Capítulo 6

Se levanta y, otra vez, ese gesto sencillo que no pasa desapercibido: se adelanta y me abre la puerta. No exagera, no lo hace para lucirse. Simplemente lo hace. Y ese detalle pequeño se me queda clavado más de lo que debería.

Salimos a la oficina general. Erik se detiene y alza un poco la voz, lo suficiente para que todas lo escuchen sin necesidad de gritar.

—Chicas, un momento, por favor.

Poco a poco se acercan. Dos secretarias que reconozco como su equipo directo y otras mujeres de distintas áreas. Me siento observada, medida, evaluada. Erik pone una mano ligera en el aire, marcando el ritmo de la presentación.

—Ella es Valeria —dice—. A partir de hoy va a estar trabajando con nosotros como mi asistente. Vamos a ser un equipo, así que cualquier cosa que necesiten, trabajaremos juntos.

Asiento, sonriendo con educación. Algunas responden con un “bienvenida”, otras solo inclinan la cabeza. Nada hostil, pero tampoco cálido. Neutral.

Luego Erik se vuelve hacia dos de ellas.

—Alicia, Mariana —las llama—. Valeria va a estar apoyándolas directamente. Si necesitan algo, pueden pedírselo.

Ambas asienten. Alicia, más seria. Mariana, con una sonrisa leve que no sé cómo interpretar.

—Perfecto —dice Erik—. Vamos a la oficina.

Las tres entramos. El ambiente cambia de inmediato. Aquí todo se siente más formal, más cargado de responsabilidad. Erik se apoya en su escritorio y empieza a dar indicaciones.

—Necesito el balance del último trimestre, la propuesta del negocio con el grupo Alvarado y los documentos del proyecto nuevo —enumera—. ¿Quién toma qué?

Alicia habla primero.

—Yo me encargo del negocio.

Mariana sigue.

—Yo reviso la propuesta.

Erik asiente y luego me mira directamente. Su mirada es firme, clara.

—Perfecto. Entonces tú ve por los documentos que están archivados en el piso siete.

—Está bien —respondo de inmediato.

—Los necesito lo antes posible —añade—. Son importantes.

—Sí, no se preocupe.

Alicia y Mariana salen primero. Yo me quedo un segundo más, parada, con la sensación incómoda de no saber exactamente qué hacer a continuación.

—Disculpe —digo—, ¿me podría indicar exactamente dónde están los documentos?

Erik sonríe apenas, como si entendiera perfectamente mi nerviosismo.

—Claro. En el piso siete, ala derecha. Pregunta con la secretaria del área administrativa. Dile que vienes de mi parte.

Asiento, memorizando cada palabra.

—Gracias.

—Y por favor —añade—, no te tardes.

—No lo haré.

Salgo de la oficina y me dirijo al ascensor. Aprieto el botón con más fuerza de la necesaria. El edificio tiene siete pisos, y mientras subo, siento cómo el aire se vuelve distinto. Más pesado. Más serio.

El piso siete es otro mundo. Aquí todo parece más elegante, más silencioso. Camino hasta la recepción y me acerco a la secretaria.

—Buenos días —digo—. Vengo por unos documentos. Me mandó el jefe Erik.

Ella revisa algo en su computadora, asiente y me pide que espere. Pasan unos minutos que se me hacen eternos. Miro el reloj. Pienso en no tardarme. En hacerlo bien. En no fallar el primer día.

Finalmente me entrega una carpeta gruesa.

—Aquí tienes.

—Muchas gracias.

Camino de regreso al ascensor con los papeles bien sujetos contra el pecho. Presiono el botón. El ascensor tarda. Demasiado. Respiro hondo y me acomodo el cabello detrás de la oreja.

Las puertas se abren.

Y lo veo.

Daniel.

Está ahí, dentro del ascensor, acompañado de Iván, su amigo. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. El corazón se me detiene un segundo. El mundo parece encogerse hasta ese espacio pequeño de metal y luces frías.

¿Qué hace aquí?

No tengo tiempo de pensar nada más.

Un dolor súbito me atraviesa la cabeza. Fuerte. Inesperado. Llevo la mano a la frente, tratando de sostenerme. Todo empieza a girar. El sonido se apaga. La luz se rompe en manchas.

Y entonces… nada.

El suelo viene hacia mí.

La oscuridad me traga por completo.

No sabe cuánto tiempo pasa.

Podrían ser segundos o minutos, pero cuando la conciencia vuelve, lo hace despacio, como si mi cuerpo se negara a regresar del todo. Hay un peso firme sosteniéndome, unos brazos que no dejan que caiga. Respiro hondo, con dificultad, y abro los ojos lentamente.

Lo primero que veo es su rostro.

Daniel.

Está muy cerca. Demasiado. Su expresión no es la misma de siempre. No hay ironía, ni distancia, ni ese aire despreocupado con el que lo vi aquella noche. Ahora se ve… genuinamente preocupado. Sus cejas fruncidas, la mandíbula tensa, los ojos atentos, como si cualquier movimiento mío pudiera alertarlo.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.

Tardo un segundo en responder. Mi garganta se siente seca, la cabeza me palpita.

—Sí… —digo, débil—. Estoy bien.

No suena convincente ni para mí.

A mi alrededor, las figuras empiezan a tomar forma. Veo a algunas secretarias observando desde cierta distancia, con curiosidad contenida. Iván está al lado de Daniel, sorprendido, sin decir nada. Daniel no me suelta.

—Tráele agua —le dice a alguien, sin apartar la vista de mí.

Enseguida una secretaria se mueve. Daniel vuelve a mirarme.

—¿Te mareaste? —pregunta—. ¿Te pasa seguido?

—No —respondo rápido, quizá demasiado—. No… nunca.

Miento. Y lo sé. Pero no quiero explicaciones, ni médicos, ni preguntas.

—Tenemos servicio médico aquí —interviene la secretaria cuando vuelve con el vaso—. Si quiere, podemos llevarla.

—No —digo, esta vez con más firmeza—. De verdad, estoy bien. Solo fue… un desmayo pequeño.

Daniel no parece convencido. Me da el vaso y me ayuda a incorporarme un poco más. Tomo apenas un trago. El agua fría me devuelve algo de claridad.

—Menos mal que estaba aquí —dice—. Si no, te hubieras golpeado fuerte.

—Sí… —respondo—. Qué coincidencia, ¿no?

Levanto la mirada hacia él. Hay algo extraño en la situación. Incómodo. Cercano.

—Antes no sabía nada de ti —digo, sin pensarlo demasiado—. No te conocía. Y desde aquella fiesta… ahora parece que te veo todos los días.

Daniel sonríe. No es una sonrisa grande. Es lenta. Segura. De esas que se quedan.

—Entonces ve acostumbrándote —dice—. Porque a partir de ahora nos vamos a ver más.

Parpadeo, confundida.

—¿Por qué?

—Porque esta es mi empresa.

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