La frase cae con peso.
—¿Cómo? —pregunto—. ¿Tu empresa?
—Sí —responde, tranquilo—. Soy el dueño.
Me quedo en silencio. La información tarda en acomodarse dentro de mí. Daniel. La empresa. Mi trabajo. Todo se mezcla de golpe.
Trabajo… para él.
Hay un momento raro, suspendido. Como si el aire se tensara. No sé qué pensar, ni qué decir. Siento que algo se mueve, que el destino —o lo que sea— insiste en cruzarnos.
Miro al suelo y veo los papeles desordenados. Me agacho para recogerlos, más para hacer algo que por necesidad.
—Bueno… —digo—. Entonces supongo que ahora sí nos veremos más.
—Ya verás —responde él, con esa seguridad que me deja pensando—. Nos vamos a seguir viendo.
Levanto la mirada. Le devuelvo una sonrisa pequeña, automática. No digo nada más. Entro al ascensor y las puertas se cierran.
Mientras baja, mi cabeza no se calla.
Trabajo en su empresa.
Daniel es el dueño.
Daniel.
Cuando llego al piso tres, antes de que las puertas se abran, me acomodo el