9. Entre libros

Ana asintió interesada. —Suena interesante. ¿Qué tipo de clientes tienes?

—Gente que aprecia la buena vida, el buen vino y las buenas conversaciones —contestó guiñándole un ojo y regresó su atención a la cena.

Ana sonrió divertida y continuó su exploración de la estantería.

La plática se detuvo un momento, y la mirada de Ana se fijó en un libro en particular. Sus dedos se detuvieron en un ejemplar encuadernado en cuero, con letras doradas y una ilustración delicada. Era una edición especial de "Mujercitas".

Lo sacó del estante, sintiendo la textura de la cubierta rojo profundo bajo sus dedos. La curiosidad la invadió y abrió el libro en la primera página que ya parecía susurrarle la historia.

—¿Ana? ¿Has probado ya la horchata? ¿O la fartons? —las preguntas flotaron en el aire, sin respuesta.

Ana, embelesada por el libro, no lo escuchó. Estaba emocionada, se mantuvo acariciando las páginas mientras leía absorta las primeras líneas, perdiéndose en la bella prosa elegante y evocadora. La historia la había atrapado, transportándola a otro mundo. La cena, la conversación, todo se había desvanecido a su alrededor.

Auritz, al ver su falta de respuesta, se acercó con una sonrisa en los labios y se detuvo a su lado observando el libro que la había cautivado.

—¿Te gusta? —cuestionó con una sonrisa comprensiva.

Ana se sobresaltó, levantó la vista parpadeando varias veces para regresar a la realidad, mientras sus ojos brillaban con emoción y vergüenza por igual; y es que la mirada de Auritz estaba sobre ella, haciéndola sentir avergonzada por su falta de atención.

—¡Ay, lo siento! —se disculpó, sonrojándose. —Es que… es una edición preciosa de "Mujercitas". No pude evitarlo ―sus padres, poco aficionados a la lectura, nunca le habían permitido tener una edición así.

Auritz mantuvo su sonrisa, entendía su fascinación. —Es una joya. Entonces, ¿te gusta? ―preguntó dirigiendo su mirada hacia el libro.

Ana asintió con entusiasmo. —¡Me encanta! ―sintió un escalofrío de emoción.

—¿Qué te parece si lo lees ahora? —ofreció Auritz con una sonrisa amable. —La paella tardará un poco más en estar lista.

Ana lo miró con los ojos brillantes. —¡¿Me lo prestas?!

—Por supuesto —respondió Auritz regresando a la cocina. —Es tuyo por el tiempo que lo necesites.

Ana, con la emoción a flor de piel, tomó el libro con cuidado, como si fuera un tesoro. —¡Muchísimas gracias! No sé qué decir… Perdóname por no hacerte caso antes. Es que… es precioso.

—No te preocupes —dijo Auritz, volviendo a la cocina. —A veces, un buen libro es más importante que cualquier otra cosa.

Ana se sentó en el sofá con "Mujercitas" en las manos, sintiendo una profunda gratitud hacia Auritz.

La paella, el departamento, la conversación, todo parecía secundario en ese momento. Lo único que importaba era la promesa de sumergirse en las vidas de las hermanas March.

Después de bastantes minutos, Auritz volvió a llamar la atención de Ana. ―¿Te apetece un poco de vino para la cena?

Se sintió un poco nerviosa ante la propuesta. No era una gran bebedora, y generalmente se limitaba a una copa en eventos sociales; pero la atmósfera del apartamento, la amabilidad de Auritz y la buena lectura, la convencieron de aceptar.

Auritz abrió una botella de vino tinto, llenó dos copas con un líquido rubí y sirvió la cena, que tenía un color vibrante y un aroma embriagador. Ana se sentó en la mesa sintiendo una extraña mezcla de expectación y aprensión. Tomó un sorbo de vino, y sintió un calor agradable que se extendió por su cuerpo.

La cena fue deliciosa y la conversación fluyó como el vino que Auritz descorchó para acompañarla. Hablaron de libros, de viajes, de sus sueños y aspiraciones. La noche anterior, la conversación se había centrado en debates intelectuales, pero esta vez, la atmósfera era más relajada, más íntima. Ana, liberada de la preocupación de encontrar un hotel, se sentía más abierta, más ella misma.

Las risas resonaron en el apartamento. Ana sintió una conexión con Auritz que la sorprendió. Él era inteligente, sensible y compartía su amor por la literatura.

La noche se alargó y las horas volaron. La velada estaba siendo estimulante como la anterior. La paella había desaparecido, la botella de vino estaba vacía, y la conversación, como una llama, amenazaba con extenderse hasta la madrugada.

Ambos, absortos en la charla, olvidaron por completo la hora; pero el cansancio comenzó a hacer mella. La falta de sueño, la emoción del día, el vino, todo conspiraba para adormecerlos.

De pronto, Auritz bostezó.

—Creo que es hora de dormir —comentó con una sonrisa cansada. —Ya es muy tarde y mañana tengo que madrugar.

Ana, sorprendida por el cambio de tono, miró el reloj. Efectivamente, eran casi las dos de la mañana.

—¡Ay, lo siento! No me había dado cuenta de la hora. Gracias por todo, Auritz. Por la cena, por la conversación, por… por el libro —respondió sintiendo una gratitud sincera.

Auritz se encogió de hombros con una sonrisa. —Ha sido un placer. Y no te preocupes, la conversación siempre es bienvenida; pero, sí, creo que es hora de descansar.

Ana asintió, con una ligera decepción acrecentándose en su interior. La conversación con Auritz era tan estimulante que no quería que terminara.

—Buenas noches, Ana, mañana te prepararé un buen desayuno —dijo Auritz caminando hacia la puerta de su habitación. —Descansa.

—Buenas noches, Auritz —le respondió mientras lo observaba alejarse.

Auritz cerró la puerta tras de sí, dejando a Ana sola en el departamento.

Ella suspiró sosteniendo "Mujercitas" en sus manos y en la mesa, la copa de vino a medio vaciar, brillando a la luz de la lámpara. El aroma a ajo y pimentón, mezclado con el perfume del vino aún flotaba en el aire.

La noche había sido perfecta; sin embargo, la curiosidad la carcomía, y una pregunta se instaló en su mente: ¿qué secretos escondía Auritz?

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