Inicio / Romance / Traicionada por mi esposo, reclamada por su hermano el mafio / Capítulo 3: Las reglas del juego y el fantasma del lago
Capítulo 3: Las reglas del juego y el fantasma del lago

 

Gabriel se sirvió otro whisky, pero esta vez no se sentó. Se quedó de pie, observando cómo Isabella intentaba secarse el cabello con una toalla que Lucas le había traído. El silencio en el despacho era espeso, cargado de verdades a medio decir.

—Si vamos a hacer esto, Gabriel, hay reglas —soltó Isabella, dejando la toalla a un lado y mirándolo con esa altivez que siempre lo volvía loco—. Reglas reales. No tus juegos de mafioso.

Gabriel soltó una carcajada ronca, dejando el vaso sobre la mesa.

—¿Reglas? Isabella, estás en mi casa, pidiendo mi protección y usando mi apellido para vengarte de mi hermano. Yo pongo las reglas.

—No en lo que a mí respecta —lo interrumpió ella, dando un paso firme hacia él—. Regla número uno: a partir de hoy, se acabaron las mujeres. No quiero ver modelos entrando por esa puerta trasera, ni escuchar chismes de tus amantes en las revistas. Si soy tu esposa ante el mundo, vas a respetarme. Te conozco, Gabriel. Sé que tienes una lista de espera más larga que la de los bancos de Max.

Gabriel arqueó una ceja, divertido por su audacia.

—Vaya, qué posesiva nos hemos vuelto. Pero lamento decirte, dulzura, que eso no lo decides tú. Soy un hombre libre y este es un matrimonio de negocios.

—Lo decido yo porque si veo a una sola mujer cerca de ti que no sea yo, le diré a la prensa que el gran Capo Miller es un fraude en la cama —Isabella se cruzó de brazos con una sonrisa desafiante—. Y sabes que tengo pruebas de lo contrario, así que me creerán.

Gabriel dejó de reír. Sus ojos se oscurecieron y caminó hacia ella con una lentitud que prometía peligro.

—Sigues siendo una bruta, Isabella. No has cambiado nada desde que éramos niños y te robabas las manzanas del huerto de mi padre.

—Y tú sigues siendo un animal que solo entiende de fuerza bruta —respondió ella, sin retroceder ni un milímetro cuando él quedó a escasos centímetros de su rostro.

Gabriel no respondió con palabras. En lugar de eso, rodeó su cintura con un brazo de hierro y la atrajo hacia su cuerpo. Isabella soltó un jadeo de sorpresa, pero sus manos se apoyaron en el pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón. Gabriel se inclinó, rozando con sus labios la piel húmeda y sensible de su hombro, subiendo lentamente hasta su oreja.

—Dime una cosa, Isabella —le susurró, y su aliento caliente le erizó cada vello del cuerpo—. En estos dos años de matrimonio perfecto... ¿alguna vez le contaste a Max la verdad? ¿Le dijiste que su hermano menor fue el primero en tocarte? ¿Le mencionaste aquella noche en el lago, bajo la luna, mucho antes de que él pusiera un anillo en tu dedo?

Isabella sintió que el mundo giraba. El recuerdo de esa noche, del agua fría y el calor de Gabriel, la golpeó como un mazo. Con un arranque de furia y vergüenza, lo empujó con todas sus fuerzas.

—¡Eso no cuenta, Gabriel! —gritó, su voz temblando ligeramente—. ¡Eso fue antes de que tú me engañaras! Antes de que te fueras y me dejaras sola, sabiendo que Max me estaba cortejando. Tú elegiste tu vida de sombras y me dejaste a merced de él.

El rostro de Gabriel cambió de inmediato. La diversión desapareció, reemplazada por una frialdad cortante que hizo que la temperatura de la habitación bajara varios grados. Sus puños se apretaron a los costados.

—¿Crees que te engañé? —preguntó él con una voz tan baja que apenas era un murmullo—. ¿Crees que me fui porque quise?

—Te vi con ella, Gabriel. No intentes reescribir la historia ahora para quedar como el héroe.

Gabriel dio media vuelta, dándole la espalda para no perder el control. El ambiente se volvió pesado, casi irrespirable.

—Eres tan ciega como Max —dijo él, con una amargura que Isabella nunca le había escuchado—. Algún día, más adelante, entenderás que nada de lo que crees que pasó fue real. Pero ahora no tengo paciencia para tus berrinches de niña herida.

Se encaminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin mirarla.

—Mañana vendrá el sastre. Quiero que el vestido para la boda doble sea el más caro que el dinero pueda comprar. Y ahora, descansa. La habitación del final del pasillo es tuya. No intentes salir de la casa, hay guardias en cada rincón. A partir de hoy, Isabella Miller... eres mi propiedad.

La puerta se cerró de un golpe, dejando a Isabella sola con el eco de sus palabras y el fantasma de un lago que, por más que intentara olvidar, seguía quemando en su memoria.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP