La mansión principal de los Miller olía a historia y a decepción. En el gran salón, bajo el retrato al óleo del patriarca, la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Max estaba de pie, con la mandíbula apretada, mientras su madre, la implacable Elena Miller, caminaba de un lado a otro con una elegancia que ocultaba su furia.—Eres un insensato, Max —sentenció Elena, golpeando su bastón contra la alfombra persa—. Isabella es una mujer de clase, una esposa que te dio estabilidad. ¿Y me dices que la echas por... esa muchacha, Briana?—Madre, Briana está esperando a mi heredero —respondió Max, tratando de mantener la compostura—. No voy a permitir que un Miller crezca en las sombras. Isabella aceptó el divorcio. Le di una compensación más que generosa.Su padre, el viejo Arthur Miller, soltó un gruñido desde su sillón de cuero.—El dinero no compra la decencia, hijo. Espero que al menos hayas sido lo suficientemente hombre para dejarle lo suficiente para que pueda ser libre, lejos de t
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