Mundo ficciónIniciar sesiónElla es la hija de su peor enemigo. Él es el hombre que juró destruirla. El problema es que ahora... ella le pertenece. Clara Soler no busca amor, busca sobrevivir. Tras huir de un pasado sangriento, se esconde en las sombras de Chicago con una sola misión: mantener a salvo a su hermano menor. Pero un error desesperado la arroja directamente a las garras del único hombre al que debería temer: Maximilian Roth. Frío, implacable y movido por un odio que lleva años madurando, Maximilian reconoce de inmediato ese apellido. Está convencido de que Clara es la clave para encontrar al hombre que destruyó a su familia. Por eso, no la entrega a la policía. No la despide. La reclama. Bajo un contrato de servidumbre que roza la crueldad, Maximilian la mantiene encadenada a su mundo. Quiere verla quebrarse, quiere que pague por los pecados de su padre mientras la obliga a ser su sombra día y noche. Sin embargo, cuando los enemigos de Clara emergen de las sombras y una batalla legal amenaza con arrebatarle a su hermano, Maximilian hace un movimiento que nadie esperaba: declara ante el mundo que la "mucama" es su prometida. Lo que comenzó como una venganza fría se convierte en una guerra de deseo y posesividad. Porque en el juego de Maximilian, la regla era destruirla... pero ahora, protegerla es la única forma de no destruirse a sí mismo. ¿Hasta dónde llegarías para salvar a quien deberías odiar?
Leer másClara
El frío de Chicago no perdona, se filtra a través de las costuras de mi gastada chaqueta y se clava en mis huesos como agujas de hielo.
Pero el frío es el menor de mis problemas ahora.
Mis pulmones arden, emitiendo pequeñas nubes de vapor con cada respiración errática mientras obligo a mis piernas a seguir corriendo.
El pavimento está resbaladizo, traicionero, pero no puedo permitirme tropezar.
No hoy. No con ellos pisándome los talones.
—¡Ahí está! ¡No dejen que cruce la avenida! —el grito de uno de los matones rebota en las paredes de los edificios de lujo.
Mi corazón martillea contra mis costillas, un tambor desbocado que ahoga el ruido del tráfico.
Cruzo la calle esquivando a las familias que salen de los restaurantes, ignorando las miradas de desconcierto que me lanzan.
Para ellos soy solo una mancha, un estorbo en su noche perfecta.
Nadie se detiene a preguntar por qué una mujer corre como si su vida dependiera de ello, y en parte lo agradezco.
En esta ciudad, si eres invisible, tienes una oportunidad de sobrevivir.
«Corre, Clara. No mires atrás», me ordeno a mí misma.
El hambre me provoca un mareo súbito. Siento que el mundo da vueltas y un sabor metálico inunda mi boca.
No he comido nada sólido en casi dos días para que el pequeño Matteo pudiera tener una ración doble en el albergue.
La sola idea de mi hermano esperando por mí, solo, con sus ojos verdes llenos de esperanza, me inyecta una dosis final de adrenalina.
Si esos hombres me atrapan, si me llevan de vuelta ante él… prefiero que la tierra me trague ahora mismo.
—¡No tienes a dónde ir, Soler! —ruge una voz más cerca, a mi derecha.
Me quedo sin aire. Me han rodeado.
Son tres hombres, vestidos con trajes oscuros que se camuflan con las sombras de los callejones.
Mi… él..no ha escatimado en gastos para encontrarme; ha enviado a sus mejores perros de caza.
Busco una salida con la mirada nublada por las lágrimas de frustración.
Estoy en una zona residencial de alta alcurnia, llena de porteros uniformados y cámaras de seguridad, pero ninguno de ellos me ayudará.
Entonces, lo veo.
Un Audi negro mate, reluciente bajo las luces de neón, está estacionado frente a la entrada de un edificio exclusivo.
Un hombre alto, de espalda ancha y movimientos precisos, acaba de entrar en la parte trasera.
El chofer está a punto de cerrar la puerta del conductor.
Es mi única grieta en el muro. Mi única forma de desaparecer.
No pienso. Si lo hago, el miedo me paralizará.
Corro hacia el vehículo con la desesperación de alguien que se está ahogando.
El hombre del interior está hablando por un teléfono, su perfil es duro, gélido, pero no me detengo a analizarlo.
Me lanzo sobre la puerta trasera antes de que el seguro se active y arrojo mi cuerpo al interior justo cuando el auto comienza a moverse.
El vehículo frena en seco, produciendo un chirrido de llantas que me lanza hacia adelante.
Caigo de rodillas en el espacio para los pies, pero el impulso me hace terminar sobre el regazo del desconocido.
El aroma que me rodea es embriagador: una mezcla de sándalo, cuero y un perfume caro que grita poder absoluto.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la voz es un susurro bajo, una vibración profunda que me recorre la columna.
Unas manos grandes y calientes me sujetan por los brazos, alejándome de él con una firmeza que bordea la violencia.
Me obligo a levantar la vista y por un segundo me olvido de los matones, de la nieve y de mi propia hambre.
El hombre es… imponente.
Tiene unos ojos oscuros que parecen dos pozos de obsidiana, una mandíbula afilada y una expresión de desprecio tan pura que me hace encogerme.
Nunca lo he visto en mi vida, estoy segura, pero hay algo en la intensidad de su mirada que me resulta perturbadoramente familiar, como un recuerdo borroso de una pesadilla olvidada.
—Fuera de mi auto —ordena. No grita, pero el tono es tan imperativo que el aire parece escaparse del cubículo.
—No… por favor —suplico, mi voz es apenas un hilo roto—. Por favor, solo un minuto. Me están siguiendo. No soy una ladrona, solo… solo ayúdeme.
En el asiento delantero, el chofer se gira, con el rostro endurecido.
—¿La saco, señor Roth? —pregunta el empleado.
«Roth». El nombre me suena vagamente, pero no tengo tiempo de procesarlo.
—Hazlo. Ahora —responde el extraño a mi lado, sin apartar su mirada de la mía. Su frialdad es absoluta. No hay rastro de empatía en ese rostro tallado en piedra.
—¡No! —me lanzo hacia adelante, sujetando el respaldo del asiento—. ¡Si me saca, me van a matar! Por lo que más quiera, no me entregue.
Miro por la ventana trasera. Los tres hombres de mi padre están a pocos metros, escaneando el tráfico.
Uno de ellos, el más alto, se fija en el Audi.
Saca una fotografía de su bolsillo y la compara con la ventana. Se acerca con paso decidido.
—Ese no es mi problema.— La frialdad en su voz casi me estremece.
El pánico me nubla la razón. Si el cristal baja, estoy muerta. Si este hombre me echa, es mi fin.
—Roger, baja la ventana —dice el desconocido con una calma aterradora.
Mi corazón da un vuelco. Va a entregarme. Mis ojos se llenan de lágrimas y la humillación se mezcla con el terror.
—Por favor… —susurro, viendo cómo el matón golpea el cristal con los nudillos.
El cristal empieza a descender. El sicario se inclina para mirar dentro.
En ese instante, mi instinto de supervivencia toma el control.
No sé quién es este hombre, no sé si es un santo o un demonio, pero necesito que crea que soy suya.
Me lanzo sobre él, sentándome a horcajadas sobre sus piernas.
Noto cómo su cuerpo se pone rígido como el acero, una muralla de músculos que me rechaza, pero no le doy tiempo a apartarme.
Enredo mis dedos en el cuello de su camisa de seda, cierro los ojos y estampo mis labios contra los suyos.
MaximilianoEl reloj de pared, una pieza de relojería suiza incrustada en el panel de roble, marca las 3:15 AM. El silencio en la Suite Presidential es absoluto, solo interrumpido por el suave zumbido de la ventilación y el golpeteo rítmico de mis dedos sobre la superficie de cristal de mi escritorio. No he podido dormir. Es una sensación irritante, como una picazón debajo de la piel que no puedo alcanzar. Cada vez que cierro los ojos, la oscuridad me devuelve la misma imagen: esos ojos verdes, dilatados por el terror y la rabia, desafiándome desde el suelo de una bodega mugrienta.—Soler —susurro, y el nombre se siente como ceniza en mi lengua.Presiono el botón del intercomunicador con una fuerza innecesaria.—Roger, despierta al jefe de Seguridad y al de Recursos Humanos. Quiero el legajo completo de la empleada Clara Soler en mi servidor ahora. No me importa que tengan que arrastrarse fuera de sus camas; lo quiero en cinco minutos.Me pongo de pie y camino hacia el ventanal que o
MaximilianoNO PUEDE SER.Ese apellido.... ese maldit0 apellido que me ha estado persiguiendo por años.Tengo que leer dos veces para darme cuenta que es cierto, que después de años buscando a la basura Soler, resulta que ella sola se ha presentado en mi puerta.La furia me recorre la columna como una descarga eléctrica. Mis pupilas se dilatan y mi respiración se vuelve profunda, cargada de un odio que lleva años macerándose en mi pecho. Sin poder contenerlo una carcajada de furia, frustración y odio se me escapa.Soler. El apellido del hombre queme arruinó la vida, a mi, a mi padre… que me dejó sin madre. —Soler —repito el apellido, saboreando el veneno de cada sílaba—. Clara Soler.La miro ahora y no veo a una mucama. Veo a la hija de mi peor enemigo. El cambio en mi interior es brutal; el interés superficial se transforma en una sed de venganza palpable.—¿Qué tan mal pagamos aquí que la hija de una familia como la tuya tiene que robar sobras de pan? —le pregunto, inyectando to
Maximiliano(Horas antes)Dos semanas. Catorce malditos días en los que el rastro de la intrusa del Audi se desvaneció como el humo en el invierno de Chicago. He revisado las grabaciones de las cámaras de tráfico, he presionado a mis contactos, pero la mujer que tuvo la osadía de usar mis labios como escudo desapareció.Siento el sabor de su miedo —y de su desesperación— cada vez que cierro los ojos, y eso me enfurece. Nadie me usa. Nadie me toca sin que yo lo autorice.—Este hotel es un cementerio de dinero, Roger —gruño, observando la fachada del Hotel Diamond desde el asiento trasero—. Mi padre se ha lucido enviándome a este vertedero.—El señor Alexander cree que usted es el único capaz de reflotarlo, jefe —responde Roger con su neutralidad habitual.Bajo del auto y el aire gélido de Chicago me golpea, pero mi frialdad interna es mayor. Entro en el lobby y el desastre es evidente. No hay nadie en la recepción. El mármol tiene manchas de agua, la iluminación es lánguida. Este l
ClaraMe quedo petrificada. El aire se congela en mis pulmones. Siento una presión invisible que me impide moverme, un peso de autoridad que me aplasta los hombros. Lentamente, con el corazón martilleando contra mis costillas hasta el punto del dolor, me obligo a girarme.Ahí está él.Es el hombre del Audi. Pero aquí, bajo la luz directa de las lámparas del hotel, su presencia es diez veces más abrumadora. Viste un pantalón de traje oscuro y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados, las mangas remangadas revelando unos antebrazos poderosos. Su mirada no es solo fría; es letal.—Señor… yo… —mi voz sale como un graznido. Intento desesperadamente esconder el bolso detrás de mi cuerpo, pero es inútil.—Míreme cuando le hablo —ordena. Su voz no es un grito, es algo mucho peor: una orden absoluta que no admite réplicas.Levanto la vista, encontrándome con esos ojos de obsidiana que ahora me escanean con un reconocimiento lento y peligroso. Veo cómo su mandíbula se tensa
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