Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz del sol se filtraba cruelmente por los ventanales de la suite, iluminando el desorden de la noche anterior. Isabella fue la primera en abrir los ojos. Se encontró atrapada entre las sábanas de seda y el brazo de Gabriel, que todavía la rodeaba con una firmeza posesiva, incluso en sueños.
Se zafó con brusquedad, haciendo que Gabriel gruñera y despertara de golpe.
—Buenos días, esposa —murmuró él con la voz ronca, estirándose como un león satisfecho.
Isabella no respondió. Se levantó de la cama, recogió su bata del suelo y se dirigió al tocador sin siquiera mirarlo. El silencio era gélido.
—¿Ni un "hola"? —Gabriel se apoyó en los codos, observándola—. Anoche dormiste perfectamente en mis brazos, no finjas que todavía me odias.
—No lo finjo, Gabriel —espetó ella, girándose con un cepillo en la mano y los ojos encendidos—. No han pasado ni veinticuatro horas desde que nos pusimos estos anillos y ya rompiste la regla principal. No me respetas.
—Ya te dije que ese mensaje no significa nada, Isabella. No puedo controlar quién me escribe, pero sí quién entra en mi cama. Y anoche solo estabas tú.
—¡No necesito saber por qué esas mujeres te buscan, Gabriel! —gritó ella, dejando el cepillo sobre la mesa con un golpe seco—. Sé perfectamente por qué lo hacen. Eres un Miller, tienes poder y eres... bueno, eres tú. Pero no me vengas con cuentos. Te conozco desde que éramos unos adolescentes inexpertos en aquel lago. Sé exactamente cómo eres en la cama, y en aquel entonces no eras más que un chico torpe que no sabía qué hacer con sus manos.
Gabriel soltó una carcajada oscura y se levantó de la cama, caminando hacia ella con una confianza depredadora. Se detuvo justo detrás de ella, atrapando su mirada en el espejo.
—Inexperto, ¿eh? —le susurró al oído, su aliento rozándole el cuello—. Teníamos diecisiete años, Isabella. Fuiste mi primera vez y yo la tuya. Pero te aseguro algo... he mejorado mucho con los años. He aprendido a dar placer de formas que ni siquiera puedes imaginar. Si crees que ese chico del lago es lo mejor que puedo ofrecerte, estás muy equivocada.
Se inclinó más, rozando sus labios contra la mandíbula de ella, con una intención clara de reclamar lo que el mensaje de la noche anterior había interrumpido.
—¿Quieres comprobar qué tan experto me he vuelto, reina? —preguntó él, su mano bajando peligrosamente por su cintura.
¡ZAS!
El sonido de la bofetada resonó en toda la habitación. La cabeza de Gabriel se giró por el impacto. El silencio que siguió fue sepulcral.
Gabriel regresó su rostro lentamente hacia ella. Una marca roja empezaba a formarse en su mejilla, y sus ojos ya no brillaban con diversión, sino con una furia fría y letal que recordaba por qué era el hombre más temido de la ciudad.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —siseó Gabriel, dando un paso que obligó a Isabella a retroceder contra el tocador—. Te permito muchas cosas porque llevas a mi hijo y porque te he deseado por años, pero no olvides quién soy. Soy tu esposo, pero también soy el hombre que puede hacer que tu vida sea un paraíso o un infierno. No me tientes, Isabella.
Él la acorraló, colocando ambas manos a los lados de su cuerpo, atrapándola. Sus rostros estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban.
—Si vuelves a golpearme, te juro que...
¡TOC, TOC, TOC!
Tres golpes secos y rítmicos en la puerta interrumpieron la amenaza.
—Señor Miller —la voz monótona de Lucas llegó desde el pasillo—. Lamento interrumpir su... "entrenamiento matutino", pero sus padres y su hermano ya están en el comedor. Los esperan para el desayuno familiar. Doña Elena dice que si no bajan en cinco minutos, subirá ella misma.
Gabriel cerró los ojos y apretó los dientes, su frente apoyada contra la de Isabella por un segundo eterno.
—Dile que bajamos en un momento, Lucas —rugió Gabriel sin apartar la vista de los ojos desafiantes de Isabella.
—Entendido, señor —respondió Lucas—. Por cierto, el señor Max parece que no ha dormido nada y está de un humor de perros. Sugiero que la señora Isabella se ponga algo... impactante.
Gabriel soltó una risa amarga y se apartó de ella, recuperando su máscara de control.
—Ya oíste a mi guardaespaldas —dijo Gabriel, señalando el vestidor—. Arréglate. Vamos a bajar a desayunar con los buitres. Y más te vale que guardes esa mano para sostener la mía frente a mi hermano. No querrás que Max piense que ya nos estamos matando, ¿verdad?
—Él ya lo sabe, Gabriel —respondió Isabella, frotándose las muñecas—. La diferencia es que ahora tengo un motivo para pelear de vuelta.
—Vístete, Isabella —sentenció él mientras entraba a la ducha—. La guerra apenas comienza y necesito que mi reina esté lista para el primer round.







