La frase cae con peso.
—¿Cómo? —pregunto—. ¿Tu empresa?
—Sí —responde, tranquilo—. Soy el dueño.
Me quedo en silencio. La información tarda en acomodarse dentro de mí. Daniel. La empresa. Mi trabajo. Todo se mezcla de golpe.
Trabajo… para él.
Hay un momento raro, suspendido. Como si el aire se tensara. No sé qué pensar, ni qué decir. Siento que algo se mueve, que el destino —o lo que sea— insiste en cruzarnos.
Miro al suelo y veo los papeles desordenados. Me agacho para recogerlos,