Pasó un rato antes de que ella se separara, limpiando las lágrimas con ambas manos.
—Dormirás conmigo. Mañana compramos otra cama. No quiero que te quedes en el sofá —dijo con voz baja, casi avergonzada.
Diógenes la miró un segundo. No había malicia en sus ojos, solo ternura.
—Entonces no lo haré. Pensaré en contratar seguridad para tu trabajo y para el edificio.
Se quitó los zapatos y se recostó del otro lado de la cama, sin acercarse demasiado.
Ámbar se acomodó a su lado, y por primera vez en