Me despierto antes de que suene la alarma.
No porque haya dormido bien, sino porque mi cuerpo no sabe hacerlo cuando algo importante está por pasar.
Me quedo mirando el techo unos segundos, respirando despacio, como si eso pudiera tranquilizarme el corazón. Hoy es mi primer día. Mi primer día de trabajo de verdad. No prácticas, no favores, no “ayudas temporales”. Trabajo. La palabra pesa más de lo que pensé.
Me levanto y camino descalza hasta el baño. El piso está frío y me eriza la piel.