Durante ese tiempo, Diógenes se convirtió en su ángel de la guarda protectora.
La llevaba a los cheques, la acompañaba a las juntas, incluso la ayudaba a organizar su dieta.
Cuando Ámbar tenía náuseas, él era quien le preparaba té de menta o galletas de jengibre.
Cuando ella tenía antojos, era quien manejaba a medianoche para buscarlos.
Una noche, mientras ella trabajaba desde casa, recibió su llamada habitual.
— ¿Cómo está mi chica y mi pequeño polizón? —preguntó con voz ronca desde el altavoz