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Entre lienzos y confidencias

 

El apartamento de los Donovan en el este de Londres siempre olía a una mezcla caótica de aguarrás, café recalentado y la esencia de vainilla que yo usaba para intentar que el lugar no pareciera un taller de pintura abandonado. Al entrar, lo primero que vi fue a mi hermana Chloe, con el cabello castaño recogido en un moño desastroso y una mancha de pintura azul cobalto cruzándole la mejilla derecha.

—Si el plan era pintar la pared y no el lienzo, vas por muy buen camino —dije, dejando las llaves en el cuenco de la entrada y suspirando con alivio al quitarme los tacones.

Chloe ni siquiera se giró. Estaba enfrascada en un trazo violento sobre una tela de dos metros. Ella tenía veintiocho años, solo dos menos que yo, pero a veces parecía tener cien por su ironía mordaz y otras veces cinco por su energía desbordante.

—El arte no tiene límites, Casey. El orden es para la gente sin alma —respondió ella, finalmente dejando el pincel y mirándome con esos ojos brillantes—. ¿Y bien? ¿Cómo te fue con el cliente millonario? ¿Es un viejo verde o solo un aburrido con demasiado dinero?

—Es una Gárgola —sentencié, caminando hacia la cocina para buscar algo de beber—. Un bloque de hielo con traje de mil libras que cree que el mundo gira según su cronómetro.

—¿Gárgola? —Chloe soltó una carcajada y se limpió las manos en un trapo—. Me gusta. ¿Lo asustaste con tus planos de "arquitectura con alma" o simplemente le derramaste algo encima para marcar territorio?

Sentí un pequeño pinchazo de culpa y el calor subiendo a mis mejillas al recordar el café sobre su pecho y, sobre todo, la forma en que me miró en su oficina.

—Ambas cosas —murmuré, bebiendo agua directamente de la jarra—. Pero me contrató. Mañana a las siete de la mañana quiere que esté allí. Es un adicto al trabajo, Chloe. Analítico hasta la médula, frío, y no creo que haya sonreído desde que cayó el muro de Berlín.

—Típico —ella se encogió de hombros, sentándose en el sofá—. Pero bueno, al menos habrá dinero en casa. Hablando de dinero y trabajos extraños... ¿Sabes quién volvió a la civilización?

Dejó de hablar cuando escuchamos la puerta principal abrirse. Un hombre joven, de hombros anchos y expresión alerta, entró en el salón. Liam, nuestro hermano menor de veinticinco años, traía esa aura de "estoy analizando todas las salidas de emergencia" que no se le había quitado desde que se unió a la milicia a los quince.

—Liam —sonreí, acercándome para darle un abrazo que él correspondió con su habitual fuerza silenciosa—. Chloe decía que ya tienes empleo nuevo.

—El deber llama —respondió Liam con una media sonrisa. Sus ojos, similares a los míos pero mucho más observadores y analíticos, brillaron con algo de humor—. Una familia rica en West End. Necesitan a alguien que cuide a su "tesoro más preciado".

—¿Un diamante? ¿Una colección de relojes? —preguntó Chloe con tono burlón.

—Una adolescente rebelde —corrigió Liam, dejando su chaqueta en el perchero—. Al parecer, la niña vive metiéndose en problemas y sus hermanos mayores están desesperados por mantenerla a salvo. Pagan bien, y el nivel de riesgo es bajo comparado con lo que hacía antes.

—¡Oh, Liam! —Chloe se rió, lanzándole un cojín—. De perseguir insurgentes a perseguir a una niña rica que se escapa de las fiestas. Has caído bajo, hermanito.

—Es un trabajo honesto —se defendió él, aunque se veía divertido—. Además, el hermano mayor que me contrató parece el tipo de hombre que no acepta un "no" por respuesta. Un estratega nato. Muy serio.

—Vaya, parece que Londres está lleno de hombres estirados esta semana —comenté, pensando por un segundo en mi Gárgola, —. ¿Y cómo se llama esa familia de la alta sociedad?

Liam se encogió de hombros mientras sacaba algo de la nevera. —No importa mucho. Solo sé que tengo que empezar mañana temprano. La chica se llama Mia. Parece un torbellino rojizo va a ser interesante domarla.

—Pobre niña —dije yo, sintiendo una punzada de simpatía por esa tal Mia—. Tener a un Donovan analizando cada uno de sus movimientos es peor que estar en una prisión de máxima seguridad.

Nos quedamos los tres en el salón, riendo y burlándonos de la nueva faceta de Liam como niñera de lujo. Me sentía feliz de tener a mis hermanos cerca; ellos eran mi ancla. Mientras Chloe volvía a su cuadro y Liam revisaba unos papeles, yo me quedé mirando por la ventana hacia las luces de la City.

Mañana vería de nuevo a la Gárgola. Omití contarle a Chloe la parte donde Spencer me miró los labios, o el hecho de que, por un segundo, el aire entre nosotros se volvió tan espeso que casi no podía respirar. Eso no era importante. Solo era un cliente frío con una visión limitada.

O eso era lo que intentaba creerme mientras el recuerdo de sus ojos azules me seguía persiguiendo hasta en mis propios pensamientos.

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