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El veneno de la madrastra Viviana

La sala de juntas del piso treinta y siete estaba llena de hombres de traje oscuro y corbatas de seda italiana. El aire olía un café recién molido, una madera de cedra, una ambición y muchos intereses de por medio.

En la cabecera de la mesa larga de cristal estaba Ámbar, impecable con su traje pantalón blanco y su blusa de seda rosada con cuello alto. Su cabello estaba recogido en un chongo pulido y sus labios pintados de color rojos realzaban su belleza helada.

Diógenes se sentó a su derecha, revisando la tableta con las proyecciones financieras de Díaz Rivera Tech, ahora filial de Vicoin. Llevaba un traje gris y corbata negra. Sus ojeras estaban más difuminadas y su postura comenzaba a recuperar la seguridad de un CEO, aunque su corazón seguía inquieto. Sabe que debe levantarse del suelo lo antes posible. Ya las revistas y farándula lo tenían en la mira.

Frente a ellos, el inversor principal, Harold G. Spencer, un hombre estadounidense de 58 años, canoso y con manos gruesas, carraspeó con desdén.

—Señorita Castillo Wood… ¿pretende que confiemos en esta estrategia cuando ni siquiera tiene un COO varón de experiencia real? —preguntó, mirándola con un gesto de superioridad—. Sabemos que usted es hábil con criptomonedas y acciones digitales, pero esto es tecnología dura. Este hombre —dijo, señalando a Diógenes con la barbilla— ni siquiera pudo salvar su propia empresa. ¿Cómo salvará la nuestra unificada?

Ámbar entrelazó las manos sobre la mesa, sin inmutarse.

—Con disciplina y objetividad. Cosa que su última directiva no tuvo, señor Spencer —respondió con voz suave pero firme.

El hombre chasqueó la lengua y se reclinó en la silla de cuero negro.

—Una mujer dando lecciones de disciplina en tecnología… ¿qué será lo próximo? ¿Un estilista siendo piloto de avión? —dijo susurrando con una risita nasal, generando risas cómplices de dos de sus acompañantes.

Antes de que Ámbar pudiera responder, Diógenes golpeó suavemente la mesa con su mano. Su mirada se alzó, oscura y fría.

—Con todo respeto, señor Spencer… —dijo con voz grave, cada palabra cargada de autoridad—. Si Vicoin logró recuperar el 10% de retorno de inversión en menos de un mes es gracias a su liderazgo. Ninguno de ustedes aquí presentes tuvo esa rentabilidad en el mismo período, ni en bonos ni en bienes raíces ni en fondos de renta variable. Ninguna. Yo fui el único desastre en el pasado, cualquier negocio en algún momento experimenta sus bajas y altas y gracias a la señorita Castillo, sus estrategias y excelente equipo de trabajo vamos viento en popa.

El silencio se hizo absoluto.

Ambar se inclinó hacia adelante, con sus ojos fijos en Spencer.

—Si cree que su dinero está mejor en un banco dormido que aquí, retírelo. Pero todos sabemos que volverá con la cola entre las piernas en tres meses cuando su ROI sea un 1.5% anual y aquí se logre un 40% anualizado. Y en ese momento... no habrá lugar para usted.

Spencer lo miró con los ojos entrecerrados.

—No es para que se enoje. Solo quiero ser objetivo.

—Solo está burlándose. Aquí venimos a trabajar no a hacer sentir mal a la gente que hace que su dinero crezca cada día.

El aire se tensó en la sala. Luego, con un bufido, se reclinó de nuevo.

—No quise ofender a posta. Me disculpo. Hagan lo que quieran —dijo, agitando la mano con fastidio—. Pero no quiero oír lamentos si esto sale mal.

Ámbar lo miró con una sonrisa gélida.

—No los escuchará. Puede retirarse ahora si lo desea. No me interesa trabajar más con usted.

Spencer se levantó, sus acompañantes lo siguieron con expresión avergonzada. Cuando la puerta se cerró, la sala quedó en silencio unos segundos.

—Bien hasta aquí la reunión, ya pueden retirarse.

Todos tomaron sus carpetas y salieron.

Ámbar se giró hacia Diógenes. Sus ojos verdes, normalmente fríos, tenían un brillo distinto. Un atisbo de calidez, de respeto… y algo más profundo que prefirió enterrar de inmediato.

—Gracias —dijo ella en voz baja.

Él respiró hondo, con el corazón acelerado.

—No lo hice por ti —respondió, con un atisbo de su viejo orgullo—. Lo hice por mí… y por nuestra empresa. Ese viejo no sabe lo que se pierde.

Ella desvió la mirada, recuperando su gesto sereno.

—Como sea —respondió, cerrando su laptop y poniéndose de pie—. La reunión terminó. Tengo cita con el banco central a las dos. Te encargo el proyecto, asegúrate de que todos hagan su trabajo. No quiero a nadie haciendo horas extras. Nos vemos en varias horas.

—Como se van.

Él se levantó junto a ella, mirándola mientras caminaba hacia el ventanal. Su silueta esbelta y poderosa, el movimiento elegante de su cuerpo… se le antojaron y los notas más hermosas que cualquier mujer que hubiera visto.

“¿Por qué sigues siendo tú…?”—pensó, mientras su pecho se llenaba de un sentimiento desconocido: orgullo por ella.

Horas después, en su oficina.

Ámbar revisaba el balance con el equipo de analistas. Confirmaron que, gracias a las estrategias de rescate y reinversión de Diógenes, se había recuperado el 10% de la inversión inicial en menos de un mes. Un logro casi imposible en mercados de hardware y microprocesadores.

Cuando él llegó para firmar los contratos finales, ella lo miró con una expresión neutra, pero su corazón latía rápido. Nunca imaginó que ese hombre, el mismo que la despreciaba por ser hija ilegítima, se alzara ante un inversionista misógino para defenderla sin dudar.

Él, por su parte, no pensaba en deudas, ni en su quiebra, ni en el reloj empeñado que ahora descansaba en el cajón de ella sin que lo supiera.

Solo pensaba en sus ojos verdes, en su fuerza y ​​en el temblor involuntario de su voz cuando dijo:

—Gracias.

Y sin saberlo, ese simple temblor comenzó a domesticar el corazón salvaje de Diógenes Díaz Rivera.

Ambos regresaron a la mansión sin decir mucho.

Por otra parte, Viviana se retorcía un mechón de su cabello castaño teñido de rubio mientras se miraba en el espejo de su tocador. El reflejo le devolvía la imagen de una mujer de cuarenta y siete años que luchaba por conservar la juventud con tratamientos, inyecciones y vestidos que apenas cubrían lo esencial.

—Amor… —dijo con dulzura calculada mientras Gerónimo terminaba de abotonarse su camisa blanca frente al armario—. ¿Podemos hablar un momento?

—Dime, Viviana, tengo una cena de negocios—respondió él, colocándose su reloj Longines nuevo, regalo de Matteo.

Ella suspir con un dejo de preocupacin.

—Es sobre Diógenes… —empezó, bajando la vista y poniendo expresión de buena esposa preocupada—. No es que piense que sea un mal muchacho… pero… no sé… me incomoda.

Gerónimo frunció el ceño, cerrando la puerta del armario.

—¿Incomodarte? ¿Por qué? Siempre te llevas bien con él.

Viviana se levantó, caminó hacia él y le tomó la mano con delicadeza, frotándola con sus uñas perfectamente pintadas.

—Sí… bueno… antes era diferente. Era un CEO, un hombre respetable, con su dinero, con mi difunta hija como su esposa… ahora… ahora es un arrimado en esta casa. —Hizo una pausa dramática, mirando hacia el ventanal donde se veía el jardín nocturno—. Solo pienso… Rocío ya no está… y tú sabes que Ámbar es la más millonaria de nosotros. Quizás… no tenga pudor.

—¿De qué hablas, Viviana? —preguntó él, con fastidio.

—Tal vez quiera conquistarla… casarse con ella… —susurró, cubriéndose la boca como si pronunciara un pecado—. Tú sabes cómo son los hombres. Para ellos… las mujeres son intercambiables si traen dinero. El debería mudarse de esta casa.

Gerónimo apartó su mano con suavidad, con la mirada fija en su esposa.

—Viviana… no digas tonterías —respondió con voz firme, clavando sus ojos marrones en los de ella—. Diógenes amaba a Rocío. Es verdad que al principio sentí que cortejaba a Ámbar, pero… es algo normal en los jóvenes. Ámbar nunca se a quejado ni me a mencionado nada fuera de lugar. Quizás ella lo rechazó y por eso el cortejo a Rocío. Es normal cuando se trata de la alta sociedad unirse a prospectos que te sumen. Pero… ¿tirarse a la hermana? No lo creo capaz.

Ella suspiro dramáticamente, bajando la vista y dejándolo con la duda sembrada en su pecho.

—Solo… piénsalo, amor. No quiero que Ámbar sufra. Es una niña buena. A veces demasiado fría… pero buena. Deberías convencerla de que deje toda su fortuna a nuestro cuidado. Es tan joven e inexperta, que cualquiera se puede aprovechar. Y encima no la necesita. Matteo su novio en multimillonario y no le va a faltar nada. Posiblemente hasta se mudé a Italia.

—No se a que va todo esto. Pero déjalo ahí. Ámbar no tiene porqué darnos poder sobre su fortuna. Su madre se la heredo. Pero para que estés tranquila veré cómo va la unión y el desarrollo de los nuevos proyectos. Si ya Diógenes está estable le pediré más adelante que se vaya si no hace el primer movimiento. Podré decirle que nos vamos de viaje y las malas lenguas hablan que no es correcto que se queda en la mansión solo con Ámbar.

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