Mundo ficciónIniciar sesión—Ah... maldición —Ambar gimió por la resaca sin abrir los ojos.
El sol ya estaba arriba cuando Ámbar abrió los ojos finalmente. Le dolia la cabeza. Un punzante dolor detrás de los ojos verdes le recordaba las copas de whisky japonés que había bebido la noche anterior. Se incorporó espacio, dejando que la frazada se deslizara sobre su hombro. Fue entonces cuando su mente recordó con claridad. El agua helada. El peso de su cuerpo hundiéndose. Sus pulmones quemándole. La oscuridad bajo la superficie. El calambre en su pierna izquierda la paralizó completamente. Había intentado subir, pero sus brazos no respondían. Y luego… sus labios. No era su primer beso. Su primer beso se lo había dado Matteo, hacía casi dos años, en un café de Milán, antes de su primera reunión como socios de inversión. Fue un beso suave, respetuoso, dulce. Pero el beso de Diógenes no fue un beso romántico. Fue un beso de vida o muerte. Sin embargo, solo de recordarlo sintió sus mejillas arder como tomates a las brasas. Sus labios se estremecieron ante el recuerdo del roce de su boca contra la de él, de su respiración caliente devolviéndole la vida, de sus manos fuertes sosteniéndola con desesperación. Se cubrió el rostro con las manos, intentando alejar ese recuerdo prohibido. —¡No, no, no! ¡Debo estar loca!—susurra. —Señorita… —dijo una voz suave junto a la puerta. Era Tita, su sirvienta personal desde hacía cinco años. Tenía 35 años, piel morena clara, cabello castaño oscuro recogido en una coleta baja y ojos marrones con una mirada muy dulce. Siempre la cuidaba como a una hermana menor. —Buenos días, Tita. Adelante —respondió Ámbar, intentando sonar normal mientras su corazón latía con fuerza. Tita caminó hasta su cama con una bandeja de desayuno: té verde con limón, claras de huevo con aguacate y dos fresas partidas. La colocación sobre la mesa lateral y suspendida. —Que bueno que volvió en sí. Se preocuparon mucho por usted anoche, señorita. La sirvienta le acomoda las almohadas. Ámbar frunció el. —¿Quiénes? —El señor Diógenes…su papá, todos los empleados—respondió Tita, bajando la mirada con timidez—. Pero el señor Diógenes fue que se dió cuenta que se estaba ahogando, él bajó las escaleras corriendo como alma que lleva el diablo cuando la vio hundirse. Tenía la cara de puro pánico… no se ve todos los días a un hombre así de preocupado. Gracias a Dios la sacó un tiempo. No me quiero imaginar que hubiera pasado si le pasa algo. Ámbar se quedó callada, mirando el té que humeaba frente a ella. Su corazón palpitaba con una mezcla de rabia, nostalgia y algo peor… esperanza. “Ese hombre… ya no significa nada”, se dijo, pero el ardor en su pecho la traicionaba. —Lamento haberlos preocupados. —Su guardaespaldas, Elías, está hecho un lío. Su padre lo regañó feo. —No es su culpa. Yo le dije que se retirara. —Bueno, coma todo su desayuno, si desea la ayuda a tomar un baño. —Gracias, Tita. Decidió desayunar en su habitación y quedarse allí todo el día para recuperarse, luego de un placentero baño de burbujas. Pero no sé quedó quieto. El resto de la mañana la pasó en videollamadas con la junta asiática y revisando saldos de criptomonedas. Fue casi al mediodía cuando llamaron a su puerta. —Adelante —dijo, sin apartar los ojos de su laptop. Diógenes entró con paso silencioso. Vestía jeans claros y una camisa negra arremangada hasta los antebrazos, revelando su piel bronceada y sus venas marcadas. Había ojeras bajo sus ojos, pero su cabello estaba peinado con cuidado, como siempre. —Quería ver cómo estabas. Pero veo que ya estás bien, entregada con tu trabajo a pesar de que anoche no estabas bien—dijo, su voz grave resonando suave en la habitación. Ella alzó la vista, fría, mientras sus ojos verdes se posaban en los suyos. —Estoy viva. Gracias, supongo. Anoche solo fue un error de cálculo, mi intención nunca fue quitarme la vida. Solo me dió un calambre. Él al parecer con amargura, no estaba seguro de creerle. —No me agradezcas. Cualquiera lo habría hecho. Y saber eso último me reconforta, si es como dices. Ella cerró la laptop con calma y lo miró directo a los ojos. —No, Diógenes. Tú no eres cualquiera. Gracias, de verdad. Mi padre estaría muy triste si me hubiera pasado algo. Él bajó la mirada, como si no pudiera sostener el peso de sus palabras. Sus manos se movieron inquietas antes de volver a su rostro confiado y arrogante. —Mira… —dijo, tomando aire como si fuera a lanzarse de un edificio, aprovechando la confianza que había creado por coincidencia—. Quiero ser útil. ¿De acuerdo? Si necesitas algo… algún mandato empresarial, negociaciones, contactos… puedo moverme por ti. Tú solo concéntrate en recuperarte. Ámbar lo observó en silencio. Había algo diferente en él. Ya no era el CEO prepotente que la miraba con desprecio. Ahora parecía un perro lastimado buscando un poco de comida. —Yo no lo necesito... Entonces, el celular de Diógenes sonó interrumpiendo lo que ella iba a decir. —Disculpa un segundo... Él contestó con rapidez, girándose de espaldas. Su voz comenzó fuerte pero se quebró en segundos. —No… no pueden hacer eso… yo… yo pagaré. Solo denme más tiempo… —guardó silencio, escuchando la respuesta al otro lado, mientras su mano temblaba alrededor del teléfono, mientras susurraba—. Por favor… por favor… hey...¿aló?—finalmente colgó, dejando caer el brazo como si pesara una tonelada. Ámbar vio cómo sus hombros se desplomaban y su cuerpo entero parecía perder vigor. Lo miré con cautela. Lo había escuchado todo sin querer. —¿Qué sucede ahora? —preguntó, con voz suave pero fría, sin sonar arrogante. Él presionó la mandíbula. No quería decirlo. No quería parecer más miserable de lo que ya era. No necesitaba que le tuvieran más lástima. —Ehhh...no es nada... O se gira guardando el móvil en el bolsillo de su pantalón. —¿Te atreverás a mentir en mi propia cara? —La empresa… si no pago algunos impuestos antes del fin de semana, los pocos socios que me quedan planean llevarse todo. Computadoras, escritorios, archivos, incluso las máquinas de café si es necesario. Me van a dejar seco… sin nada… todo porque me declaro en quiebra abiertamente para evadir algunos cargos—su voz tembló y se interrumpió antes de quebrarse. Se quedó en silencio unos segundos. Luego la miró con sus ojos oscuros, cargados de desesperación y cansancio. "Yo… pensaba acercarme a ti como hombre… tratar de desplazar a Matteo… que volvieras a amarme… —pensó—. Pero… ¿cómo cortejas a una mujer cuando estás en la ruina? Cuando ni siquiera puedes comprar tu propio almuerzo…" Ámbar sintió un nudo en el estómago. Su corazón latía con fuerza, sus emociones peleaban entre la lástima y el odio. Lo amaba. Siempre lo había amado. Pero verlo así… no era gratificante. Era cruel. Ella salió de la cama echando la laptop a un lado, caminó hasta su escritorio y tomó una carpeta negra. Escribió un número en un papel y lo deslizó hacia él. —Te daré el dinero —dijo con su tono más firme y frío—. Pero con condiciones. Todo debe ser supervisado por mí. Moverás tu empresa a la nuestra, la integraremos como una filial y yo será la presidenta del consejo. Serás CEO, pero estarás bajo mi mando. Diógenes sintió un mareo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero parpadeó rápido para retenerlas. Tragó saliva y ascendió, sus labios temblaban mientras extendía la mano para estrechar la de ella. —Gracias… gracias, Ámbar… —dijo, su voz rota y profunda. Cuando sus manos se tocaron, ambos sintieron un pequeño temblor. Sus corazones latían rápido, uniendo odio, nostalgia y ese amor imposible que nunca lograron enterrar o que nunca pudo desarrollarse por la arrogancia y la codicia de Diógenes. —Este es mi número personal, llamalos a esos que te llamaron y diles que mañana tendrás el dinero para pagar las deudas que aún te restan y salgas de los inversionista limpiamente y no arrastres el apellido de mi padre ensuciandolo. No me llevaba bien con Rocío, pero estoy segura que no le hubiera gustado verte arrastrandote y dando lástima. Recordarle que era el esposo de su hermana le golpeaba en el tórax. Ámbar se convenció a sí misma de que lo hacía solo por agradecimiento y por mantener el apellido de su padre libre de miramientos negativos, al fin y al cabo el era parte de la familia. Pero su corazón... su corazón sabía que aún lo amaba con la misma intensidad de aquella primera noche en la gala.






