Capítulo 2: Pacto de Sangre y Seda

 

El coche se detuvo frente a una propiedad blindada en las afueras. No era una mansión de cristal como la de Max; era una fortaleza de piedra oscura y elegancia letal. Isabella bajó del vehículo, manteniendo la espalda recta a pesar de que su vestido húmedo se pegaba a su piel como una segunda piel fría.

En la entrada la esperaba Lucas, un hombre de casi dos metros con rostro de piedra y una cicatriz que le cruzaba la ceja.

—Señora Miller —saludó Lucas con una inclinación de cabeza.

—Pronto dejaré de serlo, Lucas. Guíame.

La condujo hasta un despacho iluminado solo por la luz de la chimenea y el resplandor de la ciudad a lo lejos. Sentado tras un escritorio de caoba, Gabriel Miller sostenía un vaso de whisky. Al verla, sus ojos oscuros recorrieron la figura de Isabella con una intensidad que la hizo estremecer, aunque no se permitió retroceder.

—Mírate —dijo Gabriel, su voz era un ronroneo peligroso—. Max te dejó bajo la lluvia como si fueras un mueble viejo. Mi hermano siempre ha tenido un gusto exquisito para los negocios, pero es un idiota absoluto para los tesoros.

—No vine por cumplidos, Gabriel —espetó Isabella, cruzando los brazos—. Vine por lo que prometiste.

Gabriel se puso en pie. Se movía con la gracia de un depredador, lento y seguro. Se acercó a ella hasta que Isabella pudo oler el tabaco caro y el sándalo que siempre lo acompañaba.

—¿Y qué crees que vales tú ahora, Isabella? Sin el apellido Miller, sin el respaldo de la empresa... solo eres una mujer embarazada huyendo de un CEO despechado.

Isabella soltó una risa amarga y dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Gabriel.

—Valgo lo suficiente como para que estés aquí, a medianoche, recibiéndome. Valgo el secreto que llevo conmigo. Y valgo la humillación que le daré a Max cuando sepa que la mujer que despreció está bajo la protección del hermano al que tanto teme. ¿O vas a decirme que no te mueres por verle la cara cuando sepa que me tienes tú?

Gabriel entrecerró los ojos. Le gustaba su fuego. Siempre le había gustado.

—Eres valiente, lo admito. Pero mi protección tiene un precio que no se paga con dinero —él se inclinó, su rostro a centímetros del de ella—. Quiero una boda.

Isabella parpadeó, pero no se amilanó.

—¿Una boda? ¿Quieres que me case contigo para fastidiarlo?

—Quiero que te cases conmigo para poseer lo que él no supo valorar. Una boda doble. Él con su amante, yo con mi nueva esposa. El mismo día, el mismo lugar. Imagina el titular, Isabella: "La exesposa del CEO se convierte en la mujer del Capo".

Gabriel extendió una mano para rozar la mejilla de Isabella, un gesto que empezó como una caricia y terminó con sus dedos apretando ligeramente su mandíbula.

—Si aceptas, el niño será un Miller legítimo. Nadie lo tocará. Max no podrá reclamarlo porque tú serás mía. Pero si me traicionas...

Él se acercó aún más, con una mirada que habría hecho temblar a cualquier senador, una amenaza silenciosa brillando en sus pupilas. Isabella, en lugar de retroceder, soltó un bufido de exasperación.

Antes de que él pudiera decir una palabra más, ella dio un paso lateral y se deslizó con rapidez detrás de Lucas, el guardaespaldas, usándolo como un escudo humano.

—¡Oh, por favor, Gabriel! —exclamó ella desde detrás del hombro del gigante—. Deja de intentar asustarme con esa cara de "soy el gran lobo feroz". No me impresionas. Si vas a amenazarme, hazlo cuando no esté empapada y cansada.

Gabriel se quedó con la mano en el aire, parpadeando ante la audacia de la mujer. Lucas, que permanecía firme como una estatua, simplemente cerró los ojos y negó con la cabeza lentamente.

—Señor... —murmuró Lucas con un suspiro cansado—. Parecen niños de primaria.

—¡Ella empezó! —reclamó Gabriel, perdiendo por un segundo su aura de mafioso temible mientras fulminaba a su guardaespaldas con la mirada.

—Y yo terminaré —intervino Isabella, asomando la cabeza por el brazo de Lucas—. Acepto el trato. Me caso contigo, Gabriel. Pero bajo una condición: nada de amantes, nada de secretos conmigo, y la próxima vez que intentes intimidarme, le diré a Lucas que te esconda las llaves del Bentley.

Gabriel guardó silencio unos segundos, mirando a la mujer que acababa de desafiarlo en su propia casa. De repente, una sonrisa genuina y ladeada apareció en su rostro.

—Lucas, retírate. Tengo que discutir los detalles del contrato nupcial con mi futura esposa.

—Si terminan de tirarse los juguetes a la cabeza, avísenme para traer el té —respondió Lucas, girándose y saliendo de la habitación mientras seguía negando con la cabeza.

Cuando quedaron solos, la atmósfera cambió. La diversión desapareció, reemplazada por una tensión eléctrica que hacía que el aire pesara. Gabriel se acercó a ella, esta vez sin amenazas, solo con una promesa.

—Dos meses, Isabella. En dos meses, Max Miller sabrá que el mayor error de su vida no fue engañarte... sino dejarte libre para que yo te encontrara.

Isabella lo miró fijamente. Por primera vez en la noche, sintió que el frío desaparecía. No sabía si estaba entrando en el cielo o en el infierno, pero una cosa era segura: Max Miller iba a arder.

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