Mundo ficciónIniciar sesiónSelene siempre fue considerada defectuosa.Sus mechones blancos eran motivo de desprecio, su incapacidad para transformarse, una vergüenza para cualquier manada. A los quince años perdió su memoria tras un ataque brutal. A los dieciocho, fue rechazada públicamente por el alfa destinado a ser su compañero… y castigada por existir. Torturada, humillada y marcada como débil, Selene huye al bosque prohibido, solo para caer prisionera del Rey de los Hombres Lobo. Aeron, el Alfa de Alfas, reconoce de inmediato lo que ella es: una loba antigua, poderosa… y su segunda oportunidad como compañera. Mientras Selene lucha por recuperar su lobo y su fuerza, Aeron combate contra su propio instinto: marcarla, reclamarla, hacerla suya… o darle el tiempo y el amor que nadie más le dio jamás. Porque a veces, la loba más peligrosa… es la que fue obligada a creer que no valía nada.
Leer másEl agua estaba helada cuando Selene hundió las manos en el arroyo.
El frío le mordió la piel, pero no se permitió retirarlas. El dolor era familiar. Preferible al recuerdo borroso que siempre amenazaba con volver cuando cerraba los ojos.
—Más rápido —gruñó una voz detrás de ella—. ¿O también te cuesta lavar?
Selene apretó los dientes y siguió restregando la tela contra la piedra, ignorando al grupo de chicos que había aprovechado encontrarla en su camino para reírse de ella un rato. La camisa estaba manchada de sangre seca y sudor. No preguntó de quién era. Nunca lo hacía. Sabía que hacer preguntas solo le traería más problemas.
La risa de uno de los jóvenes lobos resonó a su espalda.
—¿De verdad creen que pueda tener un compañero algún día? —dijo—. Es una inútil. Ni siquiera puede lavar bien una camisa. Sería una maldición estar atado a algo tan desagradable.
Las palabras ardieron más que el agua helada, pero Selene no podía decir nada. Ni siquiera podía permitirse mostrar su dolor.
Mantuvo la cabeza baja. Siempre lo hacía. Había aprendido que levantar la mirada, responder o siquiera tensar los hombros era suficiente para provocar un castigo. Allí, para ella, la sumisión era la única forma de sobrevivir.
Sus mechones blancos cayeron sobre su rostro, mezclándose con su cabello oscuro y sucio. No eran muchos, pero destacaban demasiado. Siempre lo hacían.
—Su cuerpo está defectuoso —continuó otro, señalando su pelo—. ¿Qué tan débil tiene que ser alguien para que ni siquiera su cabello sea normal?
Las risas se multiplicaron.
Selene cerró los ojos.
No recordaba a su familia.
No recordaba su manada. No recordaba su infancia. No recordaba quién era. No recordaba cómo había llegado allí.Solo recordaba el dolor…
y la sensación constante de que algo dentro de ella estaba roto.Mi lobo, pensó, como siempre.
¿Todavía estás ahí? ¿O vos también me abandonaste?El silencio respondió.
No había aullidos en su mente.
No había fuerza. No había calor. No había nada.Solo un vacío que la hacía sentir incompleta… menos que los demás.
—¡Selene!
La voz del alfa atravesó el aire como un látigo.
Ella se puso de pie de inmediato, con las manos entumecidas y la espalda rígida, e inclinó la cabeza sin levantar la vista.
—Aquí, señor.
El alfa la observó con desprecio. Sus ojos recorrieron su figura delgada, las cicatrices mal curadas, la postura encorvada de alguien que había aprendido a hacerse pequeña.
—Hoy entrenan los jóvenes —dijo—. Tú limpiarás el patio y luego servirás en el salón durante el banquete. No quiero verte estorbando.
—Sí, señor —respondió ella en un susurro.
Mientras se alejaba, Selene no vio las miradas que se cruzaban detrás de su espalda.
—Hoy cumple dieciocho.
—¿En serio? —Sí. Esta noche, durante el banquete, se sabrá si alguien la reclama… o si se confirma lo obvio y ni siquiera es digna de una pareja.Selene sintió un escalofrío recorrerle la piel.
No sabía por qué.
Pero algo en su pecho —una presión desconocida, casi dolorosa— le advirtió que aquella noche cambiaría su vida.
Y que, pasara lo que pasara…
no sería para bien.Selene despertó con la sensación de estar cayendo.El cuerpo le dolía en lugares nuevos y viejos a la vez. No podía moverse. No del todo. Algo firme la sujetaba por los brazos y las piernas, manteniéndola estable, elevada del suelo.El olor fue lo primero que reconoció.Metal.Cuero.Sangre vieja.Abrió los ojos con esfuerzo. No estaba sola.Cuatro hombres lobos la rodeaban. No vestían como los miembros de una manada común. Llevaban armaduras oscuras, marcadas por golpes y cortes reparados a medias. Sus armas estaban a mano, visibles, como una advertencia constante.Soldados.Selene intentó incorporarse de golpe pero un dolor agudo la atravesó y un gruñido escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.—Tranquila —ordenó una voz grave—. No te muevas.La voz no era cruel. Tampoco amable.Era cautelosa.—Está despierta —dijo otro—. Y sigue viva. Eso ya es raro.Selene parpadeó, intentando enfocar. Estaba recostada sobre una camilla improvisada, hecha con ramas y pieles tensadas.
El bosque no solo la recibió, la envió rápidamente, cubriendo sus pisadas, sus ruidos, su olor, sus deseos y sus miedos.Selene corrió sin rumbo durante los primeros minutos, con el corazón golpeándole las costillas y el aire rasgándole la garganta. Las ramas le arañaban la piel expuesta, las raíces intentaban hacerla tropezar, pero no se detuvo. No se permitió mirar atrás. No se permitió pensar. No se permitió sentir el dolor. No se permitió reconocer el cansancio que salio por sus huesos.Solo podía avanzar, su vida dependía de eso.Pero el dolor volvió pronto, como una marea inevitable, imposible de ignorar. Cada paso hacía protestar a su espalda, a sus costillas y a sus piernas temblorosas. La sangre, aún fresca en algunas heridas, se mezclaba con el sudor, el barro y los desechos del pozo.Cuando el cansancio la alcanzó, no fue de golpe. Fue traicionero, poco a poco, invadiendo su cuerpo hasta llevarlo al limite.Primero el mareo que la hubiera hecho vomitar si hubiera tenido alg
Selene despertó con el cuerpo rígido y la mente extrañamente clara.El dolor seguía ahí. Cada respiración le tironeaba la espalda, y el simple acto de abrir los ojos fue suficiente para recordarle dónde estaba. La celda era pequeña, húmeda, iluminada apenas por una rendija alta por la que entraba una línea pálida de luz.No se movió de inmediato.Escuchó.Goteo.Silencio.El eco lejano de pasos que no se acercaban.Estaba sola.Cerró los ojos un momento más, y entonces lo sintió.No fue una voz.No fue un pensamiento propio.Fue una presencia.Débil, herida… pero real.Estoy acá.El reconocimiento la golpeó con más fuerza que cualquiera de los castigos.No estás rota, recordó. Estás incompleta.El recuerdo del sueño se mezcló con la realidad. El pelaje blanco, el brillo plateado, la sensación de calor en el pecho. Selene apoyó la mano contra su esternón, como si pudiera encontrar allí a su loba.—No sé cómo ayudarte —susurró—. Pero no quiero perderte otra vez.Un leve pulso respondió.
El dolor ya no estaba.Eso fue lo primero que Selene notó.La oscuridad que la envolvía no pesaba como antes. No apretaba el pecho ni quemaba la piel. Era densa, sí, pero tranquila… como una noche sin luna.Flotaba.No sentía su cuerpo. No sentía frío ni hambre ni los latidos desordenados del miedo. Solo una calma extraña, desconocida.—¿Estoy… muerta?Su voz no salió de su garganta. Simplemente existió.La oscuridad se movió.No se abrió como una puerta ni se disipó como niebla. Se replegó, como si algo respirara dentro de ella.Entonces lo vio.Un claro, un espacio circular cubierto de ceniza plateada. El cielo sobre ese lugar no era negro ni azul, sino de un gris suave, luminoso. No había estrellas. No había sol.Y en el centro…Una loba.Era grande, pero estaba recostada sobre el suelo, el cuerpo tenso, una de sus patas delanteras doblada en un ángulo imposible. Su pelaje era blanco. No un blanco puro ni frágil, sino denso, antiguo, como la nieve bajo la luz nocturna. Sobre él se
Selene despertó con un dolor sordo extendiéndose por toda la espalda.No abrió los ojos de inmediato. Aprendió que hacerlo demasiado rápido solo hacía que el mundo girara y que el dolor se volviera insoportable. El suelo estaba frío. La piedra le mordía la piel a través de la ropa húmeda.Intentó moverse pero un latigazo de dolor la obligó a gemir.—Miren —dijo una voz cercana en tono burlon—. Ya despertó.Selene apretó los labios para no emitir ningún sonido más. No quería darles ese placer.Un cubo de agua helada cayó sobre su cabeza. El impacto la hizo jadear. El frío la atravesó hasta los huesos y la obligó a incorporarse a medias, temblando, con los brazos inútiles.—De pie.No lo consiguió.Como consecuencia, el primer golpe llegó sin advertencia.No fue fuerte, pero sí preciso. Un golpe seco en la espalda que le arrancó el aire de los pulmones. Selene se encorvó instintivamente, protegiéndose como pudo.—Te dije que te levantes.El segundo golpe fue más duro.Selene gritó.El s
El rechazo todavía flotaba en el aire cuando Selene sintió que el mundo comenzaba a inclinarse.No fue inmediato. El dolor no llegó como un golpe, sino como una grieta que se abrió lentamente en su pecho.—Entonces lo rechazo.Las palabras de Darian seguían resonando, claras, firmes… definitivas.Por un segundo, nadie habló. Luego, el murmullo explotó.—¿Eso era todo?—¿Esa cosa era su compañera?—Qué humillación para la manada.—Con todas las lobas fuertes y hermosas en la manada, ¿la diosa nos da eso como Luna?Selene intentó respirar, pero el aire parecía no llegar a sus pulmones. El calor que había sentido antes se volvió ardor, un fuego que le quemaba desde adentro, como si algo invisible estuviera siendo arrancado de raíz.—Mírenla —se burló una voz femenina—. Ni siquiera puede sostenerse en pie.Selene temblaba. Sus manos se aferraron al suelo de piedra, buscando un apoyo que no encontraba.—Siempre supe que estaba rota —dijo otro—. Esto solo lo confirma.Las risas fueron más f
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