La prisionera del diablo: el precio de mi apellido

La prisionera del diablo: el precio de mi apellidoES

Romance
Última actualización: 2026-05-07
Lizzy Bennet  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Ella es la hija de su peor enemigo. Él es el hombre que juró destruirla. El problema es que ahora... ella le pertenece. Clara Soler no busca amor, busca sobrevivir. Tras huir de un pasado sangriento, se esconde en las sombras de Chicago con una sola misión: mantener a salvo a su hermano menor. Pero un error desesperado la arroja directamente a las garras del único hombre al que debería temer: Maximilian Roth. Frío, implacable y movido por un odio que lleva años madurando, Maximilian reconoce de inmediato ese apellido. Está convencido de que Clara es la clave para encontrar al hombre que destruyó a su familia. Por eso, no la entrega a la policía. No la despide. La reclama. Bajo un contrato de servidumbre que roza la crueldad, Maximilian la mantiene encadenada a su mundo. Quiere verla quebrarse, quiere que pague por los pecados de su padre mientras la obliga a ser su sombra día y noche. Sin embargo, cuando los enemigos de Clara emergen de las sombras y una batalla legal amenaza con arrebatarle a su hermano, Maximilian hace un movimiento que nadie esperaba: declara ante el mundo que la "mucama" es su prometida. Lo que comenzó como una venganza fría se convierte en una guerra de deseo y posesividad. Porque en el juego de Maximilian, la regla era destruirla... pero ahora, protegerla es la única forma de no destruirse a sí mismo. ¿Hasta dónde llegarías para salvar a quien deberías odiar?

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Capítulo 1

1 El regazo de un desconocido

Clara

El frío de Chicago no perdona, se filtra a través de las costuras de mi gastada chaqueta y se clava en mis huesos como agujas de hielo. 

Pero el frío es el menor de mis problemas ahora. 

Mis pulmones arden, emitiendo pequeñas nubes de vapor con cada respiración errática mientras obligo a mis piernas a seguir corriendo. 

El pavimento está resbaladizo, traicionero, pero no puedo permitirme tropezar.

No hoy. No con ellos pisándome los talones.

—¡Ahí está! ¡No dejen que cruce la avenida! —el grito de uno de los matones rebota en las paredes de los edificios de lujo.

Mi corazón martillea contra mis costillas, un tambor desbocado que ahoga el ruido del tráfico. 

Cruzo la calle esquivando a las familias que salen de los restaurantes, ignorando las miradas de desconcierto que me lanzan. 

Para ellos soy solo una mancha, un estorbo en su noche perfecta. 

Nadie se detiene a preguntar por qué una mujer corre como si su vida dependiera de ello, y en parte lo agradezco. 

En esta ciudad, si eres invisible, tienes una oportunidad de sobrevivir.

«Corre, Clara. No mires atrás», me ordeno a mí misma.

El hambre me provoca un mareo súbito. Siento que el mundo da vueltas y un sabor metálico inunda mi boca. 

No he comido nada sólido en casi dos días para que el pequeño Matteo pudiera tener una ración doble en el albergue. 

La sola idea de mi hermano esperando por mí, solo, con sus ojos verdes llenos de esperanza, me inyecta una dosis final de adrenalina. 

Si esos hombres me atrapan, si me llevan de vuelta ante él… prefiero que la tierra me trague ahora mismo.

—¡No tienes a dónde ir, Soler! —ruge una voz más cerca, a mi derecha.

Me quedo sin aire. Me han rodeado. 

Son tres hombres, vestidos con trajes oscuros que se camuflan con las sombras de los callejones. 

Mi… él..no ha escatimado en gastos para encontrarme; ha enviado a sus mejores perros de caza.

Busco una salida con la mirada nublada por las lágrimas de frustración. 

Estoy en una zona residencial de alta alcurnia, llena de porteros uniformados y cámaras de seguridad, pero ninguno de ellos me ayudará. 

Entonces, lo veo.

Un Audi negro mate, reluciente bajo las luces de neón, está estacionado frente a la entrada de un edificio exclusivo. 

Un hombre alto, de espalda ancha y movimientos precisos, acaba de entrar en la parte trasera. 

El chofer está a punto de cerrar la puerta del conductor. 

Es mi única grieta en el muro. Mi única forma de desaparecer.

No pienso. Si lo hago, el miedo me paralizará. 

Corro hacia el vehículo con la desesperación de alguien que se está ahogando. 

El hombre del interior está hablando por un teléfono, su perfil es duro, gélido, pero no me detengo a analizarlo. 

Me lanzo sobre la puerta trasera antes de que el seguro se active y arrojo mi cuerpo al interior justo cuando el auto comienza a moverse.

El vehículo frena en seco, produciendo un chirrido de llantas que me lanza hacia adelante. 

Caigo de rodillas en el espacio para los pies, pero el impulso me hace terminar sobre el regazo del desconocido. 

El aroma que me rodea es embriagador: una mezcla de sándalo, cuero y un perfume caro que grita poder absoluto.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la voz es un susurro bajo, una vibración profunda que me recorre la columna.

Unas manos grandes y calientes me sujetan por los brazos, alejándome de él con una firmeza que bordea la violencia. 

Me obligo a levantar la vista y por un segundo me olvido de los matones, de la nieve y de mi propia hambre. 

El hombre es… imponente. 

Tiene unos ojos oscuros que parecen dos pozos de obsidiana, una mandíbula afilada y una expresión de desprecio tan pura que me hace encogerme. 

Nunca lo he visto en mi vida, estoy segura, pero hay algo en la intensidad de su mirada que me resulta perturbadoramente familiar, como un recuerdo borroso de una pesadilla olvidada.

—Fuera de mi auto —ordena. No grita, pero el tono es tan imperativo que el aire parece escaparse del cubículo.

—No… por favor —suplico, mi voz es apenas un hilo roto—. Por favor, solo un minuto. Me están siguiendo. No soy una ladrona, solo… solo ayúdeme.

En el asiento delantero, el chofer se gira, con el rostro endurecido.

—¿La saco, señor Roth? —pregunta el empleado.

«Roth». El nombre me suena vagamente, pero no tengo tiempo de procesarlo.

—Hazlo. Ahora —responde el extraño a mi lado, sin apartar su mirada de la mía. Su frialdad es absoluta. No hay rastro de empatía en ese rostro tallado en piedra.

—¡No! —me lanzo hacia adelante, sujetando el respaldo del asiento—. ¡Si me saca, me van a matar! Por lo que más quiera, no me entregue.

Miro por la ventana trasera. Los tres hombres de mi padre están a pocos metros, escaneando el tráfico. 

Uno de ellos, el más alto, se fija en el Audi. 

Saca una fotografía de su bolsillo y la compara con la ventana. Se acerca con paso decidido.

—Ese no es mi problema.— La frialdad en su voz casi me estremece.

El pánico me nubla la razón. Si el cristal baja, estoy muerta. Si este hombre me echa, es mi fin.

—Roger, baja la ventana —dice el desconocido con una calma aterradora.

Mi corazón da un vuelco. Va a entregarme. Mis ojos se llenan de lágrimas y la humillación se mezcla con el terror.

—Por favor… —susurro, viendo cómo el matón golpea el cristal con los nudillos.

El cristal empieza a descender. El sicario se inclina para mirar dentro. 

En ese instante, mi instinto de supervivencia toma el control. 

No sé quién es este hombre, no sé si es un santo o un demonio, pero necesito que crea que soy suya.

Me lanzo sobre él, sentándome a horcajadas sobre sus piernas. 

Noto cómo su cuerpo se pone rígido como el acero, una muralla de músculos que me rechaza, pero no le doy tiempo a apartarme. 

Enredo mis dedos en el cuello de su camisa de seda, cierro los ojos y estampo mis labios contra los suyos.

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