Entre relojes y fantasmas

La noche había llegado y como siempre, la mesa era servida.

El área del comedor era extravagante, típico gusto de la dueña y señora de la casa, la madrastra de Ambar.

Sobre el mantel blanco reposaban bandejas de porcelana con salmón a la plancha, vegetales al vapor, puré de papas trufado y ensalada de higos con queso de cabra.

Cada noche el menú cambiaba. Ámbar, sentada al centro, vestía un traje pantalón color verde con un top de seda gris y su cabello rubio recogido en un moño pulido. Sus labios color nude y su delineado perfecto resaltaban su belleza de magnate joven e inquebrantable.

¿La razón?

Ella tenía visita.

—Buenas noches, señor Gerónimo, Diógenes...querida mía.

Matteo Ferrari se inclinó hacia ella con una sonrisa radiante y le entregó una bolsa blanca con la marca dorada de Swarovski, al entrar al área donde estaba.

—Buenas noches, yerno.

—Hola, Matti.

—Para ti, amor… la nueva colección. Pensé que te encantaría—le dice a Ámbar.

Ámbar arqueó una ceja con sorpresa y abrió la caja. Dentro, un juego de aretes y collar con cristal aqua y dorado se reflejaba con un brillo elegante y sobrio.

—Matteo… es precioso. Gracias —dijo ella, y él, sin dudarlo, se inclinó y la besó suavemente frente a todos. Cada vez que él tenía la oportunidad la desbordaba de besos, con el objetivo de algún día pasar de solo abrazos y besos. Sus labios cálidos y seguros presionaron los de ella con cariño y autoridad.

—No es más hermoso que mi novia.

Diógenes, sentado frente a ellos, sintió cómo la sangre le ardía en las venas. No lo entiendo. No pensaba en su falta de dinero, ni en su quiebra, ni en la humillación de su empresa absorbida. Solo pensaba en ella, en aquel cuerpo esbelto que días atrás había sostenido empapado entre sus brazos, en la curva perfecta de sus caderas cubiertas con el traje de baño, en su piel suave y sus labios rosados.

—Tan lindo—responde Ámbar.

—Ya toma asiento o se va a enfriar la cena—interrumoe Diógenes.

—Pensé que cenariamos solo dos...es una sorpresa que estés aquí amigo mío. Como eres un adicto al trabajo ya la comida de delivery...

—Estamos en familia, sería de mala educación que mantener mis hábitos. Viendo el esfuerzo que hace la servidumbre con tan elegante cena.

“Quisiera ser yo quien la besara así…”,—pensó, y la idea le heló el corazón.

Viviana llegó tarde como siempre, con su dulce perfume saturando el aire y un vestido rojo ajustado de lentejuelas. Sus ojos delineados se iluminaron al ver la caja de joyería sobre la enorme mesa del comedor.

— Oh querido estás en casa ¿Y esto? —preguntó a Matteo con su sonrisa afilada.

—También traje algo para usted, señora Viviana —dijo Matteo, sacando una cajita más pequeña de una bolsa. Era un collar de cristal dorado, discreto pero costoso.

—Ay, Matteo, qué detalle… —dijo ella, acariciándole la mejilla con coquetería.

Luego sacó dos cajas más de su maletín negro de diseñador.

—Un reloj para usted, señor Gerónimo —dijo, entregándole un Longines clásico con correa marrón—. Y para ti, hermano —miró a Diógenes con una sonrisa sincera—. Te compré este Tissot. Hace meses que no veo el reloj que te regaló tu padre cuando te graduaste de la universidad. Siempre decías que era tu tesoro. Espero que no lo hayas perdido.

El corazón de Diógenes se detuvo. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

—Gracias… —respondió, con una sonrisa tensa, tomando la caja entre sus manos.

No podía contar la verdad. No podía decirle que había empeñado aquel reloj hacía meses para pagar la cuota del carro que de todas formas terminaron embargándole. Ni siquiera había recuperado lo suficiente para salvarlo.

—Lo… lo tengo guardado. Es tan valioso que no quisiera perderlo—Mintió con voz baja, intentando tragar el nudo que le subía por la garganta.

Matteo le dio una palmada amistosa en el hombro.

—Me alegro. Ahora tienes uno nuevo.

Pero las palabras de Matteo, cargadas de amabilidad sincera, le dolieron más que si le hubiera escupido en la cara.

Esa noche, Matteo regresó a su apartamento, todos fueron a dormir y Ámbar se encerró en su habitación. Mientras quitaba su maquillaje con aceite de coco frente al espejo, su mente regresó, como cada noche, a su pasado.

Flashback...

Tenía diez años. Estaba sentada en un sofá junto a la cama, en el hospital en Londres, abrazándose a si misma. Su madre, Sarah Wood, yacía en una cama blanca de hospital, su piel translúcida, muy débil.

—Ámbar… mi luz… ven aquí —susurró Sarah con voz quebrada.

Ella se subió a la cama, recostándose con cuidado contra su pecho.

—Cuando irás a casa, mamá… —lloraba en silencio, sus lágrimas empapando la bata blanca—no me gustan los hospitales.

—Muy pronto… siempre estará para tí —le dijo, posando su mano temblorosa en su pecho, sobre su pequeño corazón.

—Pero te vas a ir… como la abuela.

—No mi amor... por el momento necesito que seas fuerte, te quedarás en la casa con la servidumbre hasta que terminen todos los estudios y exámenes médicos. Además debo terminar el tratamiento. Tu tío te visitará de vez en cuando.

Sarah respingó con tristeza.

—No quiero quedarme sola. No quiero que te mueras, mami.

—Las madres nunca se van. Solo… nos convertimos en ángeles de luz. Y siempre, siempre te veré… —le dio un beso en la frente, uno que ardió como fuego en su alma—. Eres mi mejor regalo... nunca olvides quién eres.

Días después, llenos de esperas, su madre nunca pisó la casa en vida. Un día simplemente le dijeron que se había ido al cielo. Fue un entierro rápido, tanto así que ella no pudo llorar bien su pérdida. Luego del sepelio ella regresó con una urna llena con sus cenizas.

Y desde ese día, Ámbar supo que la vida era un terreno de pérdidas. Y ella se había perdido con el sentimiento de que su madre no se despidió adecuadamente como ella hubiera querido.

De regreso al presente..

Frente al espejo, con las manos temblorosas, terminó de quitarse el lápiz labial de sus labios. Un rojo impecable. El mismo que su madre usaba en las fotos antiguas, esas que ella escondía para que Rocío no las tocara. Se miró con detención… y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.

Se quitó la ropa lentamente, como si el peso de cada prenda fuera de un recuerdo del que debía desprenderse. Entró a la ducha y dejó que el agua caliente le quemara la piel. Cerró los ojos. No fue Matteo, su novio, quien invadió su mente… sino Diógenes.

Ese beso.

El sabor.

La forma en que él la sostuvo, sin saber que ella había guardado esa sensación como un tesoro prohibido.

Su respiración se volvió irregular. Los dedos recorrieron su cuerpo por inercia, guiados por esa imagen. El agua se mezcló con el calor que subía desde dentro. Cuando el éxtasis la alcanzó, un gemido ahogado escapó de sus labios.

Abríó los ojos de golpe.

La culpa cayó sobre ella como un balde de agua helada.

—Dios… ¿qué hice? —susurró, mordiéndose el labio.

¿Cómo había podido tocarse pensando en el esposo viudo de su media hermana Rocío?

Podría haber fantaseado con Matteo, con cualquier otro hombre… pero no con él.

Apagó la ducha bruscamente, salió y se cubió con una bata de satén beige. El silencio de su habitación la toca. Sirvió media botella de bourbon en un vaso ancho y se metió a la cama. El ardor del licor le quemó la garganta, pero no tanto como el peso de su propio pensamiento.

Diógenes.

El amor de su vida.

El hombre que la había engañado… para terminar casado con Rocío.

Y ahora, viudo, tendría que arrastrarse ante ella, la nueva magnate.

Pero esa noche, mientras el bourbon hacía su trabajo y sus párpados se cerraban, Ámbar supo que el verdadero enemigo no era él. Era su propio corazón.

Dos días después ella, salió con sus amigas a Rodeo Drive. Patricia, su jefa de recursos humanos, y Selena, la analista financiera, caminaban a su lado cargando bolsas de Chanel y Max Mara.

—Entremos aquí —dijo Patricia de pronto, viendo la joyería de empeños de lujo frente a ella.

Ambas amigas se quedaron mirando vitrinas de diamantes rosas mientras Ámbar curioseaba en las vitrinas. Observó las vitrinas iluminadas con luces LED y lo vio.

El reloj de Diógenes.

Un Omega Seamaster con bisel azul, correa de acero y la firma grabada al reverso: “Para mi hijo, que siempre mire al horizonte”. Era la letra pulida y masculina del padre de Diógenes. Ella lo reconoció al instante.

—Ese reloj… ¿cómo terminó aquí? ¿está a la venta? —preguntó al vendedor.

—Sí, señorita. El cliente lo empeñó pero se venció el plazo. Es una pieza valiosa.

—Lo compraré —dijo, casi sin pensar. Sacó su tarjeta negra y pagó sin mirar el monto. El vendedor envolvió el reloj en un estuche azul con forro de terciopelo. Ella lo guardó en su bolso con cuidado.

— ¿Encontraste algo lindo? —preguntó Patricia al verla.

Ámbar le hizo una señal al vendedor que envolviera un par de aretes de ámbar con oro fino.

—Solo estos aretes… —dijo, sonriendo mientras ocultaba el verdadero tesoro en su bolso.

Esa noche luego de la cena, de regreso en su habitación, sacó el reloj y lo colocó sobre su cama. Encendió la lámpara y lo miró brillar bajo la luz cálida.

Pensó en devolvérselo. Pensó en la tristeza en sus ojos cuando mintió sobre que lo tenía guardado. Pensó en lo mucho que él debía haber amado a su padre para considerarlo su “tesoro”.

Pero luego recordó cómo la destruyó, cómo cambió su mirada cuando supo que era la hija ilegítima, cómo eligió a Rocío sin dudar.

Sus dedos rozaron el cristal frío.

—Maldito seas… —susurró, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla y caía sobre la correa de acero—. ¿Por qué sigues aquí… en mi pecho… después de tanto?

Guardó el reloj en el cajón de su mesa de noche y apagó la lámpara.

En la oscuridad, solo quedó el sonido de su respiración entrecortada… y el eco de un amor que aún la destruía.

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