Mundo ficciónIniciar sesiónFinalmente, ella tosió y un chorro de agua salió de su boca.
—¡Oh, por Dios! Gracias a los cielos—Diogenes la sostuvo en brazos y acarició su pelo. Ella comenzó a jadear y sus pestañas temblaron. Sus ojos verdes, vidriosos y llenos de lágrimas, lo miraron sin verlo, antes de cerrar los párpados, exhausta. —¡Hija! —Ella está bien...ahora solo duerme. Diógenes suspir con alivio, su corazn golpendole tan fuerte el pecho que casi dola. Elías lo miró con respeto por primera vez. —Gracias, señor Díaz —dijo con voz ronca. Gerónimo le sostuvo la mano a su hija, tembloroso. —Gracias, Diógenes… la salvaste… gracias… Diógenes tragó saliva, intentando verso sereno, como un héroe casual. Su respiración estaba agitada y su pecho subía y bajaba con rapidez. Pero en el fondo, sentí algo nuevo. Cuando le dio la respiración boca a boca, sus labios tocaron los de ella. Su piel húmeda y fría, sus labios carnosos y suaves, su rostro delicado, su cuerpo esbelto empapado contra su pecho fuerte. Por un segundo, la sensación suya. Por un segundo, sintió que podría protegerla. Ese beso de salvación lo había marcado. Y cuando sus ojos se posaron en su rostro dormido y pálido, supo que ya no la miraba como su cuñada. Ni como la mujer que lo humillaba. La miraba como una diosa caída, una mujer frágil y herida, cuya fortaleza escondía un dolor tan profundo como su propia ruina. Por primera vez en su vida, Diógenes Vicente Díaz Rivera quiso algo… no por conveniencia, no por ambición… sino porque simplemente la quería a Sintió la necesidad de protegerla. Y eso… lo asustó. Diógenes la sostenía en brazos mientras su cuerpo empapado goteaba sobre el mármol frío del patio. Sus ojos estaban cerrados, su respiración aún agitada y su cabeza colgaba hacia atrás, dejando que su cabello mojado rozara su antebrazo. —Dámela —dijo Gerónimo, quitándose su bata de seda gris y cubriéndola con cuidado. Sus manos temblaban mientras acomodaba la tela sobre los hombros de su hija, protegiéndola del frío nocturno. —Yo la llevo —respondió Diógenes con voz grave, firme, como si por fin recuperara un poco de la autoridad que había perdido. La alzó con más fuerza y comenzó a caminar hacia la mansión, subiendo los escalones de piedra blanca mientras el chofer, Elías, y varias sirvientas los seguían. Sus pasos resonaban en el pasillo largo de la segunda planta. El piso de madera oscura brillaba con la luz tenue de los apliques dorados. Al llegar al final, se detuvo frente a la puerta de doble hoja pintada en negro con herrajes dorados. Gerónimo abrió primero y Diógenes entró con ella cargada en sus brazos. Se detuvo un segundo. Una de las sirvientas trajo una frazada gruesa y la colocada sobre la cama para no mojar el colchón. La habitación era distinta a la de Rocío. Tenía paredes, molduras elegantes y muebles de madera oscura de roble blanco. Había una chimenea moderna frente a la cama king size cubierta con un edredón de satén negro y cojines grises y plateados. Encima de la cabecera colgaba un cuadro grande, un óleo de su madre. Era ella. Sarah Wood. Una mujer joven, de cabello rubio dorado, suelta sobre los hombros, con un vestido blanco sencillo y un collar de perlas pequeñas en el cuello. Sonreía suavemente, con un libro cerrado entre sus manos. Sus ojos verdes eran idénticos a los de Ámbar. Diógenes tragó saliva ante el parecido. Las sirvientas colocaron toallas y agua caliente sobre la mesita de noche. Una subió la chimenea mientras otra sacaba del vestidor un camisón de seda blanca y un albornoz grueso para secarla. Gerónimo acariciaba el cabello húmedo de su hija con desesperación. —Estará bien, señor Castillo —dijo Diógenes con seguridad—. No es más que el alcohol. Necesito dormir y mañana estará mejor. Gerónimo sospechó con cansancio y dolor. Sus hombros caídos parecían más viejos que nunca. Ambos dieron la espalda para que las sirvientas le cambiaran la ropa húmeda, cubriéndola con el edredón mientras las empleadas la despojaban del bikini mojado y la vestían con el camisón blanco de seda. —Es su madre… —dijo con voz ronca—. Cada año es lo mismo. Se encierra, bebe hasta no sentir nada. Cuando cumplió veinte… encontramos a Ambar inconsciente en un hotel de la costa. —Se pasó la mano por el rostro, cubriéndose los ojos con vergüenza—. Pensé que con los años se le pasaría… pero nunca… nunca la supera. Antes de que Diógenes pudiera responder, la puerta se abrió con fuerza. Viviana entró, con una camisón satinado rojo vino y un kimono negro transparente. Sus ojos delineados estaban irritados, probablemente por las copas de más que había tomado en alguna fiesta de sus amigas. —¿Y este show ahora? —dijo con sarcasmo, mirando la escena—. Déjenla, siempre es lo mismo. ¿O acaso se olvidaron de aquel año que casi la encontramos muerta en la bañera? Por suerte Ámbar ya estaba arropada con la sábana, las sirvientas salieron de la habitación. Gerónimo la miró con rabia contenida. —Viviana, por favor… no empieces. —¿No empezar? —respondió ella con voz chillona—. Es una malagradecida. Su madre se murió y la dejó millonaria. ¿Qué más quiere? ¡Que la enterren a ella también para reunirse con su fantasma! —¡Basta! —rugió Gerónimo, y su voz retumbó en la habitación. Viviana retrocedió un paso, ofendida. Se cruzó de brazos y miró a un lado con asco. Diógenes sintió un escalofrío. Miró a Ámbar en su cama, su rostro pálido y húmedo, sus pestañas largas, las mejillas sonrojadas por el frío. Se veía tan frágil, tan pequeña, tan… real. —Esta mocosa te va a matar de un susto. —Y tu de un coraje, vete a tu habitación, mujer, ya no jodas más. Por otro lado Diógenes había visto siempre a Ámbar como una fortaleza infranqueable, una mujer de acero. Pero allí, estaba buscando calor en las cobijas gruesas, durmiendo como un ángel, parecía una niña perdida buscando a su madre muerta. Su pecho se contrajo. Un sentimiento nuevo se agitó dentro de él, algo que no había sentido en años. Ternura. El padre la besó en la frente y una de las sirvientas trajo un caldo de pollo. —Yo se la daré, si gusta puede ir a descansar, querido sueño. Diógenes se sentó sobre la cama con cuidado, le dio de tomar la sopa poco a poco. Ella sorbía el caldo inconscientemente. Cuando terminó, Gerónimo lo miró con ojos rojos de gratitud. —Gracias, Diógenes… gracias por salvarla. Él tragó saliva y bajó la mirada, tratando de mantener su expresión fría y orgullosa. —No fue nada. Es... parte de la familia. Ella es...mi familia. El padre de Ámbar salió primero y se fue a su habitación. Mientras Gerónimo miraba su rostro dormido, notó sus labios llenos, rosados e hinchados por el frío. Recordó el momento en que le dio respiración boca a boca. La suavidad de su boca contra la suya, el calor que se encendió en su interior al sentirla tan cerca. Su cuerpo esbelto y húmedo en sus brazos le había encendido una chispa desconocida. Por primera vez, no la vio como la fría inversionista que lo humillaba. Ni como la hermana de su esposa muerta. Ni como un banco con piernas. La vio como una mujer. Hermosa, rota, compleja, deseable. Una mujer que tal vez lo necesitaba. Y ese nuevo sentimiento… lo desconcertó. Cuando salió de la habitación, la voz chillona de Viviana lo alcanzó desde el pasillo. —No te creas un héroe, Diógenes. Ella no necesita más lacayos. Él no respondió. Solo caminó hacia la habitación rosada de Rocío, sus zapatos Lacoste aún empapados, y cerró la puerta tras de sí, sintiéndose por primera vez en años… confundido. Porque había salvado a Ámbar sin pensar en sus millones. Y ese beso… aunque fue para salvarla, aún le quemaba los labios como un recuerdo prohibido.






