Me despierto antes de que suene la alarma. No porque haya dormido bien, sino porque mi cuerpo no sabe hacerlo cuando algo importante está por pasar. Me quedo mirando el techo unos segundos, respirando despacio, como si eso pudiera tranquilizarme el corazón. Hoy es mi primer día. Mi primer día de trabajo de verdad. No prácticas, no favores, no “ayudas temporales”. Trabajo. La palabra pesa más de lo que pensé. Me levanto y camino descalza hasta el baño. El piso está frío y me eriza la piel. Abro la regadera y dejo que el agua caiga caliente, fuerte, como si pudiera borrar la ansiedad que traigo pegada desde anoche. Me quedo ahí más tiempo del necesario, con los ojos cerrados, dejando que el ruido del agua me aisle un poco del mundo. Cuando salgo, el espejo me devuelve una imagen que reconozco, pero que hoy se siente distinta. Sigo siendo yo, pero con una expectativa nueva encima. Normalmente me visto como me da la gana: ropa floja, sudaderas grandes, pantalones que no aprietan
Leer más