Capítulo 6: El velo de la venganza

 

La Catedral de Ciudad Rómulo estaba a reventar. La crema y nata de la sociedad esperaba el evento del año: la boda doble de los herederos Miller. Max estaba en el altar, ajustándose la corbata por décima vez, con una sonrisa de suficiencia que no le cabía en el rostro. A su lado, Gabriel permanecía impasible, como una estatua de granito, con las manos cruzadas al frente y una mirada gélida que no revelaba absolutamente nada.

Elena Miller, vestida de un azul soberbio, se acercó a sus hijos antes de que empezara la marcha nupcial. Suspiró con pesadumbre mientras miraba a Max.

—Sigo pensando que esto es un error, Max —susurró Elena—. Es una lástima que no sepamos nada de Isabella. Me duele que no haya venido, al menos para ver a Gabriel sentar cabeza. Ella siempre le tuvo un cariño especial... aunque tú nunca te dieras cuenta.

Max soltó una risa seca, llena de arrogancia.

—Madre, por favor. Isabella estará en algún rincón oscuro gastándose el dinero que le di y lamentándose por haberme perdido. No vendría aquí ni aunque la arrastraran; su orgullo es más grande que su cuenta bancaria. Además, hoy es el día de Briana y el de la misteriosa mujer de Gabriel. Deja de mencionar a mi exesposa.

Gabriel, que hasta ese momento no había dicho palabra, ladeó la cabeza y miró a su hermano con una chispa de malicia en los ojos.

—Cuidado con lo que deseas, hermano —murmuró Gabriel—. A veces el orgullo no te lleva al olvido, sino de vuelta al trono.

—¿De qué hablas? —preguntó Max, frunciendo el ceño.

Pero no hubo tiempo para respuestas. Las trompetas tronaron y las pesadas puertas de roble se abrieron.

—¡De pie para las novias! —anunció el ujier.

Briana entró primero, caminando con un aire de triunfo, luciendo un vestido blanco cargado de encajes que gritaba desesperación por encajar. Max la miró con satisfacción, pero la atención de todos se desvió de inmediato hacia la segunda figura.

La novia de Gabriel caminaba con una elegancia que hacía que Briana pareciera una aficionada. Llevaba un vestido de seda blanca tan ajustado que era una provocación, y un velo de encaje antiguo que cubría su rostro por completo. Cada paso que daba era una declaración de guerra.

Gabriel dio un paso al frente y tomó la mano de su novia con una delicadeza que nadie le conocía. Max, desde su lugar, no podía evitar sentir una extraña punzada en el pecho. Había algo en la forma en que esa mujer se movía... algo familiar.

La ceremonia transcurrió entre murmullos. Max apenas prestaba atención a sus propios votos; sus ojos estaban fijos en la mujer al lado de su hermano. Finalmente, el sacerdote llegó al momento cumbre.

—Por el poder que me ha sido otorgado, yo los declaro maridos y mujeres —dijo el clérigo con solemnidad—. Pueden besar a las novias.

Max se giró hacia Briana y le dio un beso casto en los labios, ansioso por terminar. Pero el mundo se detuvo cuando Gabriel extendió sus manos enguantadas y, con una lentitud tortuosa, levantó el velo de su esposa.

El jadeo colectivo de los invitados fue ensordecedor.

Isabella Black apareció ante la luz de los vitrales, más hermosa, más poderosa y más letal que nunca. No había rastro de la mujer rota que Max había echado de su casa hacía dos meses.

—¡¿Isabella?! —el grito de Max rompió el protocolo sagrado de la iglesia. Se puso pálido, retrocediendo un paso como si hubiera visto a un fantasma.

Gabriel no le dio tiempo de reaccionar. Rodeó la nuca de Isabella con su mano tatuada, la atrajo hacia él con una posesividad feroz y la besó. No fue un beso de boda común; fue un beso de propiedad, de deseo acumulado durante años, una declaración ante Dios y ante su hermano de que ella ahora le pertenecía.

Isabella respondió al beso con la misma intensidad, rodeando los hombros de Gabriel, ignorando por completo la mirada desencajada de su exmarido.

Cuando Gabriel finalmente la soltó, Isabella se giró hacia Max. Una sonrisa gélida y perfecta curvó sus labios rojos.

—Hola, Max —dijo ella, su voz clara y firme—. Te dije que no necesitaba tu dinero. Me bastaba con tu apellido... y con el hombre que sí sabe cómo cuidarlo.

—¡Esto es una farsa! —rugió Max, intentando acercarse, pero Lucas apareció de la nada, bloqueándole el paso—. ¡Gabriel, ella es mi esposa!

—Corrección, hermano —dijo Gabriel, pasando un brazo protector por la cintura de Isabella y atrayéndola contra su costado—. Ella era el error que tú cometiste. Ahora es mi esposa. Mi mujer. Y la futura madre del próximo líder de mi organización.

Elena Miller, al fondo, se llevó las manos a la boca, pero no de horror, sino con una chispa de triunfo en los ojos. Sabía que la verdadera guerra acababa de empezar.

—¡Tú solo la quieres por mi dinero! —gritó Max, fuera de sí, mientras Briana lloraba de humillación a su lado.

Gabriel rió, una risa oscura que hizo que los invitados se encogieran.

—Max... yo tengo más dinero del que tú podrías lavar en tres vidas. No quería tu dinero. Quería lo único valioso que alguna vez tuviste y que fuiste demasiado estúpido para conservar.

Gabriel miró a Isabella y le besó la frente.

—Vámonos, reina. Tenemos una fiesta que arruinar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP