Capítulo 2

No me aparto.

Eso debería decirme algo.

Nos besamos sin aviso.

No es lento.

No es torpe.

Es directo. Como si los dos hubiéramos llegado tarde a algo que ya estaba decidido.

Alguien se queja cerca. Una voz dice algo que no entiendo. Daniel se separa lo justo para mirarme y, sin soltarme, empuja una puerta detrás de nosotros.

Una voz protesta desde la habitación.

—Aquí no —dice alguien.

La luz está encendida. Daniel levanta la mirada. No dice nada. No sonríe.

Solo los observa.

El silencio cae de golpe. Las miradas se bajan. Nadie discute. Salen sin decir una palabra.

Daniel cierra la puerta.

La habitación queda en penumbra. El ruido de la fiesta se apaga detrás de la madera. El contraste me marea un poco.

Su cuerpo vuelve a acercarse. Demasiado cerca. El aire se vuelve espeso.

Me besa otra vez.

Y entonces mi mente despierta.

¿Qué está pasando?

La pregunta cruza mi cabeza como un destello. No es culpa. No es miedo. Es sorpresa. La conciencia llegando tarde.

No se supone que esto…

No aquí.

No así.

Pero no termino el pensamiento.

Sus manos me anclan. Mi espalda toca algo blando. Una cama. El mundo se reduce al peso de su cuerpo, a su respiración contra mi cuello, a esa presión intensa que me obliga a sentirlo todo.

Mi mente intenta seguir.

Falla.

Se apaga.

No de golpe.

Se va apagando por partes.

Primero los pensamientos.

Luego las dudas.

Luego el tiempo.

Solo queda el cuerpo. El movimiento. Esa sensación punzante y profunda que me arranca el aire y me devuelve a mí misma de una forma brutal.

Todo se vuelve fragmentos: respiraciones, roces, el colchón bajo mi espalda, su peso, el ritmo que me arrastra.

Hay un momento en que intento pensar y no puedo. Como si alguien apagara una luz dentro de mí.

Después, solo queda el presente.

Su respiración mezclada con la mía.

El silencio espeso.

El latido desordenado bajo mi piel.

Estoy ahí.

Con él.

Despierta.

Al dia siguiente, despierto con la sensación de que alguien me está golpeando la cabeza desde dentro.

No es literal, pero se siente igual.

Abro los ojos apenas y la luz me atraviesa como un castigo. Parpadeo. Los vuelvo a cerrar. Resoplo. Me llevo una mano a la frente, presionando, como si así pudiera acomodar lo que se desordenó durante la noche.

No estoy en mi cama.

Eso lo entiendo antes incluso de recordar mi nombre.

El colchón es demasiado firme. Las sábanas no huelen a mí. No hay rastro de detergente familiar, ni de casa. El aire es distinto. Limpio. Ajeno.

Me incorporo despacio y el mundo se inclina apenas hacia un lado.

—Joder… —murmuro.

Estoy vestida.

Eso me tranquiliza más de lo que me gusta admitir.

Traigo la camiseta de anoche, arrugada, y unos shorts que no recuerdo haberme puesto. Mis tenis están en el suelo, alineados con demasiada precisión. Alguien se tomó el tiempo.

Paso la mirada por la habitación. Es grande. Demasiado ordenada para una fiesta. Colores neutros, líneas limpias, una ventana enorme que deja entrar la mañana sin pedir permiso.

Entonces llegan los recuerdos.

No completos. Nunca lo hacen.

La música.

Un pasillo.

Una puerta cerrándose.

El peso de un cuerpo.

Respiración cerca.

Demasiado cerca.

Mi pecho se aprieta apenas.

Me paso la mano por el cabello. Está enredado, como si hubiera peleado con algo. Mi boca sabe amarga. Tengo sed. Mucha.

Las piernas me pesan cuando me levanto. No dolor. Cansancio. Ese tipo de cansancio profundo que no se quita con dormir, como si el cuerpo hubiera hecho más de lo que la mente recuerda.

Camino hacia la puerta con cuidado.

Justo cuando la abro, alguien pasa frente a mí.

—Perdón —dice una voz masculina, deteniéndose en seco—. No quería despertarte.

Levanto la vista.

Toalla a la cintura, dejando ver su torso definido y perfecto. Cabello húmedo. Gotas de agua resbalando por el cuello. La piel aún tibia por la ducha.

Daniel.

Parpadeo un par de veces, como si así fuera a ordenar los fragmentos.

—Ah… —murmuro—. Todo bien.

Él sonríe apenas. Tranquilo. Cómodo. Como alguien que recuerda exactamente lo que pasó… y no necesita explicarlo.

—¿Te duele la cabeza? —pregunta.

—Un poco.

Asiente y se aleja sin decir nada más.

Me quedo apoyada en el marco de la puerta, respirando lento. No siento vergüenza. No siento urgencia. Solo esa presión extraña en el pecho, como si algo no hubiera terminado de acomodarse.

Daniel regresa con un vaso grande de agua. Me lo extiende.

Nuestros dedos se rozan al tomarlo.

Un segundo.

Demasiado consciente.

No pasa nada extraordinario. No hay chispas. No hay electricidad. Solo contacto. Y aun así, mi cuerpo lo registra.

—Gracias —digo.

—No hay de qué.

Bebo despacio. El agua baja como un alivio. El silencio se instala entre nosotros. No pesa. No incomoda. Eso lo hace más extraño.

—Si necesitas irte… —empieza.

—Sí —respondo antes de que termine—. Ya me voy.

No hay reproches. No hay preguntas. No hay promesas.

—Ok —dice—. Tómate tu tiempo.

Asiento. Regreso por mis cosas. Cuando vuelvo, él ya está vestido. Jeans, camiseta oscura. Nada fuera de lugar. Demasiado normal para lo que mi cuerpo todavía recuerda.

—Cuídate, Valeria.

Me sorprende que diga mi nombre.

—Tú también.

Salgo sin mirar atrás.

En la calle, el aire de la mañana me golpea de lleno en la cara. El sol está demasiado brillante. Todo parece demasiado despierto.

Camino unos pasos sin rumbo. Me paso una mano por la cara. Resoplo.

No pienso en Daniel.

O eso intento.

Mi cuerpo no coopera.

Las piernas siguen pesadas. Hay una presión suave en la cabeza, una tensión baja en el abdomen, esa sensación incómoda de haber dormido poco y mal. De haber hecho algo que no planeé… pero que tampoco lamento.

Reviso el celular.

Ningún mensaje de mi padre.

Me tranquiliza.

Escribo rápido.

Estoy bien, papá. Me quedé a dormir con Miriam.

Enviar.

Guardo el teléfono antes de darle demasiadas vueltas. No se siente como una mentira. Solo como una versión más sencilla de la verdad.

En la parada del camión me apoyo en el poste y cierro los ojos un segundo. Respiro hondo.

No siento culpa.

No siento vergüenza.

Y eso debería ser suficiente.

El camión llega. Subo. Me dejo llevar.

La ciudad sigue moviéndose como siempre, como si nada hubiera pasado anoche.

Como si yo tampoco hubiera cambiado.

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