Mundo ficciónIniciar sesiónHoy me ejecutarán frente a los nobles del reino. De alguna forma me encontré en un banquete sangriento, los asientos a mi alrededor ocupados por mi próxima familia política... todos muertos. Y en mi mano, un cuchillo cubierto por su sangre. Tuve un juicio, por supuesto, en donde ni siquiera tuve la oportunidad de defenderme o buscar a los verdaderos traidores. Traidores cuyos oscuros planes iban más allá que solo mi muerte. Así que mientras el filo de la guillotina resplandecía grité al cielo por un maldito milagro y la oportunidad de poder salvar a mi pueblo. Y el cielo respondió. Ahora, con la ayuda de mi mejor amigo, debo huir al reino cercano para salvar mi vida y encontrar las respuestas a los misterios de ese día: ¿Quién asesinó a la familia real? ¿Por qué no puedo recordar nada? y ¿Por qué no puedo contactar con mi loba o transformarme después de eso?
Leer másPor Emanuel
Estaba esperando que se abriera el portón del garaje de la casa de mi padre, cuando en la puerta de la casa de nuestros vecinos, veo a Solange, charlando, como siempre con Morena, su amiga.
Digo como siempre, pero me refiero a que ellas son amigas desde que las conozco, sin embargo, hacía muchos años que no veía a la señorita maleducada.
Aunque en su momento le hice tragar toda su estupidez.
Miré de reojo, seguía siendo bella, bellísima, sexi, sensual y todos los adjetivos que se me pudieran ocurrir, pero también era malcriada, déspota, antipática, y terriblemente estúpida.
Ya se lo dije una vez, era la tonta que vivía al lado de la casa de mis padres.
Si bien hacía muchos años que no la veía, estaba seguro de que seguía siendo igual que antes.
Morena se despidió de ella en el momento en que yo estaba entrando a la mansión familiar.
-Hola mamá ¡Feliz cumpleaños!
-¡Gracias! Te esperaba por la noche, con Gloria.
-Quedate tranquila, que ella va a venir, yo pasé un momento, por si necesitaban algo.
Digo mientras le entregué un hermoso ramo de rosas rosas, las preferidas de mi madre.
-Hijo, siempre sos maravilloso.
Mi madre realmente cree que soy el mejor del mundo, siempre nos adoró, tanto a mi hermano como a mí, aunque con Ricky están algo distanciados.
Él se abrió camino por su cuenta con otra empresa, lejos de nuestro rubro y si bien colabora con la empresa familiar, no es constante y discute bastante con mi padre por ese asunto.
Ricky es socio de una importante cadena de gimnasios, que se hallan dispersos en los puntos top de toda la capital y en las ciudades más importantes del país, siempre en barrios cerrados o de cierta categoría.
Sus gimnasios son reconocidos en muchos aspectos y las cuotas que cobraban no las podían pagar cualquier empleado.
A mi padre le molestaba que en lugar de dedicarse en un 100% a nuestros negocios, haya prescindido, en parte, de nosotros.
Hace mucho que pienso que Ricky está ocultando algo, o que ese tema va a ser la ruptura de nuestro grupo familiar.
Por mi parte, tampoco puedo decir mucho.
Me ponen como ejemplo en las empresas, pero mi vida privada es un fracaso total, cubierta de desesperanza.
Me casé con la mujer que me impusieron mis padres, fusionamos varias empresas con los padres de mi esposa.
Sin embargo, puedo decir que yo le tenía cierto cariño, no puedo decir que estaba enamorado como un loco por ella, aunque en un momento creí que habíamos logrado cierta armonía.
Nos casamos porque ella estaba embarazada, mejor dicho, adelantamos el casamiento por ese motivo, porque de todas maneras nos hubiésemos casado igual.
Todo marchaba medianamente bien.
Cuando me casé tenía 23 años recién cumpliditos y un flamante título de abogado, mi mujer era hermosa, su familia era la ideal para unirnos a ella, aunque luego descubrimos que no lo era tanto, ya que estaban casi en la ruina y pretendieron engañarnos.
Claro que yo, personalmente, le levanté todos los muertos, como se dice normalmente, es decir, pagué unas cuantas deudas millonarias, aunque eso no fue gratis para ellos, porque hoy por hoy, el 80% de sus acciones, están a mi nombre.
Claro que al estar casado con Gloria, todo quedaba en familia…
Nació mi hijo, y todo marchaba aparentemente bien, el primer año de matrimonio creí que esa era mi vida ideal, hasta que me enredé con una secretaria de una de mis empresas.
Mi hermano apenas aparecía por el lugar y mi padre me permitía hacer y deshacer.
Fue un amorío de paso, pero me sirvió para darme cuenta de lo aburrido que era mi matrimonio y de lo fría que era, últimamente, Gloria en la cama.
Cuando lo pensé dos minutos, creo que ella cambió desde el momento en que quedó embarazada.
Recuerdo que al principio pensé que era por su estado, pero luego de que naciera Bruno, nada cambió.
No nos llevábamos tan bien, aunque su familia parecía adorarme, claro, los salvé de la ruina y su hija estaba casada con un hombre que se hizo cargo de la situación, ella vivía como una reina y nos presentamos juntos en todos los eventos familiares y sociales.
Todo marchaba medianamente bien, aunque yo, con mucha discreción, cada tanto me tiraba una cañita al aire.
En mi casa, Gloria era la gran señora, una dama que siempre estaba impecable, se ocupaba de nuestro hijo, que lamentablemente era un niño bastante débil, solía enfermarse a menudo y hemos pasado muchas madrugadas con nuestro pequeño en una clínica, hasta que se mejoraba, pero nunca lo hacía en un 100%, solía tener recaídas y los médicos no encontraban la razón.
Suponía, en ese momento, que eso, en parte, también desgastó nuestro matrimonio.
Hasta que en una de sus internaciones, nos llegó la peor de las noticias, tenía una especie rara de leucemia, que no era detectable a simple vista o con unos pocos análisis, es que cada vez profundizaban más los estudios, porque estábamos todos preocupados, incluso los médicos.
-Solamente el 10% de los niños tiene este tipo de leucemia.
Dijo el médico que estaba hablando con nosotros, estábamos los dos devastados.
-El niño se va a salvar, pero requiere un trasplante alogénico, de un donante, es decir de uno de sus progenitores hematopoyéticos.
Prosiguió hablando el médico que era el especialista en ese tipo de enfermedades.
-Su hijo tiene leucemia linfoblástica aguda, también llamada, LLA.
-Usted dijo que se podía salvar si los donantes somos algunos de nosotros dos.
Le dije al médico.
-Sí, es cuestión de hacerles los análisis para saber quién de los dos es compatible.
Gloria estaba muy pálida y temblaba, no era para menos, nuestro pequeño hijo estaba muy grave.
Nos hicimos ambos los análisis correspondientes.
Entiendo que apuraron los resultados.
Estábamos en la habitación con nuestro retoño, cuando se acercó el médico y nos pidió, menos amable que de costumbre, que fuéramos a su consultorio.
-Señores no me gusta perder tiempo.
No entendí su comentario.
-¿Son los progenitores?
Gloria se retorcía las manos, y yo, como un imbécil, no entendía porque estaba de repente tan nerviosa.
-Sí.
Le contesté con seguridad.
El médico solamente miraba a Gloria.
-¿Sabe que está en riesgo la vida de su hijo, qué pende de un hilo?
Le preguntó casi furioso.
Gloria lloraba sin control.
-Señora ¿Es consciente de que la vida del niño pende de un hilo?
Repitió.
-No entiendo.
Le dije al médico y yo tampoco estaba siendo amable.
Él profesional sacó unos papeles de una carpeta que estaba en su escritorio.
-Señora, usted es sumamente egoísta.
-¿Qué sucede? ¿Por qué trata así a mi esposa?
El médico osa sonreír casi con desprecio.
-Estos análisis no mienten.
Dice con un gesto grave.
-¿Habla usted o lo hago yo?
Le preguntó el médico a Gloria, casi sin paciencia.
-Lo lamento…
Me dijo Gloria.
-¿De qué estás hablando?
-Pensé que iba a ser yo la que pudiera brindarle todo para el trasplante.
-No te preocupes, no sos menos madre por eso, yo…
Le dije para contenerla.
-Señora, ya basta de perder tiempo, ¡Es la vida de su hijo!
-Ema… no sos el padre de Bruno.
Dijo bajando su cabeza.
-¿Qué?
Eso no me cabía en la cabeza.
Me casé con ella por cientos de acuerdos económicos, sí, que al final muchos fueron puro engaños.
Pero también lo hice porque ella estaba embarazada.
¿Todo fue un engaño?
¿Nos vieron la cara a mi familia y a mí?
Recuerdo haber mirado a Gloria con mucha bronca y que pese a no ser el padre de Bruno, sólo pude pensar en esa criatura, que sentía como si fuera mi verdadero hijo.
-¡Llamá ya al padre! ¡Que se haga cargo de Bruno!
-Es que no sé si va a querer…
Me dijo llorando.
-¿Sos idiota? No es cuestión de que quiera o no, es la vida de su hijo.
Dije con odio, antes de salir del consultorio.
En ese momento tuve ganas de irme al diablo, pero lo pensé dos segundos y volví a la habitación del niño, que no tenía la culpa de nada.
Mi suegra no entendía mi cara, yo ni siquiera la miré.
Gloria apareció al rato y le pidió a su madre que nos dejará solos, que necesitaba hablar conmigo.
-Que tu madre se quede, que lo sepa.
Gloria terminó confesando la verdad.
Horas después apareció el padre de Bruno, yo me fui, no tenía porqué compartir nada con ellos.
El pequeño se salvó, gracias a Dios.
Era un angelito, que no tenía la culpa de nada.
Realmente estaba impactado por la noticia, pero lo que más me enfureció fue que Gloria pretendió ocultar la verdad a pesar de la salud de su hijo.
Prefirió llevar todo hasta las últimas consecuencias.
Al padre yo lo conocía de vista, era un “amigo” de ella.
Ya poco me importaba, mi orgullo estaba herido, no por amor, la despreciaba demasiado para que me duelan sus mentiras, me molestaba que expuso, por el tiempo que perdió, a Bruno.
Gracias a Dios el niño se salvó, mi matrimonio está en veremos, porque aunque pasaron algunos años de ese momento, nunca me divorcié, había mucho en juego y decidí acomodar todo los papeles primero.
Sé que cada día que pasa, Gloria se pregunta si es el último día en nuestra casa y ese es el peor castigo que le puedo brindar, ella adora mi mansión, porque en realidad, hasta esa casa que alguna vez estuvo a nombre de los dos, ya no lo está.
Estamos en el último tramo de todas las negociaciones, Gloria está a punto de quedarse en la calle.
Perdió hasta lo poco que aportó al matrimonio, su familia la odia y mi familia la odia aún más.
Mis padres la desprecian, pero siguen viviendo de las apariencias, de lo que no tienen idea, es que yo tengo resguardado hasta el último centavo que pusimos para salvar las empresas Vanucci y que la familia Vanucci se está hundiendo cada día, no por mi culpa, es que ellos llegaron a ese punto porque gastan más de lo que ganan y debo decir, a mi favor, que hace falta derrochar mucho para gastar tanto dinero.
Ya no es mi problema.
Aún estaba procesando lo que acababa de pasar cuando Morgana comenzó a avanzar hacia el lobo tendido en el suelo.—¿Quién…? —tartamudeé.—Un espía de los Alfas que te pagaron —dijo ella sin darle importancia—. Supongo que se aseguraba de que no escaparas o algo antes de que cumplas con tu palabra.Se agachó junto al cuerpo y retiró el cuchillo con una facilidad que me hizo estremecer.El sonido húmedo que siguió me revolvió el estómago.Morgana giró el cadáver y comenzó a revisar los bolsillos del lobo con movimientos rápidos y eficientes, como si estuviera acostumbrada a hacerlo. Como si los muertos fueran solo otra parte del trabajo.Quizá lo eran.Pasados unos segundos gruñó y se levantó, colocando las manos en las caderas.—Nada útil más allá de unas pocas monedas —murmuró antes de darle una pequeña patada al pobre desgraciado—. En fin. No me has respondido.—¿El qué? —pregunté sin apartar la vista de la enorme mancha roja que comenzaba a extenderse bajo el cuerpo.Ella finalmente
—Deja de moverte —gruñó una voz en mi oído—. Si haces ruido, alertarás a los espías del rey.Me quedé quieta al instante.Mi corazón latía a mil por hora, golpeando con fuerza contra mis costillas, pero al menos reconocí la voz. No era un desconocido.Me soltó por fin y me giré con brusquedad, todavía con la respiración descompuesta.Era el lobo con el que negocié por la cabeza de Kryos.Miré discretamente al rededor. El segundo lobo no lo acompañaba, esta vez estaba solo.Recompuse mi expresión.Le arqueé una ceja, aunque mi garganta aún estaba tensa.—¿Una nota es un inconveniente para usted?Gruñó bajo, irritado.—¿Y dejar pruebas de nuestra conversación?Tenía un punto. En teoría, esto era un secreto.Me encogí de hombros, fingiendo una calma que no sentía.—Entonces supongo que ha venido a decirme qué pasa con el resto de mi oro.Resopló.—No. He venido a darte instrucciones sobre cómo me ayudarás.Fruncí el ceño.—¿Disculpa?—Ya te he pagado todo lo que mis colaboradores y yo es
—¿Cuánto oro necesitas para llenar el jardín de flores?—Depende de qué tipo de flores —contestó Roger distraídamente, mientras su pluma avanzaba a toda velocidad sobre los pergaminos apilados frente a él.Lo observé desde la silla frente a su escritorio, con el mentón apoyado en la mano.—Algo bonito… y quizá útil. Como fresas, por ejemplo. Tienen bonitas y pequeñas flores. Además, podemos recoger la fruta cuando esté madura y darles un pequeño postre a los lobos en el castillo.Hizo una pausa en su ritmo desenfrenado. La pluma quedó suspendida en el aire, pero no levantó la vista.—Unas cincuenta monedas de oro.Mis ojos brillaron.—¡Genial! Con mi próximo pago yo podría…—Por metro cuadrado.—… Podría irme a la mierda —refunfuñé, girando la cabeza hacia la ventana de su oficina.Desde allí se veía el jardín del castillo. Amplio. Verde. Pasto, árboles espaciados con precisión militar, ni una sola flor silvestre rompiendo la monotonía.—Eso es una lástima —murmuré—. Tendrías una vist
—Como sea —murmuró, frotándose las sienes—. ¿Hablaste con los lobos que querían mi cabeza durante mi ausencia?Arqueé una ceja.—No. Ni siquiera han venido con una contraoferta o algo.Señaló la bolsa y fruncí el ceño al seguir su gesto.—¿No fuiste tú quien la puso en mi cama?—¿Por qué mierda lo haría?—No sé —respondí, agitando las pestañas—. Quizá te sientas muy agradecido porque hice el trabajo de Luna estupendamente.Eso no le gustó. Gruñó bajo, un sonido que vibró en el aire de la habitación. Levanté las manos en un gesto de paz exagerado.—¿Había una nota o algo en la bolsa?—No.—Bueno, entonces estoy tan a oscuras sobre por qué estaba eso en mi cama como tú. Sin embargo, puedes llevártela y dársela a Roger mientras yo voy a… ¡Hey!Me había cargado sin previo aviso. La sorpresa me arrancó un jadeo antes de que pudiera protestar. Mis manos se aferraron instintivamente a su ropa.Me llevó hasta la bolsa de oro. Con un brazo me sostuvo y con el otro se inclinó para recogerla. Si
Miré fijamente las sábanas debajo del cuerpo de Kryos. Estaban arrugadas, manchadas con polvo seco del exterior y seguramente con ese olor que solo se pega cuando alguien entra directo desde los establos del castillo sin cambiarse. Hice una mueca mental. Estaba agotada. Exhausta al punto de que la sola idea de salir de la habitación para buscar sábanas limpias me parecía una tortura digna de los peores castigos de la Gran Madre. Había sido un día largo. Largo de los que no te dejan espacio en la cabeza para pensar con claridad. Largo de los que te aplastan los hombros aunque no hayas cargado nada físico... pero feliz. —¿Y bien? —gruñó Kryos—. ¿No dirás nada? Su voz me hizo levantar la mirada. Lo observé unos segundos, todavía medio hundido en mi cama como si ese fuera su lugar natural. —Ensuciaste mi cama. Arqueó una ceja. —No es el tema, Kahira —dijo, pero aun así bajó de mi cama obedientemente. Ese pequeño gesto me sacó una sonrisa. No lo admití en voz alta. Preferí observa
—Respira, solo respira. Lo hice. O al menos lo intenté. El aire me entraba a trompicones, como si mis pulmones no supieran muy bien qué hacer con todo lo que acababa de escuchar. No era solo una revelación. Eran demasiadas cosas acumulándose en mi cabeza al mismo tiempo, chocando unas con otras. Era… extraño. Descubrir que tu madre tenía parientes vivos de los que nunca te habló mientras estaba… bueno, viva. Yo no recordaba casi nada de ella. Apenas imágenes sueltas, borrosas, como si alguien hubiera dejado caer recuerdos en mi mente sin orden alguno. Un cabello rojizo que brillaba al sol, muy parecido al mío. Un lobo negro corriendo entre los árboles, igual que yo. La sensación de unos brazos delgados y fuertes rodeándome. Nada más. Nada claro. Era muy pequeña cuando la perdí. Tres años, casi cuatro. Papá y mamá habían salido a pasear por el territorio. No era algo raro. A veces se tardaban un poco más de lo habitual y nadie se preocupaba demasiado. En la casa de la manada, lo
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