La suite nupcial era un despliegue de lujo obsceno, pero para Isabella, el aire se sentía pesado. Se había quitado el vestido de novia —esa armadura de seda blanca— y se había refugiado en una bata de satén después de una ducha rápida. Gabriel estaba en el baño, el sonido del agua cayendo era lo único que rompía el silencio.
De repente, el teléfono de Gabriel, olvidado sobre la mesa de noche, vibró con una insistencia agresiva. Isabella dudó. Las reglas, se recordó. No más mujeres, no más secre