Capítulo 4

Cuando desaparecen, el lugar vuelve a sonar. Respiro.

—Qué raro —dice Miriam—. Él es… distinto.

—Sí.

—Nada que ver con el de la fiesta.

No respondo.

Terminamos nuestras bebidas y salimos. Todavía entramos a un par de lugares más. Dejamos solicitudes. Escuchamos las mismas respuestas. Cuando cae la noche, nos rendimos.

—Mejor mandamos en línea —dice Miriam—. Ya no tengo energía.

Nos despedimos. Ella se va a su casa. Yo tomo el camino al mío.

Ceno algo rápido. Enciendo la laptop. Subo mi currículum. Empiezo a enviar solicitudes.

Una. Dos. Tres.

Nova Media Group.

Lumen Comunicación.

Ardent Creative.

Atlas Corp.

No leo demasiado. Solo envío.

Cierro la computadora y me recuesto en la cama.

Pienso en Daniel.

En su silencio.

En su mirada.

En lo poco que dijo… y lo mucho que pesó.

No se parece al hombre de aquella noche.

Y eso, sin saber por qué, se queda conmigo.

Mi papá llegó esa noche como llegan siempre las visitas que no se quedan.

Con el saco aún puesto, el celular en la mano y la cabeza en otro lugar.

—¿Cómo estás? —me preguntó desde la puerta, sin mirarme del todo.

Bien.

Siempre bien.

Cenamos casi en silencio. Me habló de vuelos, de juntas, de un proyecto que no entendí y tampoco pregunté. Yo asentía, masticaba despacio, sentía el cansancio ajeno invadiendo la mesa. Cuando terminó, me besó la frente como cuando era niña.

—Mañana salgo temprano.

Asentí otra vez.

Lo escuché cerrar la puerta de su cuarto y supe que esa era toda su presencia. Completa. Exacta. Suficiente para él.

Subí a mi habitación con una presión rara en el pecho. No tristeza. No enojo. Algo más parecido a un nudo que no se ve. Me senté en la cama, abracé mis piernas y miré el celular sobre la mesa. Mañana.

Mi primera entrevista.

El cuerpo empezó a hablar antes que la cabeza.

Las manos frías.

El estómago tenso.

La respiración corta, como si ya estuviera llegando tarde a algo.

Me acosté, apagué la luz, pero el sueño no llegaba. Pensaba en qué decir, en cómo sentarme, en si debía sonreír más o menos. Pensaba en no equivocarme. Pensaba en todo lo que podía salir mal. Cada pensamiento me apretaba un poco más el pecho.

Respira, me dije.

Solo es una entrevista.

Pero el cuerpo no escucha razones.

Dormí a ratos. Despertares breves, sueños confusos, el corazón acelerado sin motivo aparente. Cuando sonó la alarma, ya estaba despierta.

Me levanté con esa sensación de estar fuera de mí. Como si estuviera entrando en un papel que no era del todo mío. Me bañé despacio. El agua caliente no logró aflojar la tensión. Frente al espejo, me vestí formal. Demasiado formal para mí. Blusa cerrada. Pantalón recto. Zapatos que casi nunca uso.

No me reconocí.

—Solo hoy —murmuré.

Me maquillé apenas. Lo justo para no parecer cansada. El cabello recogido, controlado, quieto. Como todo en mí en ese momento.

Agarré mis papeles. Las llaves. Cerré la puerta.

Y entonces, negro.

No fue un mareo común. Fue un apagón. Un vacío total. No pensé. No sentí. No existí. Me sostuve de la puerta sin saber cómo, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir.

Respiré.

Uno.

Dos.

Tres.

No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, quizá. El mundo regresó despacio. El pasillo. La luz. El sonido lejano de la calle.

—Estoy bien —me dije, aunque no estaba segura.

No quise entrar en pánico. No quise darle nombre. Me enderecé, respiré hondo y caminé.

El trayecto fue lento. Tráfico. Semáforos eternos. Yo había salido con tiempo, por miedo a llegar tarde. Miraba por la ventana tratando de calmarme. Las manos apretadas sobre el bolso.

Cuando llegué, el edificio me detuvo.

Grande. Imponente. Vidrios, mármol, líneas limpias. Todo olía a orden y a dinero. A cosas que no se equivocan.

Entré.

El silencio. El brillo. El aroma limpio. La recepción impecable.

—Buenos días —dije.

—Valeria —respondió la recepcionista, sonriendo—. La estaban esperando.

Eso me descolocó.

Me condujo por un pasillo amplio hasta una oficina. La chica de la entrevista fue amable. Demasiado. Me ofreció agua, me pidió que me sentara. Su voz era tranquila, cercana.

Las preguntas… simples.

Qué estudié.

Qué me gusta hacer.

Cómo fue mi experiencia en la universidad.

Nada de lo que había preparado. Nada difícil. Hablé sin pensar demasiado. Como si estuviera contando mi vida a alguien que ya la conocía.

Cuando terminó, miró el reloj.

—Perfecto. Puede pasar a trabajo social. Empieza mañana.

¿Mañana?

Asentí, confundida.

La trabajadora social fue distinta. Seria. Fría. Su mirada se detuvo en mí como si mi presencia le incomodara.

—Asistente de medios —dijo sin levantar la vista—. Horario de ocho a seis. Puntualidad. Normas básicas. Mañana inicia.

Eso fue todo.

Salí. Caminé recto. Con calma forzada. No fue hasta que crucé la puerta del edificio que el aire me faltó otra vez.

Tengo trabajo.

Me temblaron las piernas. Sonreí. Me llevé la mano al pecho. Llamé a Miriam.

—¿No tenías entrevista? —dijo al contestar.

—Ya salí.

—¿Cómo? ¿Tan rápido?

—Sí… y… me contrataron.

Gritó. Rió. Me dijo que siempre lo supo, que era obvio, que esto apenas empezaba. Yo la escuchaba con una mezcla de felicidad y extrañeza. Todo había sido demasiado fácil.

—Hay que celebrar —dijo.

Acepté.

Más tarde, en mi cuarto, me quité la ropa formal como quien se quita una piel ajena. Me vestí como yo. Me miré al espejo.

Esta sí soy.

La noche fue ruido, luces, música. Bailé. Reí. Bebí poco. Pensaba en el mañana, en el reloj, en no perder el control.

Volví a casa pasada la medianoche. Todo estaba en silencio. Subí despacio. Cerré la puerta de mi cuarto.

Y entonces, el cuerpo cobró la factura.

El aire no entraba.

El pecho se cerró.

La respiración se rompió en sonidos torpes, desesperados.

Me senté en el suelo. La espalda contra la cama. Los pulmones pidiendo auxilio.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo sé que, cuando todo se calmó, me quedé ahí, exhausta, temblando, con una certeza extraña latiéndome en el cuerpo.

Algo no estaba bien.

Y aun así, sonreí.

Mañana empezaba a trabajar.

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