Capítulo 9.

—¿Lo puedo… pensar? —pregunté con nerviosismo.

El silencio que siguió fue peor que un rugido.

Toda expresión desapareció del rostro del rey Kryos Draven. No hubo ira, ni sorpresa, ni siquiera decepción. Solo vacío. Una nada peligrosa que me heló la sangre.

—Guardias —ordenó con voz neutra—. Llévense a esta hembra a la mazmorra. Y que alguien envíe una misiva al reino de Cornelius; tenemos a su ex Luna fugitiva en el castillo y vamos a entregársela.

Mis ojos se abrieron de par en par y el aire se atoró en mi garganta.

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Padre… no puedes! —gritó Jason detrás de mí, con desesperación pura.

El rey ni siquiera lo miró.

Apartó la vista como quien se cansa de un objeto inútil.

Los guardias de la puerta entraron de inmediato y me sujetaron de los brazos con fuerza, como si fuera una criminal peligrosa.

No lo era.

No había matado a nadie.

No había traicionado a nadie.

No había conspirado, ni atacado, ni mentido.

Pero, al parecer, eso nunca había importado realmente.

—¡Su majestad,
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