Mundo ficciónIniciar sesión"¿Creíste que me dejarías en la calle y yo simplemente desaparecería? No conoces a los Miller... y claramente, no conoces a tu hermano." Durante dos años, Isabella Black fue la esposa perfecta para Max Miller, el gélido CEO de las industrias Miller. Ella soportó su frialdad creyendo en un amor que resultó ser una farsa. En su segundo aniversario, la brutalidad de Max alcanza su límite: le entrega los papeles del divorcio y una fría compensación económica. ¿La razón? Briana, la mejor amiga de Isabella, espera un hijo suyo. Max no permitirá que su heredero sea un bastardo, dejando a Isabella rota y con un secreto ardiendo en sus entrañas: ella también está embarazada. Sin nada que perder y con un hijo que proteger, Isabella decide no huir, sino contraatacar. Hace un pacto con el único hombre al que Max teme, el hombre que vive en las sombras del imperio familiar: Gabriel Miller, la oveja negra y líder de la mafia local. Dos meses después, el shock paraliza la ciudad. En una fastuosa boda doble, Max se prepara para oficializar su unión con Briana. Pero cuando Gabriel levanta el velo de su misteriosa novia, el mundo de Max se desmorona. Frente a él está su exesposa, ahora convertida en su cuñada. La guerra está declarada. Mientras Max intenta reclamar lo que cree que le pertenece, Gabriel deja claro que Isabella es territorio prohibido. Entre sábanas de seda y peligros reales, la química entre el mafioso y la mujer traicionada explota, revelando que Gabriel no la eligió por azar. Él la ha deseado en secreto desde el primer día, y ahora que la tiene, no permitirá que Max ponga un pie cerca de ella... ni del hijo que Gabriel está decidido a reclamar como suyo.
Leer másEl aroma a gardenias frescas inundaba el ático de los Miller. Isabella había pasado la tarde preparando la cena de su segundo aniversario: el vino exacto que a Max le gustaba, el vestido de seda roja que él alguna vez elogió. Todo estaba listo para celebrar el amor, o al menos, el simulacro de amor que ella creía tener.
Cuando la puerta principal se abrió, el sonido de los pasos de Max no traía la calidez del esposo que regresa a casa, sino la pesadez de una sentencia judicial.
—Llegas temprano —dijo Isabella con una sonrisa que se congeló al ver el rostro de su marido.
Max no se quitó el saco. Ni siquiera la miró a los ojos. Caminó directo a la mesa de mármol y arrojó un sobre grueso sobre el mantel impecable.
—Fírmalos, Isabella. No hagamos esto más difícil de lo que ya es.
Isabella sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Se acercó lentamente, rozando el sobre con las yemas de los dedos.
—¿Qué es esto, Max? Es nuestro aniversario.
—Es el final —respondió él, su voz era un témpano de hielo—. Quiero el divorcio. He adjuntado una compensación económica generosa por estos dos años. Es más de lo que podrías ganar en diez vidas. Tómalo como un agradecimiento por... los servicios prestados.
Isabella soltó una risa seca, carente de alegría.
—¿Servicios prestados? Soy tu esposa, Max. No una empleada. ¿A qué viene esto de repente?
Max finalmente levantó la vista, pero no había rastro de culpa en ella. Solo una impaciencia cruel.
—Briana está embarazada.
El mundo de Isabella se detuvo. El nombre de su mejor amiga golpeó sus oídos como un disparo.
—¿Briana? —susurró.
—Ella espera un hijo mío —continuó Max, ajustándose los puños de la camisa con una indiferencia que quemaba—. No voy a permitir que mi primogénito nazca fuera del matrimonio. No dejaré que sea un bastardo. Ella necesita mi apellido, mi protección... y tú ya no tienes lugar en esta casa.
Isabella instintivamente llevó su mano a su vientre, aún plano, donde un secreto latía con fuerza. Nuestro hijo también merece un apellido, Max, pensó, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Miró al hombre frente a ella y, por primera vez, no vio al hombre del que se enamoró, sino a un extraño despreciable.
—Entiendo —dijo ella, con una calma que pareció sorprenderlo—. No te preocupes por la compensación. No quiero tu dinero manchado de traición. Me iré ahora mismo.
—Isabella, no seas dramática. Es una fortuna...
—Quédatela —lo cortó ella, dándose la vuelta—. Úsala para comprarle una conciencia a Briana. Yo no me llevo nada de aquí que no me pertenezca.
Subió las escaleras sin mirar atrás. En menos de diez minutos, Isabella salió de la mansión con nada más que su bolso y su teléfono. No derramó una sola lágrima frente a él. Al cruzar el umbral, la lluvia de la ciudad comenzó a caer, empapando su vestido de seda roja.
Caminó hasta la esquina, donde las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos como oro sucio. Sacó su teléfono y marcó un número que juró nunca usar. Un número que Max le había prohibido estrictamente tener en su agenda.
El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz profunda, ronca y cargada de una autoridad peligrosa respondiera.
—¿Hola?
—Soy yo —dijo Isabella, su voz firme a pesar del frío—. Max acaba de echarme. Se va a casar con Briana.
Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. Podía escuchar el sonido de un encendedor de metal abriéndose y cerrándose.
—¿Y qué esperas que haga yo, Isabella? Sabes que mi relación con mi hermano no es... cordial.
—Dijiste que si alguna vez necesitaba desaparecer o volver a nacer, te buscara —respondió ella, mirando hacia la silueta de la mansión Miller que dejaba atrás—. Necesito protección. No solo para mí. Estoy embarazada, y Max no puede saberlo. Nunca.
Se escuchó una risa baja y oscura al otro lado del teléfono, una que le erizó la piel.
—Vaya, vaya... Así que el "Rey de los Negocios" cometió el error más grande de su vida. Ven al punto de encuentro de siempre. Te enviaré un coche en cinco minutos.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella antes de colgar.
—Porque Max siempre se queda con lo que cree que merece —respondió el hombre con un tono depredador—, pero yo siempre me quedo con lo que realmente vale la pena. Prepárate, Isabella. A partir de hoy, dejas de ser una víctima para convertirte en mi reina.
Isabella colgó. El coche negro de cristales tintados dobló la esquina segundos después. Ella subió sin mirar atrás, sabiendo que acababa de entrar en la guarida de un lobo para escapar de un perro, pero esta vez, ella sería quien enseñara los colmillos.
La Catedral de Ciudad Rómulo estaba a reventar. La crema y nata de la sociedad esperaba el evento del año: la boda doble de los herederos Miller. Max estaba en el altar, ajustándose la corbata por décima vez, con una sonrisa de suficiencia que no le cabía en el rostro. A su lado, Gabriel permanecía impasible, como una estatua de granito, con las manos cruzadas al frente y una mirada gélida que no revelaba absolutamente nada.Elena Miller, vestida de un azul soberbio, se acercó a sus hijos antes de que empezara la marcha nupcial. Suspiró con pesadumbre mientras miraba a Max.—Sigo pensando que esto es un error, Max —susurró Elena—. Es una lástima que no sepamos nada de Isabella. Me duele que no haya venido, al menos para ver a Gabriel sentar cabeza. Ella siempre le tuvo un cariño especial... aunque tú nunca te dieras cuenta.Max soltó una risa seca, llena de arrogancia.—Madre, por favor. Isabella estará en algún rincón oscuro gastándose el dinero que le di y lamentándose por haberme p
El silencio de la medianoche en la mansión de Gabriel fue destrozado por un grito que habría despertado a los muertos.Gabriel, que estaba en su estudio repasando los informes de seguridad de la frontera, saltó de su asiento derribando el vaso de cristal. En tres zancadas cruzó el pasillo, con la mano instintivamente buscando el arma en su cinturón.—¡Isabella! —rugió, pateando la puerta del baño de la suite principal—. ¡¿Qué pasa?! ¿Alguien entró? ¿Estás herida?Se detuvo en seco. El espectáculo frente a él no era lo que esperaba. Isabella estaba subida a la tapa del inodoro, señalando con un dedo tembloroso hacia la esquina de la ducha, con los ojos abiertos como platos.—¡Mátalo! ¡Gabriel, mátalo ahora mismo! —gritó ella, perdiendo toda su compostura de mujer fatal.Gabriel bajó el arma, confundido. Miró hacia donde ella señalaba. Allí, moviendo sus antenas con una parsimonia insultante, había un grillo negro de campo.—¿Un grillo? —Gabriel guardó la pistola y se frotó las sienes—.
La mansión principal de los Miller olía a historia y a decepción. En el gran salón, bajo el retrato al óleo del patriarca, la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Max estaba de pie, con la mandíbula apretada, mientras su madre, la implacable Elena Miller, caminaba de un lado a otro con una elegancia que ocultaba su furia.—Eres un insensato, Max —sentenció Elena, golpeando su bastón contra la alfombra persa—. Isabella es una mujer de clase, una esposa que te dio estabilidad. ¿Y me dices que la echas por... esa muchacha, Briana?—Madre, Briana está esperando a mi heredero —respondió Max, tratando de mantener la compostura—. No voy a permitir que un Miller crezca en las sombras. Isabella aceptó el divorcio. Le di una compensación más que generosa.Su padre, el viejo Arthur Miller, soltó un gruñido desde su sillón de cuero.—El dinero no compra la decencia, hijo. Espero que al menos hayas sido lo suficientemente hombre para dejarle lo suficiente para que pueda ser libre, lejos de t
Gabriel se sirvió otro whisky, pero esta vez no se sentó. Se quedó de pie, observando cómo Isabella intentaba secarse el cabello con una toalla que Lucas le había traído. El silencio en el despacho era espeso, cargado de verdades a medio decir.—Si vamos a hacer esto, Gabriel, hay reglas —soltó Isabella, dejando la toalla a un lado y mirándolo con esa altivez que siempre lo volvía loco—. Reglas reales. No tus juegos de mafioso.Gabriel soltó una carcajada ronca, dejando el vaso sobre la mesa.—¿Reglas? Isabella, estás en mi casa, pidiendo mi protección y usando mi apellido para vengarte de mi hermano. Yo pongo las reglas.—No en lo que a mí respecta —lo interrumpió ella, dando un paso firme hacia él—. Regla número uno: a partir de hoy, se acabaron las mujeres. No quiero ver modelos entrando por esa puerta trasera, ni escuchar chismes de tus amantes en las revistas. Si soy tu esposa ante el mundo, vas a respetarme. Te conozco, Gabriel. Sé que tienes una lista de espera más larga que la
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