Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana amanece despejada, pero el aire estaba impregnado del frío marino que subía desde la costa. Ámbar se sentó en la cabecera de la mesa, con su taza de té verde y su teléfono revisando los movimientos asiáticos de Vicoin. Su bata de seda clara, cubría su pijama entallada mientras sus piernas, largas y torneadas, se cruzaban con natural elegancia.
Diógenes entró en el comedor y la vio de espaldas, con su cabello recogido en un moño alto. Sus lentes para leer son horribles pero muy caros. El se sintió un intruso, un perro hambriento esperando sobras. Caminó hacia una silla y se sentó a su lado, carraspeando para hacerse notar. Ella no levantó la vista. —Buenos días, Ámbar. —Buenos días, señor Días —respondió ella sin emoción, tecleando con rapidez. Él la supervisará con detención. Su rostro limpio, sin maquillaje, era aún más impactante. Piel de porcelana, labios llenos de un rosa natural, mejillas ligeramente sonrojadas por el frío. —¿Ya no soy tu cuñado y amigo? ¿Vas a poner distancia entre nosotros? —Desde hoy para ti solo soy Señorita Castillo o señorita Wood. —Que mala eres. ¿Eso fue idea de Matt? —No lo metas en esto. Yo sé tomas mis propias decisiones de lo que me conviene o no. —No me trata así. Hiere mis sentimientos Viviana llegó tarde, como siempre, con sus lentes oscuros cubriéndole los ojos y su cabello recogido en un moño descuidado. Llevaba puesto un vestido dorado de lentejuelas de la noche anterior y tacones en mano. Se dejó caer en una silla junto a Diógenes y soltó un largo suspiro. —Qué noche… no saben lo difícil que es mantener la belleza después de los cuarenta —dijo con voz ronca y cansada—hola a todos. Imagino que ya te instalaste Diógenes, disculpa que no salí a recibirte, me fuí con unas amigas al spa. —No hay problema suegrita. La servidumbre empezó a servir el desayuno. Gerónimo entró minutos después, con su traje marrón impecable, revisando su tableta. —Buenos días. —Buenos días, padre. —Buenos días, suegro. —Para ti deben ser buenos, no para mí, amor. El se sentó y se sirvió un café negro sin azúcar. Luego ni siquiera miró a Viviana ni a Ámbar. Mucho menos a Diógenes. Se sentó en la cabecera opuesta y comenzó a leer noticias financieras. La indiferencia del hombre que una vez fue su negro lo hacía sentir aún más pequeño. Pero Diógenes respiró hondo. Debía mantener su dignidad. Se sintió solo, sus padres habían muerto en un Crucero y desde entonces aprendió a nadar en la universidad y formó parte del equipo de natación. Horas después, Diógenes apareció en la empresa de su sueño y de Ámbar con dos cafés en mano. Había averiguado su pedido en Starbucks: latte con leche de almendras y un shot de vainilla sin azúcar. Entró con la mejor sonrisa ensayada y el cabello perfectamente peinado. Su objetivo: acercarse poco a poco. Ámbar estaba sentado en su oficina de cristal, revisando gráficos en cuatro pantallas simultáneas. Al verlo, sus ojos verdes subieron apenas. — ¿Qué haces aquí? —preguntó, con el mismo tono con el que se le habla a un desconocido—te dije que mi seguridad te mostraría tu oficina, está en el primer piso. —Te traje café. Pensé que… después de esta mañana… —intentó sonar cálido y atento. Tal vez si lograba su simpatía, podría negociar inversiones o un puesto en tus empresas no en las de tu padre. Ella lo miró con frialdad, tomó el café sin agradecer y volvió la vista a la pantalla. —Gracias. Ahora cierra la puerta al salir. Su voz lo hizo sentirse como un mendigo frente a una reina. Tragó saliva, sonriendo de lado tratando de mantener su aura de CEO confiado y salió de la oficina. Ocho horas después de un día agotador miro el reloj y recogió su saco para dirigirse a la salida. Piensa llegar a su nuevo hogar, si eso se le puede llamar así. Mientras caminaba hacia el ascensor, su teléfono vibró con un mensaje de embargo. Su estómago se contrajo. Corrió hacia el estacionamiento y allí estaba su Tesla Model S negro, siendo remolcado frente a todos los empleados y directivos de Vicoin. Algunos miraban con lástima, otros con burla. Diógenes sintió la sangre arderle en las mejillas. —¡Bajen ese carro en este momento! ¡Es mío! —gritó, pero los agentes ignoraron sus palabras. —Señor si tiene alguna queja, llame a la agencia porque yo solo hago mi trabajo y mi trabajo es llevar en mi grúa. —¡No, no, no...debe ser una equivocación, iba camino a la compañía a pagarle otro pago...tuve mucho trabajo y no me alcanzó el tiempo. —Sabe que existen las transacciones bancarias y pagos en linea con su tarjeta de crédito? —¡Por favor! En ese momento, Ámbar salió del edificio. Caminaba lenta, serena, con un abrigo oscuro largo y lentes de sol. Se detuvo junto a él y miró la escena en silencio. Cuando vio como la grúa se llevaba el carro y él solo se sentó en la acera cubriendo el rostro entre las manos, ella habló. —Sube a mi carro, te llevo. Estás dando de que hablar. —le dijo sin mirarlo, señalando su Rolls Royce negro donde Elías ya le abriría la puerta trasera. Diógenes tragó saliva, se limpió el pantalón y subió al auto en silencio. Durante todo el camino a la mansión, ella no dijo una sola palabra. Solo revisaba su iPad, como si él no existiera. Cada segundo de ese viaje lo quemaba por dentro. Nunca se había sentido tan pequeño. La noche llegó, silenciosa y fresca. Ámbar bajó a la piscina cerca de la medianoche. No estaba Elías ni ningún guardia cerca; Ella los había mandado a descansar. Llevaba puesto un bikini negro sencillo y una bata de seda del mismo tono. Tenía los ojos hinchados por el alcohol, pues había estado tomando whisky japonés desde que subió a su cuarto. Era la fecha. Diecisiete años desde que su madre había muerto. Diecisiete años de silencio, de frío, de vacío en su pecho. Dejó la bata sobre una tumbona y caminó al agua. El reflejo de la luna iluminaba su piel blanca como leche mientras se deslizaba al agua, sumergiéndose en un silencio que dolía. Diógenes no podía dormir. Estaba en el balcón de la habitación de Rocío, mirando hacia la piscina mientras bebía whisky en un vaso de agua. Fue entonces cuando la vio. Nadaba con movimientos lentos, cansados, como si su cuerpo no respondiera. De pronto, la vio cien. Sus piernas dejaron de moverse sobre la superficie, su cabello se hundió como algas doradas. No subía. Uno, dos minutos. —Pero ¿qué m****a está pasando? ¿Qué demonios está haciendo ella que no sube? El vaso de whisky cayó de su mano y se hizo añicos contra el piso de mármol. Corrió escaleras abajo, cruzó el jardín sin pensarlo y se quitó los zapatos Lacoste junto al borde de la piscina antes de lanzarse al agua con un chapoteo violento. —¡Ámbar! —gritó mientras buceaba hacia ella. Estaba en el fondo de la piscina. Se sumergió y la sujetó por la cintura y subió a la superficie con fuerza. Su cuerpo estaba flácido, sus brazos colgaban, su cabeza caía hacia atrás. Nadó con dificultad hasta las escalerillas y la sacó cargándola en brazos, empapado, temblando. La recostó sobre el piso frío junto a la piscina. —¡Ámbar! ¡Respira! ¡Ayuda!—gritó, dándole respiración boca a boca mientras sentía su pulso débil en la garganta. La servidumbre comenzó a aparecer corriendo, con batas de dormir y rostros llenos de pánico. Elías bajó con pantalón deportivo, sin camiseta y con espuma de pasta dental en la boca, los ojos desorbitados. Gerónimo llegó un minuto después, con su bata de seda gris y el rostro pálido. —¡Ámbar! ¡Hija! —dijo, arrodillándose junto a ella mientras Diógenes seguía dándole respiración y compresiones suaves en el pecho. —¡Vamos, Ámbar! ¡Vamos! —insistía él, con la voz quebrada por la desesperación mientras continuaba con el Rcp— ¡No te puedes morir maldita sea!






