Mundo ficciónIniciar sesiónLa suite nupcial era un despliegue de lujo obsceno, pero para Isabella, el aire se sentía pesado. Se había quitado el vestido de novia —esa armadura de seda blanca— y se había refugiado en una bata de satén después de una ducha rápida. Gabriel estaba en el baño, el sonido del agua cayendo era lo único que rompía el silencio.
De repente, el teléfono de Gabriel, olvidado sobre la mesa de noche, vibró con una insistencia agresiva. Isabella dudó. Las reglas, se recordó. No más mujeres, no más secretos.
Alargó la mano y la pantalla se iluminó. No era una llamada de sus capitanes de la mafia. Era un mensaje de un número no guardado.
"Te extraño en mi cama, G. Sé que la boda es solo un show. Te espero donde siempre para celebrar de verdad..."
Debajo del texto, una foto cargada de contenido explícito se descargó automáticamente. Una mujer pelirroja, envuelta en lencería negra mínima, posando con una invitación que no dejaba nada a la imaginación.
El estómago de Isabella dio un vuelco. La náusea del embarazo se mezcló con una furia fría que le subió por la garganta. En ese momento, la puerta del baño se abrió y Gabriel salió, con solo una toalla anudada a la cintura y el torso aún goteando agua, luciendo cada uno de sus tatuajes con una arrogancia natural.
—¿Revisando mis asuntos, señora Miller? —preguntó Gabriel con una sonrisa ladeada, secándose el cabello con otra toalla.
Isabella no sonrió. Le lanzó el teléfono a la cama con un golpe seco.
—Tu "asunto" tiene nombre de mujer y parece que no recibió el memorándum de que hoy te casaste —espetó ella, con los ojos echando chispas—. Me dijiste que esto sería diferente, Gabriel. Me prometiste respeto.
Gabriel frunció el ceño y tomó el móvil. Sus ojos recorrieron el mensaje y la foto sin que un solo músculo de su rostro se moviera. Luego, bloqueó la pantalla y la dejó de nuevo en la mesa, con una indiferencia que enfureció a Isabella aún más.
—Es una vieja asociada, Isabella. No significa nada.
—¡Me importa un bledo si es una asociada o la reina de Saba! —gritó ella, acercándose a él y empujándolo en el pecho—. Me engañaron durante dos años, Gabriel. No voy a permitir que el hombre que supuestamente me "reclamó" para protegerme me convierta en el hazmerreír otra vez. Si querías seguir revolcándote con ella, ¿para qué me trajiste aquí?
—¡Vine por ti porque siempre he querido que estés aquí! —rugió Gabriel, sujetándola por las muñecas para detener sus golpes—. ¡Ese mensaje es basura! ¿Crees que después de tenerte a ti, después de esperar años por esta noche, voy a perder el tiempo con una mujer de alquiler?
—¡Pues parece que ella cree que sí! —Isabella intentó zafarse, su respiración agitada chocando contra el pecho desnudo de él—. Eres igual que Max. Todos los Miller son iguales. Solo quieren trofeos para exhibir y carne fresca para el postre.
Gabriel la soltó bruscamente, pero antes de que ella pudiera alejarse, la cargó por la cintura y la lanzó sobre la inmensa cama matrimonial.
—¡Suéltame, bruto! —chilló ella, intentando rodar hacia el otro lado, pero Gabriel fue más rápido.
Él se lanzó sobre ella, usando su peso para inmovilizarla, pero sin lastimarla. Isabella lo empujaba con las manos, golpeando sus hombros sólidos, mientras él simplemente la envolvía con sus brazos de hierro.
—No me voy a ir a ninguna parte, Isabella —dijo él, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, ignorando sus protestas—. Puedes gritar, puedes llamarme bruto, puedes odiar ese teléfono todo lo que quieras. Pero esta es nuestra noche de bodas.
—¡No voy a dormir contigo después de ver eso! —sentenció ella, aunque su cuerpo empezaba a traicionarla ante el calor que Gabriel emanaba.
—Vas a dormir exactamente aquí —Gabriel la giró hasta que ella quedó de espaldas contra su pecho, en una posición de "cuchara" que no permitía escape—. Mis brazos son el único lugar seguro para ti y para ese bebé. Mañana borraré ese número, mañana quemaré ese teléfono si es necesario. Pero esta noche, vas a sentir cómo late mi corazón solo por ti.
Isabella volvió a empujarlo con el codo, pero Gabriel solo apretó más el abrazo, entrelazando sus piernas con las de ella.
—Suéltame, Gabriel. Te odio.
—Miénteme todo lo que quieras, reina —susurró él contra su oído, su voz volviéndose suave y peligrosa—. Pero así es como vamos a dormir. Y si te mueves mucho, voy a olvidar que prometí ser un caballero por esta noche y te recordaré exactamente por qué esa mujer del mensaje está tan desesperada por recuperarme.
Isabella se tensó, sintiendo la promesa implícita en sus palabras. Se quedó quieta, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. Poco a poco, el calor de Gabriel y su aroma a sándalo empezaron a calmarla a pesar de su rabia.
—Eres un animal —susurró ella, cerrando los ojos.
—Tu animal —corrigió él, besándole el hombro antes de cerrar los ojos también—. Ahora descansa. Mañana el mundo sabrá que los Miller tienen un nuevo dueño, y tú estarás a mi lado cuando lo vean arder







