— Así es... yo lo sospechaba de alguna forma y no solo porque Matteo insistía que tú no habías perdido nada y solo querías manipularme. Gracias por sincerarte conmigo.
Ámbar lo miró, todavía temblando por dentro. Sus lágrimas seguían cayendo, pero esta vez no eran de rabia ni de miedo, sino de algo que dolía más: el amor que nunca terminó de morir.
—Yo te pido perdón por todo. No te fallaré ni a ti ni a mi bebé. Y no me importa lo que la gente diga.
—Creo que podemos empezar desde cero si en ve