Capítulo 7: Territorio Marcado

 

Elena Miller no pudo contenerse más. Se acercó a Isabella y, para sorpresa de todos, la estrechó en un abrazo genuino.

—Isabella, querida... no puedo decir que no estoy en shock, pero me alegra tanto que seas tú —susurró Elena, ignorando la mirada de odio que Briana le lanzaba desde la mesa principal—. Siempre supe que tenías un fuego que Max nunca entendió. Gabriel, hijo... finalmente has hecho algo con sentido.

Arthur Miller asintió solemnemente, estrechando la mano de su hijo menor.

—Has causado un escándalo que nos costará meses limpiar, Gabriel, pero ver la cara de arrogancia de tu hermano caerse al suelo ha valido cada centavo. Cuídala. Esta vez, que un Miller no la pierda.

—No planeo cometer el mismo error que el "genio" de la familia, padre —respondió Gabriel, rodeando la cintura de Isabella con una posesión absoluta.

La fiesta avanzó entre tensiones. En un momento de la noche, Gabriel tuvo que apartarse para hablar con Lucas sobre un asunto de seguridad en los muelles. Isabella aprovechó para acercarse a la mesa de postres, buscando calmar el hambre que el embarazo empezaba a reclamarle.

Fue entonces cuando una mano de hierro la sujetó del brazo, apretando con una fuerza que buscaba lastimar.

—¿Te crees muy lista, no? —la voz de Max siseó cerca de su oído, cargada de veneno y alcohol.

Isabella se giró, encontrándose con los ojos inyectados en sangre de su exmarido. Max la arrastró hacia un rincón sombreado por unas pesadas cortinas de terciopelo.

—Suéltame, Max. Estás haciendo una escena —dijo ella con una calma que lo enfureció más.

—¡Me importa un bledo la escena! —rugió él en voz baja—. ¿Cuánto te pagó mi hermano? ¿Qué parte de su sucio negocio te ofreció para que te prestaras a esta humillación pública? Mírate, vestida de blanco como si fueras pura, cuando todos saben que solo eres una despechada buscando venganza.

Max se inclinó sobre ella, tratando de intimidarla con su altura, como solía hacer en su casa.

—Fuiste mi sombra durante dos años, Isabella. Eres un accesorio que deseché porque ya no me servía. ¿Crees que por acostarte con el delincuente de mi hermano vas a ser alguien? Sigues siendo la misma mujer que saqué a la calle con una mano adelante y otra atrás. No eres más que una...

—¿Una qué, Max? —la voz de Gabriel cortó el aire como un látigo.

Max no lo vio venir. Gabriel apareció desde las sombras con una velocidad aterradora. Antes de que Max pudiera parpadear, la mano de Gabriel estaba cerrada alrededor de la muñeca de su hermano, apretando con tal fuerza que los huesos de Max crujieron.

—Suelta a mi esposa. Ahora —ordenó Gabriel. Su voz no era un grito, era un rugido bajo, el sonido de un animal que está a punto de desgarrar una garganta.

Max, por puro dolor, soltó a Isabella. Gabriel lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito y se colocó frente a ella, usándose como un muro infranqueable.

—Ella no es tu sombra, Max. Es mi luz —dijo Gabriel, dando un paso hacia su hermano, obligándolo a retroceder—. Y si vuelves a ponerle una mano encima, o si te atreves a dirigirle la palabra sin mi permiso, olvidaré que compartimos la misma sangre. Te sacaré los ojos antes de que vuelvas a mirarla con ese asco.

—¡Ella te está usando, Gabriel! —gritó Max, recuperando algo de su arrogancia—. ¡Solo quiere mi dinero a través de ti!

Gabriel soltó una risa seca y peligrosa. Se acercó a Max y le acomodó la solapa del traje con una calma insultante.

—Max, hermanito... lo que tú no entiendes es que yo le daría el mundo entero solo por verla sonreír mientras tú te hundes. Isabella no me usa. Ella me eligió. Y eso es algo que tu ego de CEO nunca podrá procesar.

Gabriel se giró hacia Isabella, su mirada transformándose de puro odio a una ternura obsesiva en un segundo. Le tomó la mano y le besó los nudillos, justo donde Max la había apretado.

—¿Estás bien, reina? —preguntó él.

Isabella asintió, mirando a Max con una lástima que le dolió más que cualquier golpe.

—Estoy bien, Gabriel. Solo recordaba por qué me tomó tan poco tiempo olvidarlo.

—Vámonos de aquí —sentenció Gabriel—. Esta fiesta se está volviendo aburrida y tengo cosas mucho más interesantes que hacer con mi esposa que escuchar los lamentos de un perdedor.

Gabriel se llevó a Isabella, dejando a Max solo en la oscuridad de las cortinas, hirviendo de una rabia que pronto se convertiría en una obsesión peligrosa.

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