Mundo ficciónIniciar sesiónCamila siempre creyó en el amor destinado. Creció viendo a sus padres amarse con la intensidad de dos almas gemelas. Para ella, el amor era eterno, inquebrantable y capaz de vencer cualquier obstáculo. En el mundo de los lobos, donde los instintos guiaban el corazón, encontrar a la pareja destinada era el mayor regalo que podía recibir una persona. Soñó con un alfa que la eligiera una sola vez y para siempre. Pero los sueños no siempre sobreviven a la realidad. La vida le enseñó que no todo hombre que promete amor está destinado a quedarse. Hay personas que llegan únicamente para dejar cicatrices, romper ilusiones y convertir el corazón en un campo de batalla. Camila aprendió esa lección de la forma más cruel. El hombre al que entregó su vida no solo destruyó su confianza, también apagó a la joven que alguna vez creyó en los cuentos de hadas. Entre mentiras, celos y traiciones, aquel matrimonio terminó convertido en una prisión de la que escapó con el corazón hecho pedazos, pero con la frente en alto. Desde entonces decidió no volver a amar. Construyó un mundo donde solo existían sus hijos, su trabajo y la fortaleza que había levantado para no volver a ser lastimada. Se convirtió en una omega respetada, admirada por su inteligencia y su carácter, una mujer que ningún alfa podía ignorar y a la que nadie se atrevía a subestimar. Pensó que el pasado había quedado atrás. Pensó que ya no existían sentimientos capaces de romper los muros que había levantado. Se equivocó. Porque el destino nunca olvida a quienes realmente pertenecen el uno al otro. Y cuando el verdadero alfa apareció en su camino, Camila comprendió que el amor no siempre llega primero... pero cuando llega, es imposible escapar de él.
Leer más—Ja, ja, ja, ja, ja... esposo mío... —río, escribiendo en su corazón el final de lo que alguna vez creyó que sería un cuento de hadas.
Aun así, no pudo huir del dolor que se formó en su pecho. Su omega lloraba desconsoladamente en su interior por el rechazo que su alfa le estaba mostrando.
Aquella risa sonó más como una burla hacia sí misma que hacia las omegas que tenía frente a ella. Nunca había sido una mujer dominada por sus emociones, pero su matrimonio había logrado sacar la peor versión de ella.
Había soñado toda una historia de princesas y reinos encantados, sueños que terminaron convertidos en una espesa bruma negra que congeló su corazón hasta hacerle imposible sentir a su loba.
Si alguna vez creyó que su matrimonio tendría un final feliz, estaba completamente equivocada.
Y lo que acababa de escuchar solo confirmaba aquella dolorosa realidad.
Tiempo atrás...
Camila era una omega fuerte, decidida y con los pies bien puestos sobre la tierra. Con tan solo diecinueve años se casó con el alfa que ella creía era el amor de su vida, el hombre con quien soñaba envejecer.
Pero, como toda historia tiene un final, su matrimonio terminó incluso antes de que ella pudiera entrar al castillo y conocer realmente a su supuesto príncipe azul.
Se casó profundamente enamorada, ciega ante todo lo que ocurría a su alrededor y sin notar los planes que la familia de su esposo tejía para separarlos.
Desde el primer momento en que puso un pie en la casa de su alfa supo que no era bienvenida. Sin embargo, jamás imaginó hasta dónde serían capaces de llegar con tal de destruir su matrimonio.
El día que lo conoció fue como vivir un sueño.
Amor a primera vista.
Los latidos de su corazón se aceleraron de una forma que jamás había experimentado. Su aroma penetró hasta lo más profundo de su ser, provocando que sintiera cómo su celo amenazaba con despertar.
Era un alfa de piel clara, ojos marrones intensos, inteligente, elegante y millonario. Para muchas omegas era el hombre perfecto.
Para Camila...
Era el amor de su vida.
Como estudiante de Derecho, Camila asistió junto a sus compañeros de aula a un campamento donde participarían en diversas actividades relacionadas con el cuidado del medio ambiente. La actividad tendría una duración de siete días.
Dos empresas patrocinaban el evento.
La primera era Center, una reconocida cadena de centros comerciales nacionales e internacionales.
La segunda era la firma de arquitectos Diseños Lison, propiedad de un joven alfa que hacía suspirar a cualquier omega o beta que lo viera.
Y Camila no fue la excepción.
Su presencia, elegancia y atractivo bastaron para que, sin darse cuenta, comenzara a enamorarse perdidamente.
—Buenos días, jóvenes. Acérquense, por favor. Se les informará la secuencia de las actividades y también se les asignarán los grupos —anunció una beta, encargada de la universidad y responsable de que todo se desarrollara sin inconvenientes.
Los estudiantes caminaban por los alrededores cuando escucharon el llamado. Poco a poco comenzaron a reunirse.
Algunos apenas podían mantenerse despiertos a pesar de estar de pie.
—Bien, ya estamos todos aquí.
La encargada revisó los documentos que llevaba entre las manos antes de continuar.
—Como ya mencioné, se les asignarán grupos. Ustedes son treinta estudiantes, por lo que se formarán seis equipos de cinco integrantes. Como también saben, hay dos empresas patrocinadoras; por lo tanto, tres grupos trabajarán con una empresa y los otros tres con la segunda. Tienen cinco minutos para entregarme la lista de integrantes de cada equipo y elegir a un coordinador.
Después de dar las indicaciones, caminó hasta uno de los grupos.
—Señorita Camila, usted no podrá ser coordinadora. Se le asignará otra función.
Las protestas no tardaron en escucharse.
Camila, en cambio, solo soltó una pequeña risa al ver lo dramáticos que podían llegar a ser sus compañeros.
—Otra cosa. El joven alfa Quisquén no podrá formar parte de la empresa Center.
Todo su grupo estalló en carcajadas al ver la expresión de cachorro regañado que puso el pequeño alfa, quien siempre estaba bajo la protección de Camila.
—¿Pero por qué, mis? Prometo portarme bien —protestó Eduardo.
—Joven alfa, usted ya conoce la respuesta. No hay lugar para reclamos.
La encargada respondió sin prestar demasiada atención a sus quejas.
—Mis, tengo una pregunta —intervino Camila, incapaz de resistirse a molestar un poco a su amigo.
—Dígame, señorita Camila.
—Si Eduardo no puede estar en la empresa Center... ¿puedo cambiarme yo también de equipo?
La expresión de Eduardo fue todo un poema.
Jamás esperó escuchar semejante propuesta.
—¡Claro que no! —respondió antes de que la encargada pudiera abrir la boca.
Camila lo ignoró por completo.
—¿Y usted qué dice, encargada?
La beta sonrió divertida.
—Sí puede, señorita.
El rostro de Eduardo pasó del alivio al horror en cuestión de segundos.
—¡Claro que no! —contestó Eduardo antes de que la encargada pudiera pronunciar una sola palabra.
—¿Y usted qué dice, encargada? —preguntó Camila, ignorando por completo la respuesta de Eduardo.
—Sí puede, señorita —respondió la encargada, divertida por la situación.
—¡Camila, ni se te ocurra! O haré que regreses caminando.
El rostro de Eduardo se iluminó, convencido de que había ganado.
—Eduardo, bebé, si quieres que tu princesa te castigue, entonces deja que me vaya caminando.
Aquellas palabras fueron suficientes para dejarlo sin argumentos.
—Tramposa... —murmuró indignado unos segundos después.
Todos soltaron una carcajada, sobre todo quienes conocían a la famosa "princesa".
Camila rio junto con ellos.
—Está bien, está bien... no te abandonaré.
Le encantaba molestarlo.
—Bueno, señor Quisquén, como usted no puede estar en la empresa de su padre, vamos hacia el otro lado. Pero antes entregue la lista a la encargada. Usted será el coordinador del grupo.
—¿Y por qué yo? —preguntó haciendo un puchero. Aún seguía resentido por la broma de Camila.
—Porque Camila no puede ser coordinadora —respondió una de las omegas del grupo.
—Exactamente, Eduardito.
Camila sonrió antes de adelantar el paso junto con los demás.
—Es injusto... —refunfuñó Eduardo mientras caminaba hacia donde estaba la encargada.
—Señorita, aquí está la lista.
Le entregó la hoja con los nombres de todos los integrantes.
—Perfecto, joven Quisquén. Ya sabe dónde debe dirigirse, ¿verdad?
—Aún no entiendo por qué...
Eduardo seguía con su berrinche. Cuando quería, podía comportarse como un verdadero niño. Quienes no lo conocían dudaban incluso de que fuera un alfa. Si no fuera por su aroma y porque tenía pareja, cualquiera habría pensado que era un omega.
La encargada negó con la cabeza.
—Joven alfa, vaya con su grupo.
Cuando Eduardo regresó, todos sus compañeros ya estaban reunidos.
Solo faltaba el representante de la empresa Diseños Lison.
—¿Cami, qué pasa? —preguntó al notar que nadie comenzaba las actividades.
—¡Eduardo! Ya llegaste.
Ella dio un pequeño salto por la sorpresa.
—Sí, llegué.
—¡Ja, ja, ja! Me asustaste, tonto.
—¿Entonces? Nada empieza.
—No, Eduardito. Estamos esperando al representante de la empresa. Después nos asignarán las actividades.
—Está bien... —respondió sin mucho entusiasmo.
Transcurrieron alrededor de diez minutos cuando una omega de piel morena y perfectamente uniformada, con el emblema de Diseños Lison bordado en el pecho, se acercó hasta ellos.
—Buenos días, chicos. Mientras esperamos al representante, iremos asignando las actividades. Ha tenido un pequeño inconveniente y llegará en unos minutos. Según el registro, ustedes son quince integrantes, ¿verdad?
Todos asintieron.
Una vez organizadas las tareas, comenzaron a llegar los demás representantes de la empresa, quienes serían los encargados de supervisar que todo se desarrollara sin inconvenientes.
—Cada equipo se identificará con un color. Los coordinadores, por favor, acérquense para escoger el suyo.
Los representantes obedecieron.
—Equipo Montenegro.
—Rojo.
—Equipo Purisaca.
—Azul.
—Equipo Quisquén.
—Amarillo.
—Perfecto. Ahora se les asignará un supervisor. El equipo rojo trabajará con la beta María Ayala. Equipo azul, conmigo...
La omega hizo una pequeña pausa.
—Equipo amarillo... esperen un momento, por favor.
El responsable de ese grupo aún no llegaba y las actividades no podían seguir retrasándose.
—¿No tenemos supervisor? —preguntó uno de los integrantes.
—Primero huérfanos de amor y ahora también de supervisor... —bromeó Eduardo, provocando varias risas.
—Huérfano tú. Yo tengo a mi omega a mi lado.
Su amigo respondió mientras abrazaba orgullosamente a su novia.
Eduardo soltó un largo suspiro.
Aunque su relación era tan estable como siempre, él era un alfa extremadamente cariñoso y consentido. Su pareja tampoco se quedaba atrás.
—Equipo amarillo, acérquense.
La voz de la omega hizo que todos dirigieran la mirada hacia ella.
—Mientras llega el supervisor asignado, el señor Lison estará a cargo de ustedes.
Nadie imaginó que aquella simple decisión cambiaría el destino de dos personas para siempre.
La puerta de la casa prefabricada de la empresa comenzó a abrirse lentamente.
El silencio se apoderó del lugar.
Todos fijaron su atención en la figura que aparecía al otro lado.
Para Camila...
Fue como comenzar a soñar despierta.
Por primera vez en su vida, sus ojos quedaron completamente atrapados por un alfa.
Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Sin proponérselo...
Se enamoró.
En cuanto llegaron a la clínica, buscaron desesperadamente al primer miembro del personal médico que encontraron.Dos enfermeras acudieron de inmediato con una camilla.—¿Qué ocurrió con la paciente? —preguntó una de ellas mientras comprobaba sus signos vitales y la conducía hacia el área de emergencias.Eduardo respiró hondo antes de responder.—Estaba llorando... y, de un momento a otro, perdió el conocimiento.La enfermera continuó revisándola.—¿Ha estado sometida a mucho estrés o presión en los últimos días?Eduardo dudó.—Yo...No sabía cuánto debía contar.Sofía intervino enseguida.—Sí, enfermera. Ha pasado por situaciones muy difíciles durante estos últimos días. Ha estado bajo mucha presión emocional.La enfermera asintió con seriedad.—Entiendo. Hasta aquí pueden acompañarla. Nosotros nos encargaremos del resto. Apenas tengamos noticias, saldremos a informarles.Las puertas de emergencias se cerraron frente a ellos.Los tres permanecieron inmóviles.El silencio que quedó en
Su cuñada soltó una risa cargada de desprecio.—¿Y con qué dinero? Si no tienes dónde caerte muerta.Camila la miró con serenidad.—Cuñada, tú no sabes absolutamente nada de mí. Cuando dije que no necesito el dinero de nadie, hablaba muy en serio.León dio un paso al frente.—¿Qué fue exactamente lo que descubrió tu familia sobre mí?Ella sonrió con amargura.—Nada que te interese.Tomó aire antes de continuar.—Con permiso. Su circo ya me aburrió. Yo sí tengo responsabilidades mañana y necesito descansar.Sin esperar respuesta, caminó hacia la habitación que compartía con su esposo.León fue tras ella.La puerta apenas se cerró cuando volvió a hablar.—Camila, vas a explicarme eso de que tu familia me investigó.Ella dejó la mochila sobre una silla y se volvió lentamente.—Nunca dije que yo te mandara investigar. Mi familia lo hizo. No porque desconfiaran de mí, sino porque querían saber con quién me estaba casando.Lo observó unos segundos.—No les caes bien. Pero, al menos, jamás i
Camila sintió cómo algo dentro de ella se hacía pedazos.Un dolor agudo atravesó su pecho, dejándola sin aire. Su omega gimió con tristeza, incapaz de soportar la escena que tenía frente a sus ojos.La mujer sentada sobre el regazo de León reía con total confianza, mientras él no hacía el menor intento por apartarla.Camila permaneció inmóvil unos segundos.Esperó.Esperó que León la alejara.Que dijera algo.Que, al menos, se diera cuenta de que ella estaba allí.Pero nada ocurrió.Su corazón terminó por romperse.Sin hacer ruido, dio media vuelta y abandonó la biblioteca.No tenía derecho a interrumpir una reunión para la que jamás había sido invitada.Subió lentamente a la habitación intentando controlar las lágrimas que amenazaban con salir.Recordó entonces las palabras del abogado Cervantes.Él le había encargado a ella y a Eduardo hacerse cargo del caso de Sofía para regularizar toda la documentación del edificio que su padre le había regalado.Debían comenzar al día siguiente.
León llegó a casa a media tarde. Había olvidado unos documentos importantes y decidió regresar antes de volver a la oficina.Apenas cruzó la puerta, encontró a su madre y a su hermana conversando animadamente en la sala.Al verlo, su madre se levantó de inmediato y caminó hacia él con una sonrisa demasiado amable.—Tu esposa no está en casa, hijo.León arqueó una ceja.—Lo sé, madre.Respondió con tranquilidad mientras dejaba el maletín sobre una silla.—Sé perfectamente dónde está.—¿Ah, sí?La mujer fingió sorpresa.—Entonces también sabes que salió con un hombre.León dejó de buscar los documentos por un instante y la miró.—Está con su amiga. Seguramente viste al taxista que la recogió.Su madre soltó una leve risa.—No, hijo. El vehículo que pasó por ella no era un taxi.León frunció ligeramente el ceño.—¿Qué estás insinuando?Ella alzó las manos con aparente inocencia.—Nada. Solo pensé que debías saberlo, por si la estabas buscando.León sostuvo su mirada durante unos segundos
Último capítulo