Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis Ariadna, hija bastarda del Alfa de Carmesí, vive bajo una maldición que ha matado a los seis lobos que intentaron amarla. Nadie se atreve a elegirla como compañera, nadie quiere tenerla cerca. Cuando su hermana Cristal es elegida como futura esposa por el Alfa de la manada Roja, Kaleb, un lobo poderoso al cual temen, pues está maldito y en la noche de bodas su lobo mata a sus esposas al consumar. El consejo decide sacrificar a Ariadna. La obligan a ocupar el lugar de su hermana en la noche de bodas para engañar al lobo, prometiéndole romper su maldición y limpiar el nombre de su madre si sobrevive. Ella accede sin imaginar que ese poderoso y rudo Alfa, es su destinado.
Leer másCapítulo 1
Narra Ariadna...
Ya me había acostumbrado a estar sola, para la manada yo era como un mal bicho que preferían mantener a la distancia.
El bosque estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior. Caminaba con la canasta en la mano recogiendo raíces, hierbas y lo poco que quedaba del huerto para preparar la receta favorita de papá.
Lo hacía intentando pasar desapercibida, no me gustaba que nadie me viera. En esta manada, verme era como encontrarse con el demonio más abominable.
Una loba se me acercó, y me lanzó una piedra que golpeó en la espalda.
—¡Asesina! —gritó—. ¡Tú lo mataste! ¡Eres una maldita! ¡Deberías estar muerta!
Sentí el cuerpo helado, no contesté, no valía la pena, ya estaba acostumbrada a los insultos de todos.
Bajé la cabeza y dejé que me insultara hasta cansarse. Cuando se fue, camine de regreso a casa, yo no tenía derecho a defenderme, ella y la manada tenían razón, todo era mi culpa.
Regresé a la casa de mi padre, el Alfa de Carmesí. No entré por la puerta principal, sino por la de servicio.
Siempre lo hago. No pertenezco a los salones de arriba, ni a las reuniones de familia, solo puedo unirme a ellos para la cena
Soy la bastarda. La hija que nació de un error, Duermo en una pequeña habitación junto a las empleadas, donde no molesto a nadie.
Me acostumbré a ese rincón oscuro con olor a leña, Al menos ahí nadie me mira como si fuera una enfermedad.
Y sí, lo soy. Una maldición que camina.
Mis seis esposos murieron antes de tocarme, Se desplomaron frente a mí, uno por uno, con el corazón paralizado y los ojos en blanco.
Ninguno logró consumar la unión.
Así terminé convertida en una viuda virgen. En la loba que nadie quiere cerca, para todos estoy maldita.
Estaba limpiando la mesa cuando la puerta se abrió.
—Mira lo que hiciste —dijo Cristal, mi hermana, tirando un cubo de agua al suelo—. ¡Recoge eso, rápido!
—Recógelo tú. Fuiste tú quien lo botó —le respondí sin dejarme de ella, nunca lo he hecho de nadie.
Cristal me miró con esa sonrisa de superioridad, disfrutaba humillarme
—No me hables así, bastarda. Recuerda que soy la hija legítima del Alfa y tu eres como mi esclava, soy de sangre limpia.
—Y también la más hueca —le dije, sin contener la rabia de mi pecho —. Tienes cerebro, pero no lo usas. Todo lo que haces es pensar que tú belleza es un gran arma, Pero recuerda que se acaba ¿Que vas a hacer cuando se te acaben las municiones de tu única arma?
Su rostro cambió en un segundo. Dio un paso hacia mí
—Eres una maldita desagradecida. Si no fuera por papá, estarías muerta. ¿Sabes qué? Cuando el Consejo me elija esposo, y me nombren Luna de una manada poderosa , pedire como regalo de bodas tu destierro. Te mandaré tan lejos que ni los cuervos te encontrarán.
—Hazlo —le respondí mirándola fijo—. Tal vez así dejes de atormentarte por alguien que según tu es insignificante, pero que te martiriza la vida.
Cristal se quedó callada, la rabia la hacía temblar, no dijo más. Salió de la cocina furiosa dejando el suelo empapado.
Apoyé las manos sobre la mesa, mis ojos estaban húmedos , pero no iba a llorar.
Ya no lloro por ella, por nadie.
Mi padre, el Alfa de Carmesí, me quiere, o al menos eso intenta. Pero su esposa, Úrsula, me odia desde el día en que nací.
Y aunque trato de no cruzármela, siempre encuentra la forma de recordarme que no pertenezco a este lugar.
A veces me pregunto por qué sigo aquí. Tal vez porque aún tengo la esperanza absurda de que algún día me mire como a una hija legítima.
La cena, el único espacio que puedo compartir con ellos, es el recordatorio que no soy como ellos.
Yo sirvo los platos, espero a que todos se sienten y me quedo de pie, detrás, hasta que el Alfa me da permiso para comer con ellos.
Esa noche el ambiente estaba raro. Nadie hablaba, Ni siquiera Cristal, que suele llenar todo con su voz chillona.
Mi padre rompió el silencio mientras cortaba la carne.
—Cristal —dijo serio—, el Consejo decidió. Fuiste elegida para ser la esposa del Alfa de la manada Roja, Kaleb. La boda será en unos días.
El tenedor se me cayó de las manos. Cristal palideció como una hoja de papel. Úrsula se quedó helada.
Nadie esperaba eso.
—¿Qué? —gritó Cristal—. ¡No! ¡No pienso casarme con ese animal! ¡Esta maldito! Todas sus esposas fueron asesinadas por su lobo mientras consumaban la noche de bodas
—Lo sé —respondió mi padre, sin mirarla—. Pero no hay otra opción, los ancianos de La manada Roja dicen que su bruja les dijo que la heredera de Carmesí puede romper esa maldición, amenazan con declararnos la guerra si rechazamos la unión. Y no pienso poner en riesgo a Carmesí.
—¡Mándale a otra! —intervino Úrsula—. ¡No entregaré a mi hija! Es como sentenciarla a muerte, es un riesgo que no pienso correr.
Mi padre siguió comiendo como si no las oyera.
—La decisión está tomada, estamos en sus manos.
Cristal se levantó de la mesa con los ojos llenos de lágrimas.
—Esto es culpa tuya —me gritó, señalándome—. Todo lo malo que pasa en esta casa empieza contigo porque estás maldita. ¡Maldita seas, Ariadna!
Nadie la detuvo. Salió corriendo, llorando como una niña.
Yo solo me quedé paralizada sin responderle. Podía odiarme todo lo que quisiera, pero seguía siendo mi hermana, y una parte de mí temblaba al imaginarla en manos de un Alfa así.
Todos sabían que el Alfa de la manada Roja era un salvaje, pero que la maldición que tenía lo obligaba a no tener descendencia, pues si tenía una loba en la cama, la mataba su lobo interior.
Esa misma noche me mandaron a llamar a la casa de los ancianos.
Entré con respeto. Había tres de ellos, sentados alrededor del fuego.
El mayor me miró sin sonreír.
—Ariadna, sabemos que la noticia ha sido dura para todos. Pero la alianza con la manada Roja es necesaria.
Asentí.
—Entiendo. Pero no veo por qué me llaman a mí.
El anciano mayor se inclinó hacia adelante.
—Porque tú puedes ayudarnos. Si el Alfa de Roja muere… la unión se rompe sin guerra. Cristal sería su viuda, y Carmesí conservaría la alianza sin sacrificios.
Me quedé sin aire.
—¿Qué están diciendo?
—Todos sabemos lo de tu maldición y que es poderosa —añadió otro de ellos—. Seis esposos muertos antes de consumar el acto. Es un castigo de la diosa Luna, pero también puede ser una herramienta.
Si tú tomas el lugar de tu hermana en la noche de bodas, si el Alfa te toca, el Alfa morirá, y la paz quedará asegurada.
—¿Quieren que lo mate? —pregunté en voz baja, horrorizada—. ¡Están locos! No voy a hacerlo. No quiero manchar mis manos de sangre, además quizás las cosas no salgan bien, y la muerta sea yo ¿No lo han pensando? Es un salvaje.
—Nadie sabrá la verdad y tú sacrificio nos ayudará —insistió el mayor—. Tu hermana vivirá, la manada estará a salvo, y tú, al fin, habrás servido para algo.
Sentí el estómago revuelto. No podía creer lo que me decían. Me levanté, dispuesta a irme, cuando la puerta se abrió.
Úrsula entró con esa mirada que siempre me ponía la piel de gallina.
—Escucha niñita —dijo arrogante—. quiero hacerte una oferta.
—¿Qué quieres?
—Si aceptas, convenceré al Alfa para que te dé su apellido. Serás reconocida como su hija legítima para la manada, con derechos, con nombre.
Y además… —su voz bajó— romperé tu maldición.
Sentí el corazón golpearme el pecho.
—¿Qué estás diciendo?
Úrsula sonrió con frialdad.
—Fui yo quien te maldijo, Ariadna. Lo hice cuando supe que existías. Eres el recordatorio del error más grande de mi esposo, y de su infidelidad, por eso se que tu maldición puede ser más poderosa que la del Alfa de la manada Roja, si haces lo que te pedimos, te liberaré de la maldición. Volverás a ser una loba normal y podrás casarte ¿No es lo que quieres?
Capítulo 119El dolor empezó como una presión, Luego se volvió algo que no podía controlar.Sentía que me partía por dentro. Como si cada contracción fuera a romperme en dos. Jorge me decía que respirara, que intentara mantenerme consciente, pero apenas podía escucharlo. El sonido de mi propia respiración era lo único que llenaba mis oídos.El dolor era más grande que cuando di a luz a Kaleb, no podía respirar, no podía hablar ¿Me iba a morir?—Ariadna, mírame —decía Kaleb—. Estoy aquí, mi amor los dos vamos a luchar por esto, te lo juro Intenté hacerlo, pero cada vez que abría los ojos, todo se movía, no podía abrir los párpados sin sentir que era un gran esfuerzo físico —No puedo… —murmuré.Otra contracción me dobló, como si me partiera el almaGrité, el dolor de la muerte me atravesaba.Sentía que mi cuerpo no iba a soportarlo. Que esto era demasiado. Que Jorge tenía razón desde el principio y que no iba a llegar al final. Que iba a morir antes de siquiera ver a mi hijo.El mied
Capítulo 118—No tienes que hacer esto —le dije sin moverme levantando las manosÚrsula no bajó el arma. Sus manos estaban firmes y seguras, como si hubiera estado esperando este momento durante años. Detrás de mí, Ulises seguía en el suelo, inconsciente. La sangre le corría por la sien y se mezclaba con la tierra húmeda del bosque. Quise acercarme a él, pero el cañón del arma se movió apenas me moví, obligándome a quedarme donde estaba.—Sí tengo que hacerlo —respondió con una sonrisa desquiciada —Después de todo lo que pasó… no tienes por qué arruinar tu vida por el odio, piensa en Cristal y en tus nietos Soltó una carcajada en medio de su desquiciada mente—¿Mi vida? Mi vida se arruinó el día que tu madre decidió quedarse con todo lo que yo quería, y luche para quitarle todo, pero tenía que aparecer la bastarda de su hija a quitármelo de nuevo ¡Maldito a tu madre y a ti!Sentí que la rabia me subía por el pecho.—Esto no tiene nada que ver con ella.—Tiene todo que ver. Verte fel
Capítulo 117Pasaron tres meses, donde la paz parecía gobernar todas las manadas, después del caos de todo lo que había sucedido, sentir que lográbamos recuperar la estabilidad era un premio cada día.No pensé que lo lograría pero mi embarazo seguía bien.No era fácil. Seguía cansándome rápido, y había días en los que levantarme de la cama me costaba más de lo que quería admitir. Pero gracias a las plantas medicinales que Jorge me daba cada mañana, parecía que mi cuerpo no estaba perdiendo energía como al inicio.No me sentía fuerte, tanto así que desde aquella batalla no había vuelto a ver a mí loba ni siquiera en mis sueños, Jorge me decía que quizás estaba descansando y que debíamos darle la energía necesaria. Yo también me sentía más fuerte pero no dejaba de sentir debilidad en mi cuerpo pero tampoco me sentía muriendo y eso ya era un regaloHades y Giselle querían casarse, no fue una sorpresa, después de que apareció el hilo rojo del destino en sus dedos, ninguno de los dos quis
Capítulo 116—No voy a abortar, ya lo hablé con Jorge y es una decisión tomada, Y te pido por el amor que me tienes que lo entiendas.Lo que había hecho mi vientre, ese ser que crecía dentro de mí había apoyado su hermano para ganar la batalla y yo no podía deshacerme de algo tan hermoso.Kaleb cerró los ojos un segundo, sé que estaba frustrado porque era exactamente lo que esperaba.—Ariadna… por favor Yo no quiero perderte.—No estoy dispuesta a perder a mi bebé —repetí, más firme—. No después de todo lo que hemos pasado. No después de saber que está ahí y qué es un ser poderoso y místicoSu mano apretó la mía.—Esto no es como con Ares —dijo—. Este embarazo te está drenando. Jorge me explicó todo, si sigues con él solo va a traer desgracias.—Entonces ya sabes que voy a luchar —respondí—. Contra lo que sea necesario, pero no voy a dejar que nadie me quite a mi bebé de nuevo.Hubo un silencio.Lo vi respirar hondo, intentando calmarse, Kaleb tenía esta batalla perdida—Voy a apoyart
Capítulo 115No sé en qué momento pasó todo, aún no reaccionaba cuando todo se volvió confuso.Un segundo estaba en el barro, sin poder respirar, viendo a Kaleb y a Hades rodeados… y al siguiente sentí que algo dentro de mí se movía.No fue dolor como en las otras ocasiones, Fue fuerza, una que no era mía.Ares, mi hijo estaba luchando para defender a su manada.Sentí su presencia antes de verlo. Como si el vínculo que nos unía se tensara hasta doler. Levanté la mirada apenas y lo vi correr hacia el frente, soltándose de los brazos de Ulises que intentaba detenerlo.—¡Ares! —escuché gritar a Cristal.Pero ya era tarde, su cuerpo cambió en medio de la carrera.Sus huesos crujieron. Su piel se estiró. Su grito se volvió un rugido que no sonaba como el de ningún otro lobo que hubiera escuchado antes.Cuando su forma terminó de cambiar… no era un lobo normal, Era enorme, más grande que cualquier Alfa.Su pelaje era oscuro, casi negro, y sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo te
CAPITULO 114—Tengo que ir —dije apenas Ulises abrió un poco la salida de la cueva para mirar afuera.Cristal se puso frente a mí como si pudiera detenerme con su cuerpo.—No —me dijo—. Ni siquiera estás aún sana, te puedes desmayar de nuevo.Yo intenté enderezarme, pero el mareo me golpeó. Me apoyé en la pared y respiré por la nariz. Me ardía la garganta.—Ariadna, mírate —insistió Cristal.Había un pedazo de metal tirado en el suelo, parte de una armadura. Lo levanté y vi mi reflejo. Me dio rabia. Estaba pálida, con los ojos hundidos y los labios casi blancos. Parecía una extraña sombra. Una loba que no debería estar de pie.—Sí, me veo mal —admití—. Pero si me quedo aquí, se mueren allá afuera.Giselle, que abrazaba a los niños con el cuerpo, habló con la voz rota.—Entonces déjame ir a mí. Me entrego a Lucius. Que pare la guerra. Esto empezó por mi culpa.Me giré hacia ella de inmediato.—No digas eso —le respondí—. Esto no empezó por ti, y deja de pensar que entregarte a Lucius e
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