Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión principal de los Miller olía a historia y a decepción. En el gran salón, bajo el retrato al óleo del patriarca, la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Max estaba de pie, con la mandíbula apretada, mientras su madre, la implacable Elena Miller, caminaba de un lado a otro con una elegancia que ocultaba su furia.
—Eres un insensato, Max —sentenció Elena, golpeando su bastón contra la alfombra persa—. Isabella es una mujer de clase, una esposa que te dio estabilidad. ¿Y me dices que la echas por... esa muchacha, Briana?
—Madre, Briana está esperando a mi heredero —respondió Max, tratando de mantener la compostura—. No voy a permitir que un Miller crezca en las sombras. Isabella aceptó el divorcio. Le di una compensación más que generosa.
Su padre, el viejo Arthur Miller, soltó un gruñido desde su sillón de cuero.
—El dinero no compra la decencia, hijo. Espero que al menos hayas sido lo suficientemente hombre para dejarle lo suficiente para que pueda ser libre, lejos de tu desastre. Porque después de lo que le hiciste, dudo que quiera volver a ver tu apellido ni en las noticias.
—Ella no se llevó nada, padre —dijo Max con un deje de frustración—. Se fue con lo puesto. Es orgullosa, ya se le pasará cuando necesite pagar las cuentas.
En ese momento, la pesada puerta doble se abrió de par en par. Gabriel Miller entró con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre, con una sonrisa ladeada que siempre lograba irritar a Max.
—Vaya, qué reunión familiar tan encantadora —dijo Gabriel, su voz resonando en las paredes—. ¿Estamos hablando de herederos o de lo poco que vale la palabra de un CEO?
—Gabriel —dijo Elena, y por primera vez en la tarde, sus ojos se iluminaron—. Has venido.
—No me perdería el espectáculo por nada del mundo, madre —Gabriel se acercó y besó la mano de Elena, ignorando por completo la mirada asesina de Max—. Pero en realidad, vengo a darles una noticia. He decidido que ya es hora de que la oveja negra de la familia siente cabeza. Me voy a casar.
El silencio fue absoluto. Arthur se incorporó en su asiento y Elena ahogó un grito de alegría, llevándose las manos al pecho.
—¿Casarte? ¿Tú? —Max soltó una carcajada incrédula—. ¿Con quién? ¿Con alguna de tus socias del bajo mundo? ¿O con la última modelo que encontraste en un casino?
Gabriel se volvió hacia su hermano, sus ojos oscuros brillando con una diversión peligrosa.
—Con una mujer que vale diez veces más que cualquier cosa que tú hayas tenido, Max. Es inteligente, hermosa y tiene un fuego que tú nunca sabrías manejar.
—¡Oh, Gabriel! —exclamó Elena, abrazando a su hijo menor—. No sabes cuánto tiempo he rezado por esto. Que por fin encuentres a alguien que te dé paz.
—Paz no es precisamente lo que ella me da, madre —murmuró Gabriel con una media sonrisa, pensando en Isabella escondiéndose detrás de Lucas—, pero es exactamente lo que necesito. De hecho, tengo una propuesta. Dado que Max tiene tanta prisa por oficializar su... situación con Briana, ¿por qué no hacemos una boda doble?
Max se tensó visiblemente.
—¿Una boda doble? Ni hablar. No quiero que tus asuntos turbios manchen mi evento.
—¿Asuntos turbios? —Gabriel dio un paso hacia Max, bajando la voz—. Soy un Miller tanto como tú. Y madre, ¿no sería maravilloso? Los dos hermanos Miller casándose el mismo día. Uniría a la familia ante la prensa, ¿no crees?
Elena miró a Arthur, quien asintió lentamente. A pesar de que no apoyaban la decisión de Max con Briana, la idea de que Gabriel finalmente se casara era un milagro que no pensaban desperdiciar.
—Me parece una idea espléndida —declaró Elena con firmeza, mirando a Max de forma que no admitía réplica—. Se hará así. Una boda doble en la propiedad de la familia. Si Max va a traer a esa mujer a nuestro círculo, al menos que la celebración tenga el peso de la boda de Gabriel.
—Madre, esto es ridículo... —empezó Max.
—Lo que es ridículo es tu falta de lealtad, Max —lo cortó su padre—. Si Gabriel quiere compartir el día, lo compartirá. Al menos él parece estar emocionado por su novia, a diferencia de ti, que pareces estar cerrando un contrato de logística.
Gabriel se dio la vuelta, ocultando la satisfacción en su rostro. Se detuvo en la puerta y miró a Max por encima del hombro.
—Prepárate, hermano. Va a ser una boda que nadie en esta ciudad olvidará jamás. Especialmente tú.
Salió de la mansión con paso firme, sacando su teléfono para marcar a Lucas.
—Dile a la "reina" que el escenario está listo. Los padres están de nuestro lado. Ahora solo falta que el vestido sea lo suficientemente rojo como para que a Max se le detenga el corazón cuando le levante el velo.







