Mundo ficciónIniciar sesiónCon pesar, Diógenes abandonó el comedor con la comida aún sin digerir, no tiene caso permanecer ahí y ser testigo del supuesto amor que esos se profesan. Caminó hasta la puerta y pidió a Elías llevar a su habitación.
Cuando Elías abrió la puerta de la habitación del segundo piso que le habían asignado, Diógenes sintió un puñetazo en el estómago. El olor dulce de perfumes florales lo envolvió de inmediato. Cortinas de gasa rosa pálido cubrían los ventanales, una lámpara de cristales colgaba sobre la cama king size con cabecera tapizada en terciopelo rosado. El edredón tenía bordados de flores en tonos pastel, y sobre el tocador descansaban aún los frascos de perfumes caros y cajitas de maquillaje de Rocío. Estaba llena de flores. Todo estaba exactamente como Rocío lo había dejado. —No hay otra habitación… —preguntó con un hilo de voz, tragando su asco y su incomodidad sin entrar siquiera. Elías lo miró con esa indiferencia que tanto lo irritaba. —Esta es la única que está disponible con baño privado y vestidor amplio. Es la que su sueño designó pensando que se sentiría a gusto, ya que amó muchísimo a su hija menor. Buenas noches, señor Díaz. El guardaespaldas se fue con la puerta abierta y lo dejó solo. Diógenes dejó su maletín sobre la silla tapizada de encaje y se sentó en la cama. Sus manos se hundieron en el suave edredón. Rosado. Todo era rosado. Desde los accesorios menesteres personales y el baño. Incluso el papel tapiz con flores de cerezo y mariposas. Rocío siempre había tenido gustos infantiles para sus 27 años, pero a él nunca le importó mientras no tocara su estudio o su vestidor. Incluso recuerda las millas de veces que lo obligaba a vestir de rosado a pesar de que no le agradaba para nada porque lo hacía ver como un helado. Miró a su alrededor con un vacío en el pecho. Sintió una mezcla de asco, tristeza y derrota. Era como dormir en un mausoleo pintado de rosa. Una tumba perfumada de flores de cerezo. Se recostó un momento, con el brazo cubriendo los ojos. La fragancia floral se le metía por la nariz y le revolvía el estómago. La fragancia de su esposa muerta. Una esposa que no le había dejado nada además de deudas, arrepentimientos y resentimientos. “Qué bien pensaste todo, Diógenes…maldito imbécil de m****a —se dijo con desprecio—. Apostaste al caballo equivocado.” Mientras tanto, en el vestíbulo principal, Matteo se despedía de Ámbar. La tomó por la cintura y el atrajo hacia su cuerpo fuerte, besándola en los labios con ternura. —Debo viajar temprano a Milán mañana —dijo con su voz grave y ese acento italiano que la había cautivado solo para distraer su dolor. —Lo sé —respondió ella, acariciándole la mejilla con suavidad—. Me lo dijiste esta mañana. Gracias por hoy venir. Matteo sonriente con tristeza y la miró directo a los ojos. —Ámbar… sé que no me amas. ¿Pero está bien que Diógenes se queda aquí? Ella bajó la mirada. Sus dedos se enredaron en la solapa de su traje mientras su corazón latía con pesadez. —Te estoy aprendiendo a querer… —susurró—y en cuanto a él, no es mi decisión, es de mi padre. Sabes que lo aprecio. Matteo llamativamente de nuevo y la besó suavemente en los labios. —Aprende con calma, amore. Y en cuanto a él, no le des oportunidad de acercarse. Lo conozco demasiado bien. Y no sabemos de lo que sea capaz. Ya ves lo orgulloso que es. Ella cerró los ojos ante esas palabras, sintiendo un nudo en la garganta. Sabe que lo dice porque está preocupado por ella. Sabe que Diógenes es muy ambicioso y mujeriego. No llegó a respetar a su propia prima en el pasado y se acostó con ella. Cuando Matteo se fue, ella subió las escaleras de mármol lentamente, sintiendo sus tacones resonar en la casa silenciosa. Entró en su habitación y dejó caer su celular sobre la mesita de noche junto a su cama. Camino directo al baño y abrió la ducha. Se desnudó sin mirarse en el espejo y dejó que el agua caliente cayera sobre su piel, empapando su cabello rubio cenizo y borrando el maquillaje de su rostro. Apoyó la frente en la pared fría y cerró los ojos. Y entonces. Era la gala anual de Innovación Tecnológica de California. Ella tenía 21 años y acababa de ser reconocida como la inversora más joven en criptomonedas emergentes. Vestía un vestido sencillo, con escote halter que dejaba su espalda desnuda. Su cabello caía en ondas suaves sobre un hombro, y apenas llevaba maquillaje. Le aburrían esas galas, pero su padre Gerónimo insistía en presentarla con orgullo como “su hija inversionista”. La bastarda, pensaba ella, pero al menos la reconocía como parte de su nombre. Él estaba allí. Diógenes. Con su traje negro entallado, camisa blanca impecable y corbata gris oscuro. Su cabello negro, peinado hacia atrás con fijador, brillaba bajo las luces del salón. Sostenía un whisky en las manos grandes, de dedos largos y fuertes, y reía con un grupo de empresarios. Su sonrisa era blanca, ancha y segura. Cuando Gerónimo la presentó, él la miró con un brillo en los ojos oscuros. Se acercó, tomó su mano y la besó con un leve roce de labios, haciéndola estremecer. —Ámbar Castillo Wood… la inversora prodigio. Él leyó mucho sobre ti. Soy Diógenes Díaz Rivera, director general de NexCorp. —Su voz era grave, profunda, varonil. Su mirada era cálida y curiosa, no la de un hombre evaluando un negocio, sino la de un hombre mirando a una mujer. La deseaba. —Mucho gusto —respondió ella, sintiendo cómo el corazón le latía rápido en el pecho. Se había enamorado de una primera vista de él. —¿Te gustaría bailar más tarde? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella. —Claro —dijo sin pensarlo, sorprendida de sí misma. Nunca aceptaba bailes. Pero él... él era diferente. Y sería el primero. Su seguridad era magnética. Sus palabras inteligentes y su visión de negocios la cautivaron toda la noche. Cuando la música comenzó lenta, él la buscó en la mesa, extendiéndole la mano con esa sonrisa torcida. Se notaba feliz y radiante. Bailaron un vals sencillo. Su mano era firme en su cintura y su aroma a menta y madera la envolvía. Ella levantó la vista y lo vio sonriéndole, con un brillo suave, casi dulce. Estaba erectø a menos que aquello fuera una macana de policía en su pantalón. Ella podía sentirlo pero no dijo nada. —Eres diferente a todos aquí —dijo él. —¿Por qué? —Porque no te importa lo que piensen de ti. Lo veo en tus ojos. Eres inteligente y ves un futuro. Ella irritante, bajando la mirada con timidez. En ese momento, creyó que él la veía como mujer, no como una simple herramienta de inversión. Después de esa noche, él comenzó a cortarla. Llamadas, notitas románticas con poemas, fotitos en el gimnacio sin nada de la cintura para arriba, cenas de negocios con tintes personales, correos con análisis y bromas privadas. Fue dulce. Estaba atento. Fue perfecto… hasta que descubrió que ella era hija de Sarah Wood, la mujer inglesa con la que Gerónimo tuvo un romance en Londres, fuera del matrimonio. La bastarda. Y sus ojos cambiaron. Ya no la miraba a ella. Miraba a Rocío. Su hermana menor, que había llegado de Canadá, de una agencia de modelaje, y había estudiado también actuación, la hija de Viviana, la legítima, la mimada, la heredera. Rocío, con sus vestidos rosas, su voz chillona y su risa estridente, lo notó de inmediato. Siempre había sido cruel con Ámbar, pero esa vez su crueldad alcanzó otro nivel. Cuando Diógenes comenzó a cortarla, Rocío le sonreía con malicia a Ámbar en cada cena familiar, tomando su brazo, besándole la mejilla, sentándose en su regazo frente a todos. Y cuando él le propuso matrimonio, lo hizo frente a ella, sabiendo perfectamente que Ámbar lo amaba en silencio. Rocío la miró esa noche cuando todos se habían retirado con una sonrisa torcida y susurró cuando él fue al baño: — ¿Lo ves? Te dije que él me ama a mi. El solo se fijó en ti porque yo no estaba. Nadie quiere a una bastarda como tú. Solo sirves para invertir, no para que te amen. Ámbar volvió en sí, quería olvidarse de todo, así que dejó que el agua caliente borrara las lágrimas que corrían por su rostro. Recordó también a su madre. Sara. Su cabello rubio dorado, su aroma a lilas, su voz dulce cantándole en inglés antes de dormir. Su madre, tan fuerte y tan rota al mismo tiempo. Su madre, la única persona que la amaba sin condición. Ella murió cuando Ámbar tenía diez años. Un accidente en un taxi, lluvia, un camión, fin de la historia. Ámbar la esperó durante semanas en su casa en Londres, esperando que regresara del hospital. Pero nunca volvió. Solo recibió la noticia de que había muerto. El velorio duró tres días y fue enterrado en el panteón de su familia. Nadie podía hacerse cargo de la niña. Su padre llegó un día, con traje caro y escoltas, al recibir la noticia de su cuñado Adolfo y la llevó a California. Con Viviana. Con Rocío. Con su nueva familia. Cambiando así todo lo que conocía. Su vida, amigos y hasta su perro quedaron atrás. Apagó la ducha, salió envuelta en una toalla y se miró al espejo empañado. Sus ojos verdes estaban enrojecidos, su rostro serio, sus labios temblaban apenas. Se secó el cabello con calma y se puso su pijama Guess de seda, el que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Se acostó en su cama king size, entre sábanas de algodón egipcio, y miró el techo por largos minutos. “Mamá… —pensó mientras el pecho le dolía de nostalgia y rabia— ojalá estuvieras aquí para ver lo fuerte que me regresó.” Pero en el fondo, solo quería volver a sentir su abrazo. Cerró los ojos y se obligó a dormir. Mañana sería un día largo. Mañana comenzaría su verdadera prueba. No dará su brazo a torcer. Diógenes. Él sería su prueba mayor.






