísta? ¿Se había sentido sola incluso cuando estaba en su compañía?







