8. Refugio

Auritz sonrió, radiante.

―¡Perfecto! Entonces... ―él se levantó con su elegancia natural. ―Permíteme ―dijo extendiendo la mano para ayudarla a salir del café.

Ana aceptó su ayuda, sintiendo una extraña sensación recorrerle su cuerpo.

Auritz tomó la maleta y juntos salieron del café.

Lo había conocido la noche anterior en una batalla intelectual que había sido feroz; luego, se había quedado conversando con él en un intercambio de ideas y argumentos que la había dejado exhausta, pero curiosamente, satisfecha. Ahora, caminando por las calles adoquinadas de Valencia, bajo la luz dorada del sol de la tarde, se sentía extrañamente vulnerable.

Su maleta, rodando torpemente sobre la acera, era un recordatorio constante de su precaria situación.

—¿Y bien? —preguntó Auritz caminando a su lado con una sonrisa amable. —¿Qué te ha hecho el hotel para dejarte en la calle? No me digas que te has peleado con la recepción por la almohada.

Ana sonrió avergonzada. La almohada, aunque a veces lo merecía, no era el problema.

—No, no. Es complicado. Me han dicho que no pueden extender mi estancia por las fiestas de San Juan. Parece que están completamente llenos.

Auritz arqueó una ceja, genuinamente interesado.

—Sí, la temporada es complicada; pero, ¿eso es todo? ¿Te echan a la calle sin más? ¿No hay un poco más de historia detrás?

Ana suspiró, sintiendo el rubor subir por sus mejillas. Era difícil hablar de ello, de su situación, de la notaría, de la lentitud exasperante de los trámites.

—Verás, mi padre ha comprado un hotel hace unos meses aquí, en Valencia. Todo parecía ir bien, pero la notaría no han hecho su trabajo correctamente. El papeleo, las firmas; todo se ha retrasado. Tenía que estar aquí para firmar ayer, pero ahora necesito quedarme más tiempo. Y claro, el hotel…

Auritz detuvo su andar, mirándola con atención.

—¿Un hotel? ¿En Valencia? Vaya, eso sí que es inesperado. ¿Así que te vas a quedar por aquí una temporada larga o sólo tus padres se van a mudar?

Ana se quedó petrificada.

La idea de vivir en Valencia, de mudarse, de establecerse, no la había considerado. Su mente, siempre enfocada en los detalles prácticos, en los contratos, en las fechas límite, no había tenido tiempo para soñar.

—No, no lo había pensado —admitió, su voz apenas un susurro. —Solo quería firmar los papeles y volver a México.

Auritz asintió pareciendo comprender, entonces, ambos retomaron el paso. —Ya. Pero ahora, con este contratiempo, ¿qué vas a hacer? ¿Tienes algo planeado?

Ana negó con la cabeza. ―No exactamente ―aunque con las tragedias que estaba viviendo, no había ido a visitar el hotel que pronto pasaría a ser de su propiedad, así que tenía esa tarea pendiente.

—Bueno, al menos tienes un techo para hoy —dijo Auritz sonriendo, dándolo ya por hecho. —Y espero que mi casa sea lo suficientemente cómoda. No es un palacio, pero es habitable.

Continuaron caminando en silencio, el sonido de sus pasos resonando en la calle. Ana se sentía extrañamente aliviada. La honestidad de Auritz, su genuino interés, era un bálsamo para sus nervios.

Llegaron a un edificio de tres pisos, pintado de un color crema cálido. En la planta baja, un local con grandes ventanales de cristal y una puerta elegante, exhibía una gran variedad de botellas de vino. El aroma a uvas fermentadas flotaba en el aire, invitándola a entrar.

Al lado, una puerta de madera obscura, sin ninguna indicación, conducía a los pisos superiores. Auritz abrió dicha puerta, indicándole que pasara.

—Espera, yo subo tu maleta —se ofreció antes de que Ana pudiera siquiera protestar.

Lo vio subir la maleta con su porte elegante y su andar firme, para después observar el edificio con curiosidad. ¿Qué tipo de lugar era ese? ¿Qué clase de vida llevaba Auritz?

Subieron por una escalera recta, estrecha y silenciosa, hasta que llegaron al último piso. El único sonido había sido el de los pasos de Auritz y el suave roce de su maleta contra el piso.

—Aquí es —abrió la única puerta del piso. —Pasa, por favor.

Ana entró sintiendo una mezcla de esperanza, curiosidad y aprensión. El departamento era amplio, con techos altos y grandes ventanales que inundaban el espacio de luz. La decoración era sencilla pero elegante, con toques de madera obscura y muebles cómodos. En una esquina, una estantería repleta de libros revelaba la pasión de Auritz por la lectura.

—Es… muy bonito —admitió Ana sintiéndose impresionada.

Auritz sonrió, satisfecho.

—Es mi refugio —aceptó dejando la maleta en el recibidor. —Prepararé la cena, pero, ¿te apetece algo? ¿Un café? ¿Un vaso de agua? ¿Un poco de vino? Tengo una buena selección ―algo en la mirada de Auritz la hizo sentirse segura, protegida.

Ana asintió, sintiéndose repentinamente sedienta. —Un vaso de agua, por favor.

Auritz se dirigió a la cocina, y Ana se quedó explorando el departamento. La luz, la tranquilidad, la sensación de paz, era un contraste marcado con la agitación que había sentido en los últimos días.

El aroma a ajo y pimentón inundaba el pequeño departamento, un olor que Ana, con sus veintidós años y su licenciatura en Hotelería y Turismo, asociaba inmediatamente con la promesa de una buena comida. Tenía hambre y su estómago rugía.

Observó a Auritz moverse con gracia en la cocina, salpicando aceite sobre una paella que prometía ser espectacular y, sorprendida, se hizo consciente que estaba a merced de su hospitalidad. La situación en la que se encontraba era, cuanto menos, peculiar. Había pasado de la comodidad de un hotel a la hospitalidad inesperada de un hombre que apenas conocía.

Mientras Auritz se movía con destreza en la cocina, Ana decidió pasearse por la sala, para después explorar el estante de libros que ocupaba una pared entera.

La colección era eclécticamente impresionante, con títulos en español, inglés y francés; hasta clásicos, ensayos, novelas contemporáneas de ediciones antiguas en tapa dura. La curiosidad la impulsaba a tocar, a hojear, a sumergirse en ese universo de papel y tinta, porque era un festín para los ojos de cualquier lector voraz.

—¿Y a qué te dedicas, Auritz? —preguntó con discreción, intentando romper el hielo y demostrar que no era una simple huésped aprovechada.

La conversación no lo distrajo, él continuó moviendo el arroz. —Vendo cosas que a la gente le gusta consumir ―respondió con una sonrisa.

La respuesta imprecisa hizo que Ana detuviera su inspección, se giró intrigada a verlo con una ceja arqueada. —¿Cómo qué cosas?

—Vino. Vendo vino —finalmente contestó girándose hacia ella con una sonrisa ladeada. —Vinos exclusivos, de bodegas pequeñas, con mucha historia detrás.

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