3. Aroma del café
Ana caminó hacia la salida de la librería, y el desconocido le abrió la puerta con caballerosidad.Salió de "La musa errante" con el corazón latiéndole a un ritmo frenético ante la inesperada atención. El aire fresco de la tarde le acarició la cara y respiró hondo, tratando de calmar los nervios. La acalorada discusión con el español, la adrenalina, la chispa, la forma en que ambos habían desmenuzado las palabras de Nietzsche; todo la había dejado exhausta y, a la vez, extrañamente revitalizada.Un ligero calor subió por sus mejillas, era una sensación extraña, la excitación y el nerviosismo mezclándose a partes iguales.La luz de la luna bañaba la calle con una luz plateada, y el bullicio de la ciudad se mezclaba con el aroma de libros viejos que aún impregnaba su ropa.—Entonces, ¿aceptas el café? —la voz grave del hombre la sacó de sus pensamientos. Estaba parado a su lado, con una amplia sonrisa amable que le hacía brillar los ojos.Ana se aclaró la garganta, tratando de recuperar
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