Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana comenzó con la brisa salada acariciando el muelle privado. El Range Rover negro se detuvo suavemente frente al yate, y Ámbar fue la primera en bajar. Vestía un vestido camisero blanco de lino que se movía con el viento, gafas oscuras y su cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su nuca delicada. Matteo, radiante, la alcanzó y le pasó un brazo por la cintura.
—Feliz segundo aniversario, amore… —susurró, dándole un beso suave en la mejilla. Ámbar irritante, pero sus ojos se desviaron hacia el horizonte. Desde la parte trasera del vehículo, Viviana apareció como si estuviera descendiendo de una pasarela. Sombrero de ala ancha, vestido azul marino entallado, un pañuelo Hermès beige y naranja cuidadosamente atado al cuello. Sonrisa amplia y estudiada, esa que usaba cuando sabía que todos la estaban mirando. —Querida, te ves preciosa —dijo Viviana, acercándose a Ámbar para ajustar un pliegue inexistente en su vestido—. Aunque… el lino es traicionero, marca todo. Pero a ti, claro, se te ve divino. —Gracias… supongo —respondió Ámbar, cargando una ceja. Gerónimo descendió detrás, con pantalón de lino blanco y camisa celeste, el gesto serio habitual. Diógenes cerró la puerta del copiloto y los siguió, pantalón beige y camisa azul remangada, sus antebrazos bronceados tensándose con cada paso. El yate los esperaba imponente, blanco y azul, con el nombre ÁMBAR pintado en letras doradas sobre el casco. Ella se detuvo, parpadeando. —¿Le pusiste mi nombre? —preguntó, con una sonrisa que esta vez no pudo disimular. —Es tuyo. Un regalo… —dijo Matteo, besándole la frente. —Oh… —Viviana fingio una risita suave—. Qué gesto tan romántico. Supongo que ahora tendré que acostumbrarme a ver tu nombre en todas partes… aunque, claro, ya lo veo bastante en los documentos de herencia. Ámbar tragó saliva. Matteo la sujetó de la mano y la guió a bordo. La mañana transcurrió tranquila. El sol, aunque tímido, se colaba entre nubes densas, iluminando el mar con destellos plateados. La tripulación desplegó toallas, bebidas y una bandeja con frutas frescas y sartén recién horneada. En la cocina del yate, Ámbar estaba picando vegetales para la ensalada cuando escuchaba pasos detrás de ella. — ¿Quieres que te ayude? —preguntó Diógenes, apoyándose contra la barra. Ella giró, sujetando el cuchillo. —No, está bien... puedo sola. Él la observará un segundo más de lo necesario, luego se encogió de hombros y salió. Poco después, Matteo entró con dos cervezas en mano. —Bebemos como en los viejos tiempos?, ¿eh? —bromeó, ofreciéndole una. Ambos salieron a la cubierta y se sentaron en la sombra. Entre sorbos y risas, Matteo comenzó a hablar de los viejos tiempos en la universidad, de las fiestas, los partidos de fútbol, y aquella vez que Diógenes casi los metió en problemas con el decano por una broma que salió mal. —Por cierto —Matteo se inclina hacia él, con una media sonrisa—, voy a proponerle matrimonio a Ámbar muy pronto. Diógenes parpadeó y se obligó a sonreír. —Te deseo suerte. —¿No te molesta? —insistió Matteo. —¿Por qué me molestaría? —Porque veo cómo miras a mi novia —dijo Matteo sin apartar la mirada. —Te equivocas —respondió Diógenes, llevándose la botella a los labios para cortar la conversación. —Ambar me a ayudado mucho. Ya ves como ayudó la fusión de mi empresa en quiebra y está saliendo todo a flote. -Si. Ella es débil con los necesitados. Me descubriré. —¿Ella no te lo dijo? -No. Pero no hace falta. Confío en su buen juicio. Ella es una máquina para hacer dinero. Lástima por ti que te casaste con la equivocada. —Todo sucede por alguna razón. Pasaron el día bebiendo y comiendo. Entre anécdotas y carcajadas, la tensión se diluía solo para reaparecer en los silencios. En un momento, todos decidieron lanzarse al mar desde la borda. El agua estaba fría, pero refrescante. Ámbar salió a la superficie riendo, el cabello pegado a su rostro. Gerónimo y Viviana también se animaron, aunque esta última más preocupada por su maquillaje que por nadar. Matteo quedó cubierto, sentado en una tumbona. —Lánzate Matteo, no seas tímido—le dice Viviana. —No es por flojera —dijo, cuando Ámbar también le hizo un gesto para que se uniera—. Es que… de niño casi me ahogo. Estar en medio del mar ya es suficiente logro para mí. —Oh, ya veo—le dice Viviana mientras que Ambar se acercaba, con una comprensión silenciosa. Con el correr de las horas, el cielo comenzó a cerrarse. Las nubes grises ocultaron el sol y el viento se volvió más fresco. En cubierta, Gerónimo y Viviana se retiraron a su camarote para descansar. Matteo aprovechó y se recostó junto a Ámbar en una tumbona, cubriéndose con una manta ligera. —Sabes… —susurró—, si por mí fuera, me quedaría aquí contigo todo el fin de semana. —Lo sé —respondió ella, acariciándole la mejilla. Se besaron lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero no estaban solos. Desde la cocina, Diógenes apareció con una botella de vino en la mano. Al verlos en la tumbona, se detuvo. Su mirada se aguantó un instante antes de avanzar deliberadamente hacia ellos. —Espero que tengan hambre —dijo, con una voz neutral que no encajaba con el brillo frío de sus ojos—. La cena estará lista en media hora. Matteo se incorporó, aún con una sonrisa despreocupada. —¿Qué hay en el menú? Diógenes se limitó a encogerse de hombros. —Lo que Ámbar decide preparar. Solo quedó guacamole hecho del almuerzo—Y dejó la botella sobre la barra del bar exterior, como si pesara demasiado, antes de alejarse. Ámbar se levantó despacio, sintiendo la electricidad latente que quedaba flotando tras su breve intercambio. —Voy a encargarme de la parrilla —anunció, más para romper el silencio que por necesidad. El BBQ estaba en la parte trasera del yate, con vista al horizonte grisáceo. La tarde ya no parecía tan maravillosa. Matteo apareció detrás de ella con un par de bandejas: una con filetes horribles, otra con langostinos frescos. —Vamos, chef, ¿por dónde empezamos? —bromeó, dándole un beso en el hombro. —Por encender el carbón —respondió ella, intentando concentrarse en el fuego y no en la sensación incómoda que le había dejado la mirada de Diógenes. Mientras colocaban la carne y los mariscos en la parrilla, el olor comenzó a mezclarse con el aroma del mar. Matteo se encargaba de girar las piezas mientras Ámbar cortaba limón y preparaba una salsa de mantequilla y ajo. A lo lejos, en la proa, Diógenes hablaba con el capitán. Su postura era rígida y sus gestos más bruscos de lo normal. Ámbar notó que de vez en cuando miró hacia donde ellos estaban. —No me gusta cómo está cambiando el cielo —decía el capitán, un hombre de barba gris y piel curtida por el sol—. Acabo de recibir aviso por radio: una vaguada fuerte se aproxima. Si empeora, tendremos que regresar a tierra antes de lo previsto. —¿Qué tan pronto? —preguntó Diógenes, clavando la vista en el horizonte. —En cuestión de horas. El viento está girando y la presión bajando rápido. Diógenes avanzaba lentamente. —Manténgame informado. No quiero sorpresas. El capitán le lanzó una mirada cargada de significado. —Con respeto… en el mar, las sorpresas no siempre se pueden evitar. Mientras tanto, Viviana y Gerónimo seguían en su camarote. La puerta estaba cerrada, y de vez en cuando un golpe suave contra el mobiliario o un murmullo demasiado intenso atravesaba la pared. Ámbar frunció el ceño al oír un gemido femenino apagado por la música suave que venía del altavoz del pasillo. —Supongo que ellos no vendrán a cenar pronto —dijo Matteo, sonriendo como si fuera algo gracioso. Ámbar solo presionó los labios y volvió a centrado en la parrilla. Diógenes regresó, y en lugar de dirigirse a su camarote, se acercó directamente al área del BBQ. —Huele bien —comentó, observando el humo que se elevaba—. ¿Quieres que traiga pan horneado de la cocina? —Está bien, gracias —respondió Ámbar, sin levantar la vista del fuego. Matteo, con las pinzas en la mano, se giró hacia él. —Estamos bien, hermano. Relájate, toma un trago. Pero Diógenes no se movió. Sus ojos iban de la carne al rostro de Ámbar, y luego a Matteo, como si estuviera evaluando algo. Finalmente, dio media vuelta y se dirigió de nuevo a la proa, donde el capitán seguía vigilando el cielo. —Oye, ¿está todo bien entre ustedes? —preguntó Matteo, bajando la voz para que solo Ámbar lo escuchara. —¿Entre quiénes? —Tú y Diógenes. —Matteo la miró con una media sonrisa—. Ya sabes… a veces siento que hay algo raro en cómo te mira. Ámbar dejó el cuchillo sobre la tabla y lo miró fijamente. —No inventes, Matteo. No hay nada. —Bueno, es que él me preguntó cosas raras antes… —dijo Matteo, dándole la vuelta a un filete—. Nada malo, pero… no sé, lo sentí tenso. Ámbar suspiró. —Debe ser el clima. Todos se ponen raros cuando el cielo se oscurece. En menos de media hora, el viento había subido de intensidad. El yate se balanceaba ligeramente, y las olas golpeaban con más fuerza contra el casco. En la cubierta, el mantel de la mesa exterior se levantaba como si quisiera escapar. El capitán apareció junto a ellos. —Señores, no quiero alarmarlos, pero vamos a tener que decidir pronto si regresamos. —¿Es tan grave? —preguntó Matteo, mirando el cielo. —Si nos alcanza la vagada, el oleaje se va a poner feo —respondió el capitán—. Aquí no es cuestión de valentía, es cuestión de seguridad. Ámbar se mordió el labio. Miró a Diógenes, que estaba junto al capitán, y notó que él no apartaba la vista de ella. Decidieron cenar antes de tomar una decisión. Ámbar sirvió la carne y los langostinos, acompañados de pan caliente y ensaladas. Gerónimo y Viviana aparecieron al final, impecables y sonrientes, como si acabaran de salir de una sesión de fotos. —Qué aroma tan delicioso —dijo Viviana, sentándose frente a Ámbar—. Es impresionante que todavía encuentres tiempo para cocinar, querida. A veces me pregunto si no sería mejor dejar esas tareas a los profesionales… aunque claro, entiendo que te guste sentirte útil. Ámbar con frialdad. —Me gusta saber que lo que comemos es fresco y está bien hecho. —Oh, por supuesto —respondió Viviana, clavándole una sonrisa perfecta, pero con un brillo calculado en los ojos—. Es solo que… no todos tenemos el don de mantenernos elegantes mientras hacemos trabajos… domésticos. Gerónimo intervino con un carraspeo, intentando neutralizar la tensión. —Comamos antes de que se enfríe.






