Mundo ficciónIniciar sesiónDiógenes entró al edificio principal de Vicoin con los hombros caídos y el corazón palpitando como un tambor de guerra.
A su alrededor, hombres vestidos con camisas polo de mudanza desempacaban computadoras, monitores, impresoras, cables y archivadores de acero. Su empresa, había sido desmontada pieza por pieza y trasladada como si fuera un simple departamento de bodegas. Los socios lo miraron con rabia, fastidio o resignación. Algunos conversaron en voz baja, burlándose de su caída. Uno de ellos, Enrique Morales, un hombre regordete de bigote ralo y traje azul mal planchado, se le acercó horas atrás en la antigua empresa, mientras supervisaba el embalaje. —Así que… la bastarda millonaria te compró, ¿no? —dijo con desprecio, masticando un chicle—. Bien jugado, Díaz. Nunca supe que terminarías vendiéndote a una mujer y encima tu cuñadita para no quedarte en la calle. Diógenes presionó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Iba a responder cuando escuchó su voz. Firme, fría, indestructible. —Enrique Morales, ¿verdad? —dijo Ámbar, caminando hacia ellos con sus tacones Louboutin negros, un pantalón entallado color hueso y una blusa de seda negra que brillaba bajo la luz. Sus ojos verdes, delineados con un smokey suave, eran como dagas. Él tragó saliva. Ella había llegado temprano para supervisar la mudanza. —Sí, señorita Castillo. —Le acabo de transferir su parte de las acciones. El dinero estará en su cuenta antes del mediodía. Si vuelve a dirigirse a mi socio y cuñado oa mí con ese tono, me aseguraré de que ningún fondo tecnológico en California vuelva a recibirlo como inversor —dijo con una sonrisa gélida antes de girarse a mirar a Diógenes—. A todos los demás se les pagará lo justo como ya no quieren estar unidos a la corporación de mi cuñado. Pero el monto será cargado a Díaz Rivera Tech como deuda a largo plazo, con intereses controlados. Esto no es un regalo. Es un préstamo, nuestro acuerdo. Los negocios no se ligan con los lazos familiares. Sus socios se miraron en silencio. Algunos reconocieron sus maletines y se marcharon con prisa. Otros simplemente la observaron con admiración y temor. Diógenes la miró con el corazón encogido. Se sentía pequeño, destruido, humillado. Pero también… aliviado. Ahora están en la nueva empresa y él está a merced de las decisiones de ese magnate con mirada de hierro. Horas después del caos, Ámbar estaba sentado en su oficina, revisando los documentos de integración de Díaz Rivera Tech como filial de Vicoin. Llevaba el cabello recogido en una coleta baja y usaba lentes de lectura negros mientras su dedo índice repasaba los contratos. La puerta se abrió y entró Diógenes con dos cafés en mano. —Te traje latte con leche de almendras y un shot de vainilla sin azúcar… y un americano doble para mí. Ya me instalé en la oficina que me asignaste—dijo con su sonrisa cansada. —Gracias —respondió ella, tomando su café sin mirarlo. Él se sentó frente a ella y sorbió un poco de su americano. Ámbar bajó la vista a sus labios. Eran horribles, definidos, con un arco perfecto. Cada vez que los veía moverse o presionarse contra la tapa del vaso sentía un cosquilleo en el vientre. Sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento y abrió la carpeta de auditoría interna. —No entiendo cómo llegaste a la quiebra —dijo, sin mirarlo, hojeando página tras página—. Tus números eran excelentes hace tres años. Tus innovaciones en microprocesadores y realidad aumentada eran de las más prometedoras. Diógenes bajó la mirada, avergonzado. Ella comenzó a enumerar. —Viajes privados a europa… cenas de veinte mil dólares… hoteles cinco estrellas en París, Roma, Milán…Rusia y Japón —se detuvo y lo miró directo a los ojos—. Te gastaste más de dos millones de dólares conquistando a Rocío, ¿verdad? Él tragó saliva y apartó la mirada, sus manos temblaban. Ella sospechó de asco. —Increíble. Te creías un dios… y no eras más que un idiota enamorado de una mujer que te reventaba la tarjeta como si fuera su cajero personal. Error. El no estaba enamorado de ella sino de la fortuna que el pensaba que ella tenía. Él cerró los ojos, herido, pero agradecido de que ella lo catalogará como alguien enamorado y no como alguien invirtiendo en un pez gordo que no resultó ser otra cosa que una tilapia. Pero ella no se detuvo. Se obligó a mantener su corazón de acero. Había llorado demasiado por ese hombre en aquel año, como para compadecerlo ahora. Hoy en día es novia de un gran hombre y aunque no lo ama se siente segura. Mientras ella bebía su café en silencio, su mente viajó atrás, a Milán, hace dos años… Estaba sentado en el pequeño café de Piazza del Duomo, con su computadora portátil revisando balances europeos cuando Matteo Ferrari se sentó frente a ella. Tenía 31 años, ojos marrón claro y cabello castaño con rizos suaves, peinado con estilo italiano. Su sonrisa era cálida, genuina, su acento italiano siempre la hacía sonreír. Ya ella lo conoció hacia años atrás porque estudió con su cuñado y se habían vuelto socios por cosas del destino. —Ámbar… —le dijo su novio en aquel entonces—. Sei bellísima. ¿Cuándo serás mi novia? —Somos socios. No mezclo romance con trabajo. —Podemos tener ambas. Somos compatibles. —No le interesa. —¿Porque ama a Diógenes? El es un idiota. Y estás casado con tu media hermana. Ella tomó un sorbo largo de su vino. —No hablemos de eso. —Te amo. Te amo tanto que puedo amarnos por ambos. Dame una oportunidad. Nunca te haría sufrir. —Sin mares, bobo. —Por ti puedo ser todo lo que quieras. Ella lo miró sorprendida y él se inclinó, posando sus labios suaves contra los suyos. Fue un beso casto, muy rápido, dulce, lleno de respeto y ternura. —¡Matteo! —¡Carajos! Me dejé llevar...Mamma mia...eres tan dulce. Merezco que me golpees. Matteo siempre la había tratado con cuidado, con paciencia, aún sabiendo que su corazón ya le pertenece a otro. El sonido del café sorbido la trajo de vuelta al presente. Diógenes la miraba con ojos rojos, cansados, preguntándose en qué diablos pensaba al verla tan distraída. —Gracias… por hacer esto —dijo con voz ronca. —Sin cantes victoria todavía. Ella respiró profundamente, cerró la carpeta y ascendió. Sacó su teléfono y con un par de movimientos transfirió el pago millonario al banco, rescatando su línea de crédito y evitando la liquidación final de su empresa en la bolsa de valores. Cuando la confirmación llegó en un mensaje de texto, Diógenes no pudo contenerse. —¡Oh, por Dios! Se levantó y la abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello perfumado con notas de menta, bergamota y almizcle blanco. Su pecho fuerte la envolvía y sus manos grandes la sostenían con gratitud. —No es para tanto...recuerda que es un préstamo. Aún estas en prueba. —Gracias… gracias… lo sé...lo sé—susurraba con voz temblorosa, sin poder contener la emoción. Ámbar se quedó quieta, con su corazón latiendo desbocado. Quiso abrazarlo de vuelta, hundir sus manos en su cabello oscuro, besarlo como siempre había soñado. Pero se obligó a mantener los brazos a los costados. El solo era el CEO y su cuñado. “Es solo por el dinero… solo porque lo salvé”—se dijo analizando mejor su reacción. Y esa verdad le desgarró el alma. Cuando Diógenes salió de su oficina, el celular de ella vibró. Era Mateo. Contestó con voz calmada. —Ciao, amore… ¿cómo estás? —Solo quería escucharte —dijo Matteo con voz suave—. Hoy tienes un tono extraño… ¿todo bien en la empresa? Ella miró la puerta cerrada donde Diógenes había salido. —Todo bien, cariño. Estoy revisando auditorías, nada más —mintió, con su voz vacía. No le contó el accidente en la piscina. Ni de cómo Diógenes la había salvado. Ni de cómo sus labios aún le quemaban la piel. Ni de cómo su corazón, el mismo corazón que Matteo intentaba conquistar cada día, aún le pertenecía… a su peor error. —Pronto iré a visitarte...quería pasarme tiempo contigo. Así que haz espacio en tu agenda. —De acuerdo. Espero tu regreso. Mientras colgaba, Diógenes la observaba en silencio desde la pared de cristal de su oficina que estaba frente a la de ella. Sus ojos oscuros se estrecharon con un nuevo brillo. Diógenes agitó la mano sentada en su nuevo escritorio, ella solo agachó la mirada en su laptop. Había una brecha. Una grieta en su relación con Matteo. Y si algo sabía Diógenes Díaz Rivera… es que un CEO nunca desperdicia las grietas. Esa era su oportunidad para acercarse a ella y tenerlo todo, a ella ya su imperio.






