Mundo ficciónIniciar sesiónMe despierto antes de que suene la alarma.
No porque haya dormido bien, sino porque mi cuerpo no sabe hacerlo cuando algo importante está por pasar. Me quedo mirando el techo unos segundos, respirando despacio, como si eso pudiera tranquilizarme el corazón. Hoy es mi primer día. Mi primer día de trabajo de verdad. No prácticas, no favores, no “ayudas temporales”. Trabajo. La palabra pesa más de lo que pensé. Me levanto y camino descalza hasta el baño. El piso está frío y me eriza la piel. Abro la regadera y dejo que el agua caiga caliente, fuerte, como si pudiera borrar la ansiedad que traigo pegada desde anoche. Me quedo ahí más tiempo del necesario, con los ojos cerrados, dejando que el ruido del agua me aisle un poco del mundo. Cuando salgo, el espejo me devuelve una imagen que reconozco, pero que hoy se siente distinta. Sigo siendo yo, pero con una expectativa nueva encima. Normalmente me visto como me da la gana: ropa floja, sudaderas grandes, pantalones que no aprietan, tenis cómodos. Me gusta sentir que nada me exige nada. Que mi cuerpo puede estar tranquilo. Hoy no. Hoy busco algo distinto, pero sin traicionarme del todo. Un pantalón de mezclilla ajustado, lo suficiente para marcar, no tanto como para incomodarme. Una blusa más suelta, que no grite, pero que tampoco se esconda. Me peino con cuidado, sin exagerar. Me maquillo poco: base ligera, rímel, un poco de color en los labios. Nada dramático. Nada que prometa más de lo que puedo sostener. Me observo un momento más en el espejo. No para buscar aprobación. Solo para asegurarme de que sigo aquí. En la cocina apenas pruebo el desayuno. Un par de bocados, café a medias. El reloj me apura y no quiero llegar tarde, pero tampoco quiero llegar demasiado temprano. Odio parecer desesperada. Meto mis cosas en la mochila: documentos, dinero, el celular, una libreta, una pluma, una botella de agua. Cosas simples. Cosas que me hacen sentir preparada, aunque no lo esté. Salgo de casa con el corazón acelerado. El camión tarda, como siempre, y mientras avanzo por la ciudad, miro por la ventana con esa mezcla rara de emoción y miedo. Me pregunto si voy a hacerlo bien. Si voy a encajar. Si este lugar realmente es para mí. Llego antes de la hora. Demasiado antes. Me detengo afuera del edificio y miro la fachada como si fuera a hablarme. Respiro hondo y decido esperar unos minutos. No quiero que piensen que soy la nueva ansiosa que llega media hora antes solo para demostrar algo. Cuando por fin entro, la recepcionista apenas levanta la vista. —Buenos días —dice, sin mucho más. —Buenos días —respondo, igual de breve. Pregunto por la trabajadora social. Alexa. Camino hasta su área con una sensación incómoda en el estómago. Cuando me ve, frunce apenas el gesto. No es una mueca abierta, es algo más sutil. Una incomodidad que se siente. —¿Qué necesitas? —dice, sin sonreír. —Soy Valeria… hoy empiezo a trabajar y quería saber en qué área voy a estar. Me mira de arriba abajo, rápido, sin disimulo. —Piso tres. Área de comunicación. Ahí —responde, señalando sin más explicación. Eso es todo. Nada de bienvenida. Nada de presentación. Nada de “suerte”. Solo eso. Por un segundo pienso que quizá no le caigo bien. Luego decido no darle demasiada importancia. No vine a agradarle a todo el mundo. Regreso con la recepcionista y le pregunto cómo llegar. Ella, al menos, se toma el tiempo de explicarme. Le agradezco y me dirijo al ascensor. Cuando llego al piso indicado, el lugar está casi vacío. Demasiado silencioso. Me quedo de pie frente a una oficina cerrada, con la mochila colgándome del hombro, sintiéndome un poco fuera de lugar. Miro el reloj. Falta poco para la hora. Entonces el ascensor se abre. Y sale él. Alto. Seguro. Guapo de una forma que no pide permiso. Jeans bien puestos, camisa que le queda perfecta, el cabello acomodado sin parecer que se esforzó. Sus ojos llaman la atención de inmediato. Claros, vivos. Las cejas bien definidas, la mandíbula marcada, una sonrisa fácil que aparece como si el mundo no pesara tanto cuando él camina. Me quedo inmóvil un segundo de más. —Valeria, ¿verdad? —dice, acercándose. Asiento, un poco tarde. —Sí. Extiende la mano. —Mucho gusto. Soy Erik. A partir de hoy, tu jefe. Trago saliva y sonrío, intentando no parecer una idiota embobada por un rostro bonito. Le estrecho la mano y siento una seguridad tranquila en su forma de saludar. Natural. Cercana. Abre la oficina y me hace un gesto para que pase. —Adelante. Entro y me quedo de pie. Él cierra la puerta, camina hasta su escritorio y señala una silla frente a él. —Siéntate, por favor. Empieza a explicarme el trabajo. Que el ritmo es pesado, que maneja muchos proyectos, que la empresa se mueve rápido. Que no seré secretaria, sino su asistente directa. Que habrá días largos, pero también aprendizaje. Que por ahora no hay un escritorio asignado, así que trabajaré con él en su oficina mientras tanto. Asiento, atenta, tomando notas mentales… aunque mi cabeza no deja de pensar una sola cosa: qué guapo es. No es solo atracción. Es algo más. Me gusta su energía. Su manera de hablar. La facilidad con la que sonríe. Me esfuerzo por concentrarme, por no perderme en mis propias distracciones. —¿Te parece bien? —pregunta. —Sí —respondo—. No tengo ningún problema. Y en ese momento, sin darme cuenta, algo se acomoda dentro de mí. Tal vez este lugar no sea tan ajeno. Tal vez este inicio… no sea tan malo. El pensamiento se me queda rondando mientras Erik termina de hablar. Me incomoda un poco admitirlo, incluso para mí misma, pero no puedo negar que me gusta. No solo porque es guapo —que lo es—, sino porque hay algo en su forma de conducirse que me hace sentir… tranquila. Segura. Como si no necesitara estar a la defensiva todo el tiempo. Sé que no está del todo bien pensar así de mi jefe en el primer día. Lo sé. Pero también soy honesta conmigo: me atrae. Y aceptarlo no significa que vaya a hacer algo al respecto. —Antes de empezar —dice de pronto—, quiero presentarte con el equipo.






