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Capítulo 10: Veneno en el café y la gran revelación

 

El comedor de la mansión Miller era una pieza de museo: techos altos, platería reluciente y un silencio tan tenso que parecía que el aire se iba a quebrar en cualquier momento. Elena y Arthur presidían la mesa. A un costado, Max removía su café con una furia contenida, mientras Briana, sentada a su lado, intentaba —sin éxito— parecer la nueva señora de la casa.

Los pasos de Gabriel e Isabella resonaron en el mármol antes de que ellos aparecieran. Isabella vestía un conjunto de satén verde esmeralda que resaltaba su palidez aristocrática, mientras que Gabriel, con la marca de la bofetada apenas disimulada por su barba de tres días, mantenía su mano firmemente apoyada en la base de la espalda de ella.

—Buenos días a todos —dijo Gabriel, su voz profunda rompiendo el silencio como un mazo—. Siento el retraso. Mi esposa necesitaba un poco más de tiempo para... descansar.

Max apretó tanto la cuchara que sus nudillos se pusieron blancos. Elena, tratando de suavizar el ambiente, hizo un gesto hacia las sillas vacías.

—Siéntense, por favor. Estábamos esperándolos para empezar. Isabella, querida, te ves hermosa, aunque un poco cansada. ¿Dormiste bien?

Isabella se sentó con elegancia, evitando mirar a Max a los ojos. Antes de que pudiera responder, Gabriel se inclinó hacia ella y le apartó un mechón de cabello con una ternura que rayaba en la provocación.

—¿Qué quieres desayunar, nena? —le susurró Gabriel.

El uso de ese apodo, el nombre que él le daba cuando eran adolescentes en el lago, golpeó a Isabella como una descarga eléctrica. Ella lo miró con sorpresa, pero él solo le guiñó un ojo, una promesa silenciosa de que la farsa era ahora su realidad.

—Lo de siempre, Gabriel. Gracias —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.

—¿Nena? —Max soltó una carcajada seca y cargada de desprecio—. ¿Desde cuándo usas apelativos tan vulgares, Gabriel? Isabella siempre prefirió la sofisticación, no los modismos de un delincuente de poca monta.

—A Isabella le gusta que la llamen por lo que es: mía —replicó Gabriel sin siquiera mirarlo, mientras se servía un poco de jugo—. Y "nena" es un nombre que tiene mucha más historia de la que tú podrías comprender en tu limitada vida de oficina, Max.

Fue entonces cuando Briana, que se sentía invisible ante la atención que Isabella recibía, decidió soltar el veneno que llevaba guardado desde la noche anterior. Se aclaró la garganta, ajustándose el anillo de compromiso que Max le había dado —uno mucho más pequeño que el que ahora lucía Isabella—.

—Es curioso, ¿verdad? —dijo Briana, con una sonrisa fingida—. Toda esta demostración de amor eterno. Me pregunto, Isabella... ¿quién de los dos es mejor en la cama? Porque, seamos sinceras, en menos de tres meses has pasado de la cama de un hermano a la del otro. Debes tener una técnica increíble para que Gabriel haya corrido a casarse contigo tan rápido después de que Max te desechara.

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Arthur Miller dejó caer su servilleta, horrorizado por la falta de clase de su nueva nuera. Elena cerró los ojos, avergonzada.

Isabella sintió que la sangre se le congelaba. Miró a Briana, la mujer que solía llamar su mejor amiga, y no sintió rabia, sino un asco profundo. Estaba a punto de responder, de recordarle a Briana que ella solo estaba allí porque Max necesitaba un útero, cuando un súbito mareo la golpeó. El aroma del salmón ahumado en la mesa de repente le pareció insoportable.

Se llevó una mano a la boca, palideciendo visiblemente. El mundo empezó a dar vueltas.

—¿Isabella? —Elena se inclinó hacia adelante, preocupada—. ¿Qué te pasa, hija? Estás blanca como el papel. ¿Es el calor? ¿Te sientes mal?

Isabella no pudo responder. Se apartó de la mesa con rapidez, sintiendo que el contenido de su estómago amenazaba con salir. Gabriel reaccionó al instante, poniéndose de pie y rodeando sus hombros con una fuerza protectora.

—¿Es el pescado, nena? —le preguntó él, su voz llena de una preocupación genuina que descolocó a todos—. Lucas, trae un vaso de agua con limón. ¡Ahora!

Max miraba la escena con una mezcla de sospecha y celos.

—¿Qué le pasa? —preguntó Max, su voz cargada de una ironía cruel—. ¿Tan pronto te da asco estar con mi hermano, Isabella? ¿O es que la culpa por tu traición familiar te está revolviendo el estómago?

Gabriel esperó a que Isabella recuperara un poco el aliento, manteniéndola pegada a su costado. Luego, levantó la vista hacia su hermano, y esta vez, no había sarcasmo en sus ojos. Había una victoria absoluta.

—No es culpa, Max. Y ciertamente no es asco —dijo Gabriel, su voz resonando con autoridad en todo el comedor—. Madre, padre... Max no es el único que ha estado ocupado asegurando el legado de los Miller.

Elena abrió mucho los ojos, llevándose las manos a la boca. Arthur se enderezó en su silla, mirando a Isabella con una nueva luz en los ojos.

—Gabriel... ¿qué estás diciendo? —preguntó Elena en un susurro.

Gabriel bajó la mano y la colocó sobre el vientre de Isabella, justo encima de donde sus manos se habían encontrado esa mañana. Miró directamente a Max, quien parecía estar a punto de sufrir un colapso.

—Digo que yo también voy a ser padre —anunció Gabriel—. Isabella está embarazada. Y este niño, a diferencia del que Briana lleva, no tendrá que preguntarse quién es su padre. Nacerá bajo mi nombre, bajo mi protección, y será el heredero de todo lo que yo he construido.

La cara de Max pasó del blanco al rojo en segundos.

—¡Eso es imposible! —gritó Max, levantándose de la silla con tanta violencia que la volcó—. ¡Nosotros estuvimos casados dos años y ella nunca quedó embarazada! ¡Ese hijo no puede ser tuyo, Gabriel! ¡Ella se fue de mi casa hace apenas dos meses!

—Tal vez el problema no era ella, Max. Tal vez el problema siempre fuiste tú —replicó Gabriel con una frialdad que congeló los gritos de su hermano—. Mientras tú estabas ocupado con Briana, yo estaba ocupado recordando lo que era amar de verdad. Isabella y yo tenemos una historia que tú nunca pudiste borrar. Este hijo es el resultado de un fuego que tú nunca pudiste encender.

Max se lanzó hacia la mesa, pero Lucas, que acababa de entrar con el agua, se interpuso entre los hermanos con la calma de una montaña.

—Cálmate, Max —dijo Arthur Miller con una voz que no aceptaba réplicas—. Siéntate. Ahora.

—¡Padre, no puedes creerle! —exclamó Briana, desesperada—. ¡Ella solo está fingiendo para asegurar su posición! ¡Es una calculadora!

—¡Silencio, Briana! —le gritó Elena—. Has insultado a Isabella en mi mesa y has demostrado que no tienes la clase necesaria para llevar este apellido. Isabella está bajo mi protección ahora, y si Gabriel dice que es su hijo, lo celebraremos como se merece.

Gabriel miró a su madre y asintió levemente. Luego, se volvió hacia Isabella, que seguía temblando ligeramente.

—Vámonos, nena. El aire aquí está contaminado con envidia y mediocridad —le susurró al oído—. Tenemos un médico que visitar y una vida que empezar, lejos de estos buitres.

Isabella caminó hacia la salida, sintiendo el peso de la mirada de Max en su espalda, una mirada llena de odio, pero también de una duda que lo perseguiría por el resto de su vida. Al pasar al lado de Briana, Isabella se detuvo un segundo.

—Por cierto, Briana —dijo Isabella con una voz gélida—, preguntaste quién era mejor en la cama. La respuesta es simple: el hombre que no necesita engañar para sentirse poderoso. Disfruta las sobras de Max. Yo me quedo con el hombre que se quedó con todo.

Gabriel soltó una risa triunfal y la sacó del comedor. Max se desplomó en su silla, mirando el plato vacío de Isabella como si fuera el símbolo de todo lo que había perdido. En ese momento, en la mente de Max, empezó a germinar una sospecha: las fechas no cuadraban. Pero el miedo a la verdad era más grande que su deseo de saber.

Afuera, en el pasillo, Gabriel detuvo a Isabella contra la pared.

—Estuviste increíble, nena —le dijo, besándole la sien—. Pero la próxima vez que menciones lo que pasó en el lago frente a ellos, tendré que recordarte por qué sigo siendo el dueño de tus mejores recuerdos.

—No lo hice por ti, Gabriel —respondió ella, aunque no se apartó de su abrazo—. Lo hice por nuestro hijo.

—Nuestro hijo —repitió Gabriel, y por primera vez, Isabella vio un rastro de vulnerabilidad en el mafioso—. Me gusta cómo suena eso. Ahora, prepárate. Porque Max no se va a quedar quieto, y yo voy a tener que quemar la ciudad para mantenerlos a salvo.

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