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Capítulo 5: Camisas prestadas y visitantes inesperados

 

El silencio de la medianoche en la mansión de Gabriel fue destrozado por un grito que habría despertado a los muertos.

Gabriel, que estaba en su estudio repasando los informes de seguridad de la frontera, saltó de su asiento derribando el vaso de cristal. En tres zancadas cruzó el pasillo, con la mano instintivamente buscando el arma en su cinturón.

—¡Isabella! —rugió, pateando la puerta del baño de la suite principal—. ¡¿Qué pasa?! ¿Alguien entró? ¿Estás herida?

Se detuvo en seco. El espectáculo frente a él no era lo que esperaba. Isabella estaba subida a la tapa del inodoro, señalando con un dedo tembloroso hacia la esquina de la ducha, con los ojos abiertos como platos.

—¡Mátalo! ¡Gabriel, mátalo ahora mismo! —gritó ella, perdiendo toda su compostura de mujer fatal.

Gabriel bajó el arma, confundido. Miró hacia donde ella señalaba. Allí, moviendo sus antenas con una parsimonia insultante, había un grillo negro de campo.

—¿Un grillo? —Gabriel guardó la pistola y se frotó las sienes—. ¿Me hiciste correr como si estuviéramos bajo un ataque de la mafia rusa por un insecto que pesa menos que un clip?

—¡Es enorme! ¡Míralo, me está juzgando con la mirada! ¡Sácalo de aquí! —Isabella dio un salto desde el inodoro directamente hacia los brazos de Gabriel.

Él la atrapó por puro instinto, rodeando sus muslos con firmeza. Fue en ese momento cuando el cerebro de Gabriel registró algo que lo dejó sin aliento. Isabella no llevaba puesto el pijama de seda que él le había comprado. Llevaba una de sus camisas de algodón blanco, una que le llegaba a la mitad del muslo y que dejaba al descubierto sus piernas largas y la curva de sus caderas.

—Isabella... —la voz de Gabriel se volvió una octava más profunda—. ¿Esa es mi camisa de la suerte?

Ella, aún aferrada a su cuello y mirando de reojo al grillo, asintió sin soltarlo.

—La seda me daba frío. Tu camisa es cómoda, huele a madera y es lo suficientemente grande como para que el bebé y yo no nos sintamos apretados. ¿Vas a echarme por usar tu ropa o vas a sacar al monstruo del baño?

Gabriel soltó una risa ronca, pero no la bajó. La sostuvo con un brazo mientras que con la otra mano agarró un vaso de plástico, atrapó al insecto y lo lanzó por la ventana con una puntería quirúrgica.

—Listo. El "monstruo" ha sido exiliado —dijo él, volviendo su atención a la mujer que tenía en brazos. La tensión en la habitación cambió de repente. El humor se evaporó, reemplazado por un calor eléctrico—. Ahora, hablemos de esta camisa. Te queda mejor a ti que a mí, y eso hiere mi orgullo, Miller.

—Todavía no soy Miller, Gabriel. Técnicamente sigo siendo una mujer libre por unas semanas más —respondió ella, tratando de recuperar su tono desafiante, aunque su respiración se había vuelto errática al sentir la piel de Gabriel contra la suya.

—Libre, pero bajo mi techo. Usando mi ropa. Llevando mi protección —Gabriel caminó hacia la cama y la depositó suavemente sobre las sábanas, pero no se alejó. Se inclinó sobre ella, apoyando los brazos a ambos lados de su cuerpo—. Te conozco bien, Isabella. Sé que usas mi ropa porque te hace sentir segura, aunque prefieras morir antes que admitirlo.

—Eres un engreído, Gabriel. No te hagas ilusiones —ella intentó empujarlo, pero él era una roca—. Solo es tela.

—No es solo tela. Es territorio —él se acercó a su cuello, allí donde el pulso de Isabella latía con fuerza. Rozó la piel con la punta de su nariz, inhalando el aroma de su champú mezclado con el suyo—. Huele a ti.

Gabriel depositó un beso lento, ardiente, justo en la base de su cuello. Isabella cerró los ojos y soltó un suspiro traicionero que llenó la habitación. La mano de Gabriel subió por su pierna, rozando el dobladillo de la camisa, deteniéndose justo donde empezaba la tentación.

Isabella, recobrando el juicio a duras penas, le puso una mano en el pecho.

—Gabriel... las reglas. Dijimos que esto era un trato.

Él levantó la vista, sus ojos oscuros devorándola, llenos de esa obsesión que había cultivado durante años. Se apartó de mala gana, dándose cuenta de que si seguía un segundo más, no habría vuelta atrás.

—Tienes razón. Mañana es un día largo. El sastre vendrá temprano y no quiero que tengas ojeras —dijo él, recuperando su máscara de control—. Duerme, Isabella. Y quédate con la camisa. Me gusta saber que estás envuelta en algo mío mientras sueñas.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Y por amor de Dios... si ves otro grillo, llama a Lucas. Mi corazón no va a aguantar otro susto así creyendo que te están secuestrando.

—¡Vete ya, bruto! —le lanzó ella una almohada, que él atrapó en el aire con una sonrisa triunfante antes de cerrar la puerta.

Isabella se hundió en las almohadas, apretando la camisa contra su pecho. Odiaba que él tuviera tanta razón. Odiaba que, por primera vez en dos años, no tuviera miedo de lo que el futuro le deparaba.

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